30 de agosto de 2013

Secuestro

Una policía de cabello castaño claro, piel morena y ojos grandes y atentos estaba sentada frente a su ordenador, leyendo datos sobre el caso de desaparición, probable secuestro, de una chica de 17 años, Alice.
—Vete a casa ya, Jane —dijo Marcus, el compañero de la policía—. Ya seguirás por la tarde, has estado aquí toda la mañana.
Jane asintió distraídamente mientras apagaba el ordenador. Eran los últimos en salir de la comisaría. Jane y Marcus siguieron juntos por la calle, hasta que cada uno tomó una dirección distinta.

Alice estaba atada de manos y pies a una silla de madera. No veía nada a su alrededor, pero llevaba allí tantos días que tenía grabado en sus retinas cada objeto del oscuro sótano. El dolor palpitante de la cabeza, de las numerosas heridas que cubrían su cuerpo y de los huesos rotos, le impedían pensar con claridad. Dada su situación, ella pensaba que eso era lo mejor.
Se encogió instintivamente cuando oyó la puerta del sótano abrirse. Casi pudo distinguir la silueta de su secuestrador mientras bajaba las escaleras.
—Por favor… por favor… —suplicó Alice, en un renovado intento de conmover a su raptor. Éste rió, se acercó a la chica y para sorpresa de ella, la desató. Al verse en libertad, Alice se precipitó hacia las escaleras, impulsada por la adrenalina. El raptor le dio unos segundos, tras los cuales la cogió por la cintura para atraparla de nuevo. Alice se revolvió, pateó, arañó e hizo lo posible por soltarse. Sin embargo, el secuestrador la tiró contra la silla y la volvió a atar.
—Bien, Alice, bien —dijo sonriendo—. Eres más divertida que el chico de la última vez. Ese ni siquiera se defendía. Incluso me has hecho daño —añadió, limpiándose la sangre de un arañazo en la cara.
La joven emitió un último gemido y gritó pidiendo auxilio. Una vez más, el psicópata rió, indicándole que nadie podía oírla.
—Bueno, jovencita. Creo que ya me he aburrido de ti. Gritas mucho para lo que no es. Necesito a otro, tú ya no respondes como antes.
Cogió un cuchillo de la mesa. Alice abrió los ojos con miedo, y volvió a intentar soltarse. Gritó con todas sus fuerzas, pero tenía la desoladora sensación de que nadie la oía.
—Sabes que odio que grites. Y ya me he cansado.
Alice apenas vio el cuchillo y sólo sintió un breve dolor punzante cuando el arma cortó su cuello.
El asesino tiró el cuchillo al suelo y puso la silla con la chica muerta en el centro de la habitación. Salió del sótano, cerrando la puerta.

Jane se miró al espejo tras lavarse la cara. Esperaba que, por algún milagro, las ojeras desaparecieran con el agua, y así su marido no se preocupara tanto por ella. Pero era imposible. Se miró unos arañazos que tenía en la cara y los brazos, seguramente provocados en las detenciones. Con ese aspecto su marido sí se iba a preocupar.
—¿Cariño? —preguntó su marido, Mike, desde el otro lado de la puerta—. ¿Estás ahí? No te he oído llegar.
—Sí, acabo de subir. Quizá estabas en la habitación cuando he llegado —respondió Jane.
—Es que a veces llega alguien y pienso que es tu hermano… ¿Por qué tiene la llave? —preguntó con disgusto Mike.
—Ya lo sabes, a veces necesita coger algo cuando viene a la ciudad.
Mike se encogió de hombros. Riñó a Jane, diciéndole que ella no tenía por qué estar en las detenciones, ya que podía hacerse daño, e hizo un interrogatorio en toda regla a su mujer sobre el nuevo caso en el que estaba trabajando, sólo por saber si debía preocuparse o no.
—Pobre Alice —suspiró Mike, tras el relato, refiriéndose a la desaparecida—. Espero que no le estén haciendo daño.
—No esperes demasiado —replicó Jane— porque… —se interrumpió tras oír el tono de su móvil. Vio que era su compañero y cogió el teléfono—. ¿Qué pasa, Marcus?
—Tenemos huellas del caso de Alice —respondió Marcus desde el otro lado de la línea.
—Voy corriendo —respondió Jane mientras colgaba.
—¿Ni siquiera vas a comer? —preguntó el marido, algo molesto. Jane ni siquiera oyó la pregunta.

—Las encontramos en el coche de la secuestrada, hay huellas suyas y de otro chico —explicó Marcus—. También hay signos de que hubo relaciones sexuales, puede que violación incluso. Le hemos traído para que lo interrogues. La última vez que la vieron fue saliendo del aparcamiento de su casa, con el chico de las huellas, así que iba en el coche con ella.
Jane frunció el ceño. Probablemente el chaval sólo fuera el novio de Alice. Entró en la sala de interrogatorios, donde había un chico de unos veinte años, muy atractivo, aunque en ese momento tenía una expresión de confusión y miedo que le desfiguraban el rostro.
—De verdad, no sé qué hago aquí —saltó el joven, nada más entrar Jane—. Yo sólo soy el novio de Alice, quiero recuperarla —lloró el chico—. ¿Está bien? ¿La han encontrado?
—Hay huellas tuyas en su coche —dijo Jane, ignorando las preguntas. Aún no podía saber si el chico era o no culpable, y no podía aflojar.
—Claro que las hay, soy su novio desde hace tres años.
—¿Dónde estabas el momento en el que desapareció?
—Ella me llevó a casa, por la noche, y no la volví a ver. El día siguiente, sus padres me dijeron que no había vuelto a su casa, y luego encontraron el coche, y… ¡Por favor! Decidme que la habéis encontrado —gimió el joven.
—Marcus, creo que sólo es su novio —afirmó Jane en voz baja por un walkie—. Es normal que sus huellas estén en el coche.
—Está bien, lo dejaremos como sospechoso, pero no vamos a descartarlo —dijo Marcus.
—No, claro que no —respondió Jane—. Voy a probar otra vez, por si acaso.
Sacó una carpeta de archivos y la puso delante del chico.
—El hombre que secuestró a Alice —dijo Jane de manera vehemente, mirando al joven— es un psicópata, asesino en serie. Secuestra tanto a jóvenes como adultos, chicos o chicas. Sabemos que es el mismo porque siempre deja un mechón de pelo de la víctima y siempre las secuestra cuando van en coche, rompiendo el cristal trasero derecho. Es un neurótico, que siempre actúa de la misma manera y necesita dejar huella. ¿Te suenan de algo estas personas?
Jane abrió la carpeta del caso, y pasó las páginas. Las fotos de los cuerpos mutilados eran morbosas y desagradables. El novio de la chica las miraba con repulsión, hasta que llegaron a la imagen de una joven adolescente de cabello rubio. El chico desvió la mirada con un gesto de dolor.
—¿Esto le va a pasar a Alice? —preguntó con un hilo de voz—. Encontradla, por favor.
Jane le apoyó la mano en el hombro y le dijo un par de palabras tranquilizadoras, que poco ayudaban. Le dijo que ya podía irse y ella también volvió a casa, ya que no habían conseguido nada y no podía hacer más.

Mike estaba preocupado. Jane llevaba dos horas fuera y  había dicho que volvería enseguida. Paseó por el pasillo una y otra vez, nervioso. En un momento, captó un olor extraño que venía del sótano. Nunca entraban en él, porque no había nada allí que necesitaran. Era una habitación que Jane usaba hacía unos años para practicar tiro, por lo que estaba insonorizada. El olor era desagradable, como de carne podrida.
Mike abrió la puerta y encendió la luz. Bajó las escaleras, y se detuvo en el descansillo, con el corazón paralizado, al ver el cuerpo de una chica rubia atado a una silla, con el cuello degollado y heridas por todas partes.
—Dios mío, ¿qué es esto? —susurró, llevándose las manos a la cabeza. Bajó los escalones restantes. No fue capaz de acercarse a la joven. No supo cuánto tiempo estuvo allí de pie, pero de pronto oyó la voz de su mujer.
—Mike, cariño, ¿dónde estás?
—Jane, en el sótano —respondió con voz entrecortada.
—¿Qué haces ahí?
Oyó las pisadas de los zapatos de tacón de su mujer dirigirse al sótano y bajar algunos escalones, hasta que de pronto se detuvieron.
—¿Qué…? Pero… Mike, ¿qué ha pasado? ¿Qué has hecho?
—¡Jane! No, yo no he hecho nada, te lo juro, bajé al sótano porque olí algo extraño… Y la encontré ahí.
Jane tenía los ojos anegados en lágrimas, y respiraba entrecortadamente mientras bajaba los escalones.
—Esa es Alice, Mike. ¿Cómo has podido? ¿Por qué haces esto? ¿Acaso eres tú ese psicópata que anda suelto? —gritó Jane.
—No, por Dios. Jane, yo no… Es que no entiendo cómo puedes pensar —Mike suspiró exasperado y se llevó las manos a la cabeza. Miró a su mujer, y ella le devolvió una mirada dolida y a la vez suspicaz.
—No te muevas, Mike. Voy a ver si has sido tú, no llamaré a la policía. Nadie más puede haber entrado en esta casa.
—Tu hermano, Jane. Él tiene la llave —saltó el marido, dándose cuenta de repente.
—Por favor —pidió Jane, con un gesto de dolor—. Deja de decir esas cosas. No puedo creerlo —murmuró para sí.
—Jane… —suplicó Mike—. Yo no le he puesto la mano encima a esa chica.
Ella le ignoró y le dejó en el sótano mientras subía a buscar el material para recoger huellas. Cuando volvió, Mike seguía mirando estupefacto el cadáver. Jane pasó junto a él sin mirarle, y sacó las herramientas. Se puso los guantes para no contaminar el cuerpo, y recogió las huellas, mirando con horror las mutilaciones que había sufrido Alice.
—Voy al laboratorio. No te muevas, sabré encontrarte —amenazó la policía a su marido. Mike se quedó anonadado mientras veía a Jane marcharse.
Había sólo un policía en recepción, pero no había nadie en la oficina. Jane introdujo las huellas en el sistema de identificación y esperó a que hubiera una coincidencia. La base de datos era enorme, pasaban los minutos y Jane cayó dormida.

“¿Qué es esto? ¿Quién puede haber sido?”, pensó Mike. Se sobresaltó al oír que se abría la puerta del sótano. La luz se apagó, y Mike sólo pudo ver una silueta oscura.
—¿Jane? ¿John?
—Ay, Mike… Me temo que voy a tener que librarme de ti. Nadie tiene que ver a mis víctimas después de secuestradas excepto la policía, y no pueden verlas aquí.
La luz se encendió y Mike se encontró con un cuchillo apuntándole al pecho. Sólo tuvo tiempo de echar un vistazo a la cara del atacante antes de empezar a forcejear. Apartó el cuchillo y ambos pelearon por él. Mike consiguió arrebatárselo al atacante, lo blandió e hizo un corte en su brazo. El asesino se abalanzó por sorpresa sobre Mike, le retorció la mano, le quitó el cuchillo y se lo clavó con todas sus fuerzas en el pecho. Mike a penas tuvo tiempo de decir:
—Tú… Es imposible que seas tú.
El psicópata tiró el cuchillo al suelo y salió del sótano, acompañado por el ruido tintineante del metal de la hoja en el suelo de cemento.

En la comisaría, Jane despertó sobresaltada al oír el pitido del sistema de identificación. Había un resultado positivo. Rezó porque no fuera su marido, pero lo que encontró en la pantalla la cogió por sorpresa.
—Yo llevaba guantes cuando tomé las huellas —susurró.
En la pantalla aparecía su foto, junto con el nombre: “Jane Carmichael”.
—¿Cómo pueden estar mis huellas en el cadáver? —se preguntó, desconcertada. Levantó la mano para mover el ratón y sintió un dolor intenso, y el calor de la sangre corriendo por el brazo. Se miró y vio que tenía en profundo corte en el antebrazo—. ¿Cuándo…?
Jane no recordaba ese corte. Con una corazonada, cogió la carpeta del caso del psicópata y vio las fotos. Conocía a todas las víctimas. Por supuesto, había llevado el caso. Pero… ahora veía los cuerpos y sabía cómo se habían hecho todas y cada una de las heridas. De pronto, algo pasó en su cabeza: se dio cuenta y tuvo la absoluta certeza.
—Yo soy la psicópata —murmuró.
No se había dado cuenta ella misma. Usaba el sótano de su casa para mutilar a las víctimas. Las heridas que aparecían sin que ella supiera cómo, eran las que le hacían las víctimas. Sus víctimas. Mike no lo sabía, ni siquiera ella lo sabía.
—¿Quién soy en realidad?
Se apoderó de Jane una sensación de culpabilidad, pero a la vez de satisfacción tan grande, que no sabía cómo sentirse. Recordó que había matado a Mike, y no sintió remordimiento alguno. Supo en ese momento quién era realmente. Canceló con un simple clic del ratón la búsqueda de las huellas, las sacó del escáner y las eliminó.
No cabía en sí de gozo al asimilar plenamente todos sus asesinatos. Seguía manteniendo, sin embargo, una pequeña parte racional, que suspiraba:
—Ahora entiendo a los psicópatas. Están locos de verdad, todos quieren ser un Jack el destripador moderno.

Jane rió con el chiste de su propio subconsciente, mientras iba a casa con toda calma para borrar las huellas de este crimen, que probablemente no sería el último.