27 de noviembre de 2014

No tengo miedo a las arañas

Miedo.

¿Qué es el miedo?
Todos podemos contestar a esa pregunta, explicándonos mejor o peor.
Mi definición habitual de miedo es la desconfianza hacia lo que ocurre o puede ocurrir. Los fantasmas no nos darían miedo si supiéramos que son amigables, y la oscuridad no daría miedo si supiéramos con seguridad que nada esconde la negrura.

Cada uno tiene sus fobias. Las arañas tienen su rincón en muchos corazones asustados. Al igual que las multitudes, las alturas, los espacios abiertos, la oscuridad, los callejones, el temor a perder amistades... Sí. Son comunes. Puede ser simple miedo, o puede ser un miedo voraz, que te paraliza y se alimenta de ti. Normalmente es simple evitar las fuentes de miedo.

Pero, ¿qué pasa cuando tienes miedo a algo ineludible? El desencadenante del miedo está en tu mente, ha dejado huella en tu alma, y son demasiadas las situaciones que provocan el miedo. ¿Qué hacer? Qué has de hacer cuando sin piedad se abalanza sobre ti esa sensación de pánico y ahogo. Cuando no puedes dejar de temblar porque a pesar de no estar viviendo tu miedo, lo sientes en ti, lo ves frente a tus ojos. No ves dónde estás, sólo ves delante de ti aquello que te provoca pavor... Aquello que te hace sentir inseguro, débil, vulnerable.

Cualquier sonido, olor, sabor, sensación, incluso el más fugaz pensamiento, trae a la realidad aquello que te vuelve un muñeco de trapo a merced de tus más profundos horrores. Eres víctima de tu propio miedo. Lo único que puedes hacer es sentir la ansiedad, cerrar los ojos para no ver nada y pensar en otra cosa... o quizá no pensar en nada. Deseas con todo tu corazón no poder sentir. Dormir durante mucho tiempo hasta que tu miedo se vaya. Harías cualquier cosa por dejar de sentir el corazón en un puño y la respiración bloqueada, pero sobre todo, por dejar de sentir esa inseguridad hacia lo que puede ocurrir.

¿Pueden los recuerdos de un miedo volverte loco? Sí, pueden. ¿Debe ocurrir? No. ¿Por qué ocurre? Porque el miedo a un recuerdo es algo irracional. Algo estúpido. La única forma de erradicarlo, arrancar de raíz esa mala hierba, es contar con una mente racional que te guíe en ese camino. Es doloroso, complejo. Hay gente que prefiere sufrir sola. Esparcir su dolor no le ayudará a disiparlo... Sin embargo, siempre se necesita, necesitamos, alguien que nos dé un bofetón y nos haga salir de esa parálisis mental cuando sufrimos de ese temor infundado. A veces funcionará, a veces no; pero la vuelta a la realidad te salva de caer en un pozo de amargura.

Realmente es injusto que unos tengan miedo a las arañas y otros miedo a sus propios pensamientos. Sus arañas personales. Miedo a la vida.

30 de septiembre de 2014

Una muerte, muchas vidas



—¿Cómo estás, peque? —pregunté en voz baja al niño postrado en la camilla junto a mí. Era una pregunta un tanto absurda, pero al pequeño debía servirle de consuelo que alguien se ocupara de él. Me lo confirmó su débil sonrisa y el breve asentimiento. Él entendía el castellano, pero no sabía hablarlo.
Dejé al niño y miré alrededor, buscando a alguien que necesitara ayuda inmediata. La gigantesca tienda que nos cubría del sol hacía que el interior pareciera más insalubre de lo que ya era, debido al color amarillento de la tela, que daba un tono ocre a todo. Las camillas, que debían ser blancas, eran de color gris, y algunas olían a moho. Pero no había suficiente tiempo para levantar a un paciente y lavar la sábana. Al menos conseguíamos limpiar la mayor parte de la sangre que dejaban los enfermos.
Hacía poco había tenido lugar una epidemia de gripe. ¡Gripe! Cuando estudiaba medicina en España no se me había ocurrido que un simple brote de gripe pudiera ser tan grave. Tan mortal. Perdí la cuenta de los muertos cuando llegué a once y vi a un niño de diez años morir entre mis brazos. Por alguna razón (puede que en ese momento estuviera fuera de mí) me prometí que no dejaría que muriera ningún niño más. La promesa se ha vuelto difícil de mantener.
No le quito ojo de encima. A pesar de que las cosas están muy tranquilas, ahora que ha pasado la gripe, esta niña tiene muy mal aspecto. Sólo nos estamos encargando de poner vacunas, y, si no hay nadie a quien atender, damos algunas clases. Pero ella no parece estar bien, y aún no sabemos lo que tiene.
Me acerco a la niña. Aún no sé su nombre, porque lleva aquí un día, y al llegar lo único que hacía era toser y toser, pero eso aquí es normal.
Era una niña menuda, debía tener unos siete u ocho años. Estaba delgada, como todos allí, con la piel en los huesos. El cabello negro, corto estaba trenzado a su cabeza. La piel era oscura. Era igual en todos los aspectos a todos los de su tribu, pero me llamaban la atención sus ojos. No su color, porque eran oscuros, ni su forma, sino el brillo que despedían a pesar de la situación de la niña. Los enfermos tienen la mirada apagada, y ella no. Quizá tiene esperanza, algo que escaseaba por aquí.
Me di cuenta de que la niña me observaba. Tras unos segundos, se sentó en su camilla y me preguntó, con voz aguda y tono inocente, en un castellano rudo:
—¿Cómo te llamas?
Sonreí antes de contestar. Me alegraba no oír su voz débil.
—Me llamo Marta. ¿Tú cómo te llamas?
—Yo Kanisha. ¿Eres médico de otro país? ¿Igual que Dave?
El inglés de Kanisha parecía ser mejor que su castellano. Dave era mi compañero, un norteamericano que llevaba por esta zona más de diez años y que, probablemente, la había atendido ayer.
—Sí, soy de otro país, pero no como el de Dave —contesté—. Soy de España, y él de Estados Unidos. Los dos están lejos.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó ella, con mirada curiosa.
—Veintiséis años. ¿Y tú?
—No sé. Mamá no me lo dijo nunca, pero mis amigas tienen ocho años.
Yo sólo escuché la primera parte de la frase. Los niños huérfanos de madre abundaban, pero no podía dejar de sentirme abatida al recordar esa situación.
—¿Tu padre no sabe cuántos años tienes?
—Papá murió con gripe. Antes que tú llegaras —respondió ella bajando la mirada, sus ojos empañados en lágrimas.
—Lo siento —dije, apesadumbrada. Era de las pocas niñas huérfanas que me había encontrado. Eso significaba, según la costumbre de esta tribu, que no tenía nada que comer, a menos que a alguien le sobrara y compartiera. Era impresionante la solidaridad que había entre ellos. Pero no solía sobrar comida, y una familia a la que le falta para alimentar a sus hijos, no puede alimentar a una huérfana.
Mis pensamientos fueron bruscamente interrumpidos por una llamada urgente del otro lado de la tienda.
—¡Marta! ¡Un parto!
Salí corriendo a toda velocidad para atender la llamada de Dave, sin despedirme de Kanisha. Me encontré a una mujer con una inmensa barriga, que gritaba de dolor mientras Dave intentaba tumbarla en la camilla, le decía palabras tranquilizadoras en su idioma. La mujer estaba tan delgada… Tras ver el exagerado tamaño de su vientre, me vino a la mente la palabra gemelos. Y de nuevo, desolación. Sólo faltaba que, además de traer un niño más al mundo, en estas condiciones, no fuera uno sino dos. Todo esto lo pensaba mientras tomaba todos los utensilios de los que disponíamos. Tuve la suerte de encontrar en una caja un bote de anestesia.
Poco importa lo demás. La mujer murió de inmediato, y uno de los bebés una hora después. El segundo estaba tan delgado que no alcanzamos a entender cómo pudo sobrevivir, pero al menos estaba vivo. Se lo dimos al padre, que lloraba en silencio.
Dave y yo salimos a descansar un rato, y nos sentamos en el suelo. Él sujetó la cabeza entre las manos, sin mediar palabra. Era extraño, porque mi compañero ya parecía inmune a todo esto, y solía ser indiferente a tanta muerte y dolor. No sabía qué decirle, hasta que él habló.
—Van tres. Hoy ya he dejado morir a tres personas —dijo con voz rota.
—Dave… —empecé a decir, en tono consolador—. No es culpa tuya.
—¿Y de quién, entonces? —preguntó con amargura.
Responder “de todos” hubiera sonado agresivo, pero así era. Esta mañana había muerto un chico adolescente a cargo de Dave, y sólo porque no había un absurdo medicamento, que en Europa se puede comprar por menos de diez euros. ¿Por qué pasaba esto? Probablemente era una pregunta con respuesta sencilla, pero en ese momento no se me ocurría nada. Lo único que me venía a la mente era que la mayoría de los países desarrollados no pagaban el 0,7 por ciento del PIB para ayudar a lugares como estos. Pero no me sentía bien echando la culpa a mi país de origen. Seguramente ninguno se siente bien echándose la culpa a sí mismo, pero si nadie quiere creer que es culpable, nadie hará nada.
Me levanté rápidamente cuando oí a alguien llamándome con angustia desde la tienda. Dave ignoró la llamada.
—Haz el favor de dejar de autocompadecerte y ven a ayudarme —le dije en tono frío. Me molestaba que fuera capaz de quedarse sentado cuando había alguien que necesitaba nuestra ayuda. Pero su respuesta sí me dejó helada.
—¿Para qué molestarse? Si va a morir igual. Es Kanisha, y tiene algún problema de corazón. Eso aquí no se puede curar. Va a morir igual —repitió.
Le fulminé con la mirada. Sentí que me desmoronaba cuando pensé que Kanisha podía morir. Sabía que no debía encariñarme con nadie, que era imposible que hubiera tomado cariño por Kanisha en sólo un día. Entré en la tienda, y pude comprobar que Dave estaba en lo cierto. Kanisha estaba retorciéndose en su camilla, respirando entrecortadamente y poniéndose una manita en el pecho. Aparté a un par de niños que estaban mirando.
—¡Marta! —exclamó con voz ahogada al verme. Tenía lágrimas de dolor en los ojos—. Me duele. Me duele.
—Tranquila, Kanisha, no pasa nada —le dije. Me sorprendió mi voz tranquila, a pesar de que estaba desesperada. Pero, por más que miraba alrededor, no había nada que pudiera hacer por ella, mientras gritaba con su voz aguda que le dolía mucho. Enchufé las máquinas e intenté insertarle las agujas, para medir sus constantes. Las máquinas permanecían apagadas para gastar sólo la electricidad justa, y tardaban demasiado en encenderse. Además, Kanisha no paraba de retorcerse.
De pronto, sin razón aparente, la niña dejó de gritar y de aferrarse al pecho. Jadeaba, pero ya no parecía sentir dolor.
—Kanisha… ¿Cómo estás? —pregunté en voz baja.
—Ya no duele —dijo ella. Sin embargo, se notaban los efectos del reciente ataque—. Era aquí, adentro —señaló el lado izquierdo de su pecho.
De nuevo, Dave estaba en lo cierto. Algo le pasaba en el corazón a la pequeña. Pero no llegué a ninguna conclusión analizándola visualmente. Necesitaba hacer un electro­cardiograma. Esperé a que se encendiera la máquina y conseguí ponerle los cables a Kanisha, explicándole que era por su bien, para saber por qué le dolía el corazón. Tuve la suerte de que no sabía lo que era el corazón, así que pude distraerla explicándoselo.
Estaba segura de haberme puesto pálida el examinar los resultados. No estaba totalmente segura, pero los resultados mostraban que padecía arritmias. Graves. Sólo po­día ser curada en una operación, y aquí no había medios. Por desgracia, tendría que rogar a Martínez, nuestro “proveedor”, que se gastara algo de presupuesto para llevarla a Europa, o a Estados Unidos, para que pudieran salvarla.
Si Dave y yo estábamos trabajando ahí era, desde luego, porque queríamos. No lo hacíamos por dinero, ni mucho menos. El problema era que, en lugar de ir con una ONG independiente, habíamos ido por medio de una empresa nacional, cuyo dinero proporcionaba el Estado. Nos parecía que las nacionales necesitaban más ayuda, porque todos se ofrecían a trabajar para las independientes. Pero el dinero que proporcionaba el Estado nunca era suficiente. De todos modos, había que pararse a pensar que no sólo estábamos nosotros dos, había más médicos por el continente, y ellos también necesi­taban dinero.
Dave y yo escogimos este sitio, porque nadie estaba dispuesto a trabajar aquí. Solía haber una alta tasa de enfermedades contagiosas mortales. No había maestros, ni escuelas. De vez en cuando pasaban algunos misioneros y con algo más de frecuencia la empresa traía comida y medicamentos. Martínez era el encargado de administrar los presupuestos, y no era demasiado generoso con nosotros. Solía decir, aunque nos hiriera a nosotros y a los nativos, que por ahí había sitios que lo necesitan más y (ahora viene lo peor) sitios que vendían más. Incluso en una organización de ayuda se preocupan de su imagen. “¿Cómo nos van a dar dinero si ven que trabajamos en poblados pequeños, donde la gente se muere igual, donde parece que no sirve? Hay que ir a lo grande”. Me quedé tan anonadada que no fui capaz de responderle, pero debía haberlo hecho. ¿Quién se cree que es para decir eso? El caso, es que venía de vez en cuando para ver cómo iban las cosas, y tuve la suerte de que ese día tenía que pasar por aquí.
No pude a darle a Kanisha nada para calmarla. Sólo pude ofrecerle un vaso de agua limpia y un trocito de pan. Me dio pena por los otros niños, que me miraron con ansia, pero no podía darle a todos. Salí para comentarle a Dave el problema con Kanisha, pero seguía a lo suyo. Allá él si quería sufrir.

Pasaron dos o tres días, en los que hubo bastante calma, así que nos dedicamos a dar clases y convivir con los del poblado, que ya nos conocían bastante bien. Dave seguía desanimado, y no paraba de decir que nada valía la pena, que para qué estaba aquí, que por qué no nos ayudaban más… Tuve que hablar con él para recordarle todo lo que me había dicho en mi primer día aquí, cosas como “estamos aquí para hacer del mundo un lugar mejor”. Tenía razón, y se dio cuenta cuando se lo dije. Empezó a animarse un poco, pero seguía algo abatido.
Un día estaba en la tienda, observando a Kanisha, por si tenía más problemas. H­a­bía tenido otro ataque hacía unas horas, pero ahora dormía tranquila. Se despertó al oír un rugido fuera. Aunque ella no lo supiera, yo reconocí el motor de una camioneta. Tuve una mezcla de sensaciones entre complacencia y odio al ver llegar la camioneta de Martínez, con sus dos enormes guardaespaldas con rifles. ¿Esperaba que alguien débil y desnutrido le atacara o creía que había leones por aquí?
Llegó levantando tierra y haciendo ruido. Detuvo el coche derrapando y bajó de él mirando a su alrededor con una ligera mirada de desdén.
—¡Marta! ¿Cómo estás? —me saludó amablemente, mientras se quitaba las gafas de sol. Le tendí la mano, y me la estrechó una vez—. Te veo pálida, ¿no comes bastante bien, o no coges suficiente sol? —rió, junto con sus guardaespaldas.
—No, simplemente que ahí dentro hay un par de niños muriéndose, pero nada grave —dije con seriedad. Sus risas pararon de inmediato.
—¿Dónde está Dave? Tenéis que llevarme a la tienda y al poblado —indicó Martínez—. Espero que vuestra lista de peticiones no sea muy larga esta vez.
—No demasiado —respondí, decidida a pedirle antes de que se fuera que llevara a Kanisha a Europa.
Cada vez que Martínez venía, revisaba la tienda y el poblado para comprobar cómo avanzábamos, si necesitábamos más presupuesto, o si íbamos lo bastante bien como para cortar el suministro de ayudas. Eso nunca sucedía, por desgracia o por for­tuna. Aún no he decidido si sería bueno o malo.
Acompañé a Martínez y a sus gorilas hasta la tienda, donde Dave estaba volcando cajas, probablemente buscando algo que ya se había terminado. Mi compañero levantó la vista al ver entrar a los forasteros. Una sonrisa gélida se extendió por su rostro. Tiró la caja llena de estuches vacíos al suelo, sin preocuparse de cómo caía, y tendió la mano a Martínez.
—Buenos días, señor. Encantado de tenerle aquí.
El sarcasmo era tan claro que me extrañó que Martínez no se ofendiese. Se limitó a esbozar una sonrisa torcida y a apretar la mano de Dave.
—Supongo que sí estará encantado, teniendo en cuenta que vengo para reponer sus carencias —su mirada se dirigió intencionadamente a los frascos vacíos que había en el suelo.
Dave gruñó y yo decidí intervenir para que no aumentara la tensión. Le hablé del último brote de gripe, y le dije, aunque procurando que no sonara demasiado a cierto, que últimamente todo estaba tranquilo, y que no había enfermos en masa. Le presenté a algunos de los pacientes. Por primera vez se implicó más y decidió hablar con alguien. Era muy curioso ver a Martínez siendo tan amable con los niños. Les hablaba en su idioma, jugaba con los que podían, e incluso les dio agua. No estaba segura de si estaba fingiendo, o si realmente era él. ¿Era posible que Martínez fuera sensible, que se pre­ocupara por ellos de verdad?
Como quien no quiere la cosa, le presenté a Kanisha y le dije que era la más en­ferma por ahora. Tampoco insistí, ya que quería hablar de ello seriamente. Martínez señaló que parecía estar sana, dentro de lo que cabía. Kanisha sólo dijo:
—Me duele aquí —mientras se señalaba el pecho.
—Debe tener gripe aún —dedujo Martínez. Dave negó imperceptiblemente con la cabeza, y sonrió ligeramente. Siempre le había hecho gracia que la gente intentara hacerse el médico.
En el poblado estaban todos reunidos, enterrando a la mujer que había muerto dando a luz esa mañana. Me pareció percibir un atisbo de pena, mínimo, en la mirada indi­ferente de Martínez. Esperamos a que acabara la ceremonia para que nuestro jefe hiciera algunas preguntas a los nativos. Preguntó a algunos niños cosas sobre la escuela, que respondieron en su mayoría correctamente. Ya que lo vi tan animado, decidí decirle al jefe de la tribu que éste era el hombre que nos daba el dinero para medicinas y co­mida (claro que, previamente, le había explicado qué era el dinero). Su reacción fue sorprendente. Se propagó la voz de que estaba nuestro proveedor, consiguieron montar una fiesta en cuestión de minutos y Martínez se vio agasajado. Sus gorilas guardaespal­das trajeron una caja de carne, que le ofrecieron al jefe, y éste le ofreció mujeres, cánta­ros y alhajas. Martínez aceptó los cántaros, pero rechazó amablemente a las mujeres y las joyas tribales.
No sé cómo, acabé enseñándole a Martínez el baile tradicional, y bailando con él. Precisamente yo, que recuerdo que cuando llegué e intentaron enseñarme el baile, casi me quemo cayéndome en la hoguera. Después de acabar exhausta y de dejar a Martínez bailando con una joven, me dejé caer junto a Dave, que estaba sentado en una esquina, con la mirada perdida.
—¿Qué pasa? ¿No bailas? No hay nadie enfermo, ya hay alguien vigilando. Hoy todo está tranquilo —le dije, temiendo una nueva recaída.
—No, sólo pensaba. Me parece que Martínez no imaginaba que los nativos fueran tan parecidos a nosotros. Sus guardaespaldas me han dicho que él creía que eran hom­bres de neandertal, o algo semejante. Tengo que confesar que no sabía qué hacía metido en esto, pero ahora veo que, al menos, sí se apiada de estas personas.
Dave se había hecho eco de mis pensamientos. Ahora que él también pensaba que podía ser compasivo, yo tenía la esperanza, por no decir la seguridad, de que Martínez me concedería mi petición, y ya veía a Kanisha en Europa, curada y sana.
Cuando ya había oscurecido, Dave, Martínez, sus gorilas y yo fuimos a la tienda de médicos y, mientras tomábamos café que había traído nuestro jefe, seguimos conver­sando. En un momento en el que hablábamos sobre las enfermedades mortales que no podíamos tratar, decidí entrar directamente.
—Me gustaría pedirle algo, señor —vi que dirigía su atención hacia mí. Tomé aire y dije—: Necesito que lleve a una niña a Europa.
—¡Marta! —me reprochó Dave. Ya había hablado con él, y Dave opinaba lo de siempre: “ya para qué, te van a decir que no, y sólo conseguirás tensar la situación”.
—Es un poco arriesgado, creo yo —respondió Martínez, dejando la taza de café en la austera mesa—. Pero ya sabes mi respuesta, no sé para qué preguntas.
—Tenía entendido —empecé a decir con dureza— que había posibilidad de llevar a personas a países del primer mundo para que fueran tratadas en hospitales si tenían una enfermedad grave.
—Interesante interpretación —replicó Martínez—. Pero opino que no debe estar tan mal como para necesitar operarse, y si está tan mal, no creo que sirva de nada.
Antes de que pudiera replicar, un chico entró en la tienda apresuradamente, excla­mando incoherencias. Se dirigía a mí, y, aunque sólo conseguí distinguir la palabra “Kanisha”, me levanté y corrí hacia la tienda a toda velocidad. Kanisha volvía a tener un ataque. La única diferencia respecto a los anteriores, fue que duró más y que mi an­gustia aumentó. Miraba impotente a las máquinas, esperando que solucionaran el pro­blema. En cuanto la pequeña se calmó, le di un vaso de agua, y me volví hacia Martínez, que tenía una mirada tan indiferente que despertó en mí la furia.
—¡Acaso no ve cómo está! —le grité—. ¿Qué le cuesta llevarla a Europa?
—Dinero, Marta. No puedo ir llevándome a todos los niños que a ti te apetezca. Son miles, quizá millones —respondió Martínez, modulando el tono a pesar de que yo le hubiera gritado—. No puedo decirte a ti que sí, al médico del poblado de al lado que sí con cinco críos más. No hay dinero.
—¡Que no hay dinero! Por favor, Martínez —olvidé el trato respetuoso. Iba con­duciéndole fuera de la tienda, por si había algún niño que supiera español—. No me diga que no hay dinero para pagar un billete de avión y una absurda operación, cuando le sale el dinero por las orejas. Entonces, como no puede salvar a todos, ¿no salva a nin­guno? ¡Eh!
—¡Por el amor de Dios, Marta, te has encaprichado de esa niña! —gritó ya Martínez, señalándome con un dedo acusador.
—No me he encaprichado de esa niña, imbécil —repliqué despectivamente—. ¿No ves que no es la única? Hay más como ella, todos están como ella, y si no somos capa­ces de ayudar a una, ¿qué se supone que hace usted con su miserable vida? —terminé a voz en grito y con lágrimas en los ojos—. No es la única…
—¿Qué quieres decir exactamente con qué hago con mi vida? —preguntó indigna­do Martínez.
—¿Es lo único que ha escuchado? —intervino Dave, que había estado de brazos cruzados, observando la disputa—. Creo que está muy claro.
—Tú también, no, chaval. Nunca me has dado problemas —se quejó nuestro jefe.
—¿Llama dar problemas a defender una petición? —dijo Dave, levantando una ceja—. A lo que Marta se refiere, es a que se supone que usted está dedicando su vida a trabajar para esta ONG, a distribuir el dinero a los pobres y necesitados, para que tengan educación y salud. Para eso es para lo que ha hecho servir su vida. Pero no lo está haciendo bien. ¿Qué pretende entonces? Hace poco, yo pensaba que todo estaba perdido para estas personas, y que no hacía falta sacrificarse tanto si iban a morir igual, y si iban a seguir muriendo tantos aunque yo me mate a trabajar. Pero ahora me he dado cuenta, gracias a Marta, de que yo elegí hacer esto porque, por poco que haga, una vida, dos o quince son muchas vidas. Si todos decidimos no hacer nada “porque nadie lo hace”, nunca vamos a lograr nada. Así pues, Martínez, ¿va a hacer que valga la pena lo que hace, o es sólo una tapadera para que su moral se sienta mejor? ¿Lo hace por ellos o por usted?
—Me parece que os volvéis locos aquí —escupió Martínez, mirando a Dave con asco. A mí, me dirigió una mirada de rabia—. Yo hago mi trabajo, por el que gano poco, y es ayudar a los pobres tercermundistas, ¿queda claro? No voy a gastar el dinero en ayudar a una sola niña que se va a morir cuando la muevas. Buenas noches —terminó bruscamente, dando la vuelta y haciendo una seña a sus guardaespaldas.
—Pero… —empecé yo.
—Mandaré los medicamentos y los víveres de siempre, y la vacuna contra el sarampión —completó, de espaldas a nosotros—. Es todo.
Se dirigió a su camioneta, iluminada por la luz de la luna. Yo me quedé en la puerta de la tienda, llorando de pura rabia. Dave me rodeó los hombros con el brazo, en actitud tranquilizadora.
—No te preocupes.
Palabras vacías, puras palabras vacías. Porque yo sabía que Kanisha iba a morir si no la operaban, y esto no iba a suceder. Aparté bruscamente el brazo de Dave de alrededor de mis hombros y eché a correr hacia ninguna parte. Alcancé a oír a mi compañero, lanzando una llamada, mas le ignoré totalmente.
Estaba… no había palabras para definir el dolor, la rabia y la tristeza que sentía. Lancé un grito de rabia al aire, y después de eso me sentí desahogada. Casi de inmediato, me di cuenta de que había tratado mal a Dave, ya que él sólo me había defendido. Aún así, no había nada resuelto. ¿Qué se suponía que tenía que hacer con Kanisha?
—¿Marta?
Me di la vuelta sin comprender, porque esperaba que fuera Dave, y la voz era la de un nativo. Para mi sorpresa, distinguí en la oscuridad los ojos brillantes del jefe de la tribu.
—¿Qué pasar? —preguntó—. Grito en cielo decir que no todo bien.
—Oh, gran Jefe —así le gustaba que nos dirigiéramos a él—. Una niña va a morir.
Vi la mirada de tristeza en su rostro, aunque su respuesta fue despreocupada.
—Muchas veces morir muchas niñas. Tú no poder salvar todos. Tú ser persona, no dios. Dioses decidir que niña morir. A veces, dioses ayudan Marta y Dave a salvar. Pero no todos poder vivir. Marta y Dave son buenos porque ahora dioses ven que hay bondad, y deciden no tener que morir muchos. Pero muchos no ser todos. Nosotros agradecer mucho ayuda, aunque algunos morir.
—Me alegro, oh, gran Jefe, pero sigo temiendo por esa niña.
—Espero dioses ayudar.
Se marchó alzando el bastón al cielo para enfatizar sus palabras. Volví a la tienda arrastrando los pies, sólo para que el alma me cayera más al fondo al ver a Dave atendiendo a una Kanisha agonizante, que se retorcía en su lecho en un digno silencio, del que se escapaba algún gemido ocasional. Esta vez ya no corrí hacia ella. ¿Por qué no lo hice? Porque sabía que ya no valía la pena nada. Todos habían insistido en que iba a morir. Nada podía hacer y nada iba a cambiar. Martínez no iba a dar la vuelta a su lujosa camioneta para decirme que se llevaría a Kanisha. Me limité a ir a su lado y tomarla de la mano para darle consuelo, mientras Dave seguía revolviendo en las cajas ya revueltas, buscando un tranquilizante. De pronto, el ataque se detuvo, tan bruscamente como había empezado.
—Tranquila, Kanisha, te vas a poner bien —le dijo Dave. A su vez, yo le miré con reproche.
—No es verdad, yo voy a morir —replicó la niña, con su voz aguda e inocente.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunté yo, casi sorprendida.
—Porque tú estás triste. Pero no lo estés —dijo, antes de que yo pudiera replicar—. Tienes que ayudar a más niños, y no puedes si estás triste por mí.
—Kanisha —protesté yo—. ¿Acaso no te importa morir? ¿No te importa que no quieran ayudarte a vivir?
—No me importa si ayudan a más niños —yo le miré con reproche, pero Kanisha siguió—. Sé que has intentado ayudarme y quiero decirte gracias por todo. Gracias por ayudarme a mí y a los demás.
Una lágrima resbaló por su mejilla y yo apreté su pequeña mano con más fuerza, intentando contenerla.
—¿Hay muchos como vosotros, Marta? ¿Gente que deja sus maravillosas vidas en esos países ricos para venir a ayudarnos?
—Sí que los hay, Kanisha —respondí, con voz ahogada—. No tantos como quisiéramos, pero sí hay.
—Me alegro. Dile al hombre con el que discutías que no me he enfadado con él, porque también nos ayuda, a su manera. Él sabe que le necesitamos.
—Sus constantes bajan —avisó Dave, mirando el electrocardiograma.
—No te mueras, Kanisha, aguanta —lloré yo. Los pocos niños de alrededor nos miraban con pena y los que hablaban español susurraban en su idioma a sus compañeros. Sin embargo, yo los ignoraba—. No te mueras, por favor.
—Tengo que irme, porque los dioses me llaman. No estés triste, Marta. Gracias. Gracias, Dave —añadió, girando con pesadez la cabeza hacia mi compañero. Él le sonrió con tristeza.
De súbito, la niña volvió a tener un ataque. Dave apagó el electrocardiograma para no oír el reflejo sonoro de su corazón agonizante. Segundos después, Kanisha cayó flácida en su camilla, con los ojos cerrados y una expresión dulce. Dave se acercó a mí y me levantó, ya que había acabado arrodillada en el suelo. Mi mano se deslizó entre los dedos de Kanisha. Dave me llevó casi a rastras fuera. Me cogió por los  hombros y me levantó la cabeza para que le mirara.
—Escúchame, Marta. Haz caso a Kanisha, no estés triste. Los demás niños te necesitan. Ella tiene razón en todo. El dinero que no le dan a ella, al menos se lo darán a otras personas y hay gente como nosotros ayudando todo lo que pueden, a veces triunfan y a veces fracasan, pero no por eso lo han dejado. Por lo menos lo intentan, no como otros. Respecto a Martínez…
Le interrumpí con un gesto de rabia, pero Dave siguió:
—Es posible que al menos él se de cuenta de que lo ha hecho mal, y que necesitamos más ayuda. Sabes que no puede ayudarnos a todos, aunque debería haberlo hecho. Sin embargo, poco a poco, si gente como Martínez, incluso aquellos que no están ni un poco implicados, se dan cuenta de que todos estos niños los necesitan de verdad, se irá avanzando. Pero no pretendas que todo cambie de la noche a la mañana si la gente no tiene intención de cambiar.
—Martínez no va a cambiar —repliqué yo—. Nadie va a cambiar. Ese es el problema.
Antes de que Dave pudiera decirme nada, los dos nos sorprendimos al oír en la quietud de la noche el rugido de un motor, y ver en la oscuridad las luces de los faros de la camioneta de Martínez. El vehículo derrapó, y nuestro jefe bajó presuroso.
—Lo siento, Marta, lo siento mucho. Dave, teníais razón. Llevemos a la niña a Europa. No soy capaz de dejarla de lado. Me metí en esto para ayudar a gente como ella, y he olvidado lo básico, y es que todos cuentan.
—Ya es tarde, Martínez —dije en voz baja. No era capaz de enfadarme con él, porque estaba sorprendida por lo que acababa de decir. Incluso agradecida.
—Ha… ¿ha muerto? —preguntó él.
—Me ha pedido que le diga que no estaba enfadada con usted, que lo comprendía. Pero espera que su muerte sirva a alguien. Que abra los ojos al mundo —dije yo.
—Que descanse en paz, porque al menos a mí me ha servido —dijo Martínez en voz baja—. Y me encargaré de que sirva a más personas —añadió con fervor—. Mañana, Marta, vienes conmigo a una conferencia de la organización para recaudar fondos. Espero que quieras compartir esta experiencia con todos. España, y muchos países, necesitan a alguien que nos haga ver, y me incluyo a mí, lo que pasa aquí. Confío en que Kanisha y tú podáis abrirnos los ojos.
—Confío en que así sea —respondí—. Señor, me alegro de que se haya dado cuenta, de todo. Espero que los demás lo entiendan. Ahora, si me disculpa, voy a llevar a la niña con los de su tribu. Para que la entierren según sus rituales. Ella deseaba reunirse con sus dioses, y es algo que no voy a quitarle.
—Claro —contestó Martínez.

Le di la mano y me dirigí con Dave hacia la tienda. Esperaba que Martínez tuviera razón, y lo de mañana funcionara. Porque de veras sería muy triste que murieran tantas Kanishas y que nadie moviera un dedo por impedirlo.

14 de agosto de 2014

La aventura de la búsqueda de conocimiento

—Hola.
—Hola —contestó la niña.
Hubo un corto silencio en el que ambos interlocutores se observaron.
—¿Qué haces aquí sola?
—No estoy sola, estoy contigo —respondió la pequeña, confusa ante la pregunta.
—Sí, pero yo no soy nadie que pueda hacerte compañía. ¿Por qué no estás con las demás niñas?
—No me gustan las otras niñas. Sólo saltan a la cuerda o hablan de cosas aburridas. Los niños hacen lo mismo.
—¿Cosas aburridas? —repitió despacio—. ¿Qué cosas son divertidas para ti? ¿De qué prefieres hablar?
La niña pensó unos segundos, mirando hacia el cielo azul, esperando encontrar una posible respuesta a una pregunta que a ella le parecía compleja.
—Me gusta tener aventuras —terminó respondiendo, satisfecha con su conclusión.
—Eres pequeña, no te dejan salir de casa después de las 8 y nunca puedes ir sola, ¿qué clase de aventuras vas a tener?
—Mmh —respondió enfurruñada por la réplica de su interlocutor. Siguió pensando—. No importa. Tengo aventuras igualmente —decidió cambiar de tema para evadir la pregunta—. Me gusta hablar de cosas interesantes.
—¿Interesantes?
—¿Sólo sabes responder con preguntas? —resopló la chiquilla—. Sí, interesantes. Cosas para entender el mundo. Quiero saber el por qué de todo. Hablar de las series de televisión, los dibujos, fútbol, chicos, ropa, o criticar a los demás, como hacen los niños, no sirve para eso.
—Con que tu vida son todo "por qué", ¿eh? —respondió con malicia—. ¿Te has preguntado qué pasa si nunca te cansas de preguntar todo?
—No quiero cansarme de preguntar todo. Me gusta preguntar y saber.
—¿Y qué pasa si alguna vez no puedes saber?
La niña le miró con curiosidad. Sí, ¿qué pasaría? ¿Se cansaría de querer saber y sería como los demás niños? Vaya, le estaba haciendo pensar mucho.
—Creo que no pasa nada —dijo despacio—. Siempre hay más cosas que preguntar. O si nadie me puede responder, puedo intentar averiguarlo yo. A lo mejor esa es la respuesta, mis aventuras son responder a mis "por qué", a todas mis preguntas.
Su interlocutor sonrió con satisfacción y le dio un golpecito en la cabeza.
—Chica lista.
—Para eso has estado siempre tú a mi lado, ¿verdad? —preguntó con voz suave—. Me das las aventuras, me das las preguntas, y me das muchas de las respuestas.
—Pero sólo las necesarias, no todas. Si no, no dejaría nada para que tú lo descubrieras. Yo te enseño cómo son las aventuras, tú tienes que crear las tuyas —afirmó sonriendo.
—Esta vez no has hecho ninguna pregunta —rió la pequeña—. ¿Ves? No necesito nada ni nadie más si te tengo a ti. Tú eres mi amigo. Me das todo lo que necesito para ser una niña feliz.
—Y no dudes que también puedo hacer de ti una mujer feliz en el futuro—añadió el interlocutor—. Sin embargo, recuerda que todos emprenden sus aventuras y buscan sus respuestas junto a alguien. Así que no te olvides de eso, ¿me lo prometes?
La miró expectante unos segundos, esperando la respuesta de esa niña cabezota.

La niña abrazó con una sonrisa su libro de cubiertas rígidas y dulce olor a tinta.
—Te lo prometo —susurró—. Gracias por todo.

1 de junio de 2014

Los ojos del mundo

Mirando al cielo, mirando al suelo, nunca mirando al frente.
Huyendo de las verdades, escondiéndose de las mentiras.
Sonriendo mientras llora, llorando mientras ríe.
Pasando por la vida sin detenerse, porque teme encontrarse de frente con sus temores.
Tiene miedo al universo que la rodea.
Miedo del futuro. Pánico a las adversidades.
Angustia por la mezquindad de la humanidad.
Aversión hacia las miradas de compasión. Peor hacia las miradas de asco.
No mirando a nada, a nadie.
Temiendo no encajar, prefiriendo ignorarlo.
Sólo cumpliendo con su deber, sus tareas.
Haciendo uso de su vida para pasar por ella.
Para hacer todo lo que debe hacer una buena chica, nada más.

Quizá alguien, algún día, se ponga frente a ella.
Tropezará, tendrá que detenerse. Cambiar su rutina.
Ese alguien la ayudará a levantarse, a caminar.
Ella no querrá mirarle; después de todo, sigue teniendo miedo de su alrededor.
Él tomará su rostro entre sus manos, le levantará la cabeza.
Sus ojos se encontrarán, y ella observará por primera vez algo.
Lo primero que verá serán esos ojos dulces.
Llenos de ternura, de cariño.
Profundos con la mirada de la sabiduría, del conocimiento.
Henchidos de contemplar el mundo, interpretarlo y aprender de él.
Unos ojos que son para ella la promesa de las maravillas que puede deparar el mundo que se había estado perdiendo.
Un mundo que sólo el dueño de esos ojos podía enseñarle.

26 de abril de 2014

El poder del anhelo (parte 2)

No olvides leer la primera parte ("El poder del anhelo (parte 1)")

Desconozco totalmente qué tan vasto es el mundo, pero el viaje en avión se hizo muy largo. Travers me dijo que íbamos a Corea del Norte, un país pequeño pero muy problemático. Habían decidido empezar una guerra contra el país adyacente, China, un país muy grande pero con una capacidad de defensa y organización prácticamente nula. Me pregunté por qué los militares a los que pertenecía Travers querían intervenir. Me explicó que forman parte de una organización mundial que vela por la paz entre naciones, y que la mejor forma de defender la paz en este caso era reducir a Corea, puesto que era la causante del problema.

En mi libro las cosas no parecían ser así. Siempre parecía ser más importante, y más efectivo, hablar que luchar. Claro que siempre había ocasiones en las que el enemigo no respondía ante el diálogo. Quizá esta fuera una de esas ocasiones.

—El plan es sencillo, jovencita. No podemos pisar Corea, básicamente porque derribarían el avión y nos matarían, de modo que atacarás directamente a las tropas. Un escuadrón, protegido con máscaras, te llevará a las trincheras de defensa chinas. Tú sólo tienes que mantenerte ahí escondida, dejar que te de el sol en la mayor superficie de tu piel que puedas. Evita a toda costa asomarte, no queremos que te peguen un tiro. Soltarás el gas, nos retiraremos, las tropas avanzarán y se envenenarán con el gas que has dejado en el aire.
—Eso es ridículo —repliqué—. ¿A cuántas personas como mucho afectaría eso?
—No creas que somos estúpidos, niña. He dicho que esos dos años que has estado ahí metida no fueron pérdida de tiempo. A medida que se disipa el gas, éste no mata, si no que se mete en el cuerpo, debilitando las defensas. Eso hace que sea muy fácil contraer enfermedades... ¡Es tan fácil que militares heridos se infecten de bacterias y virus peligrosos, mortales y, sobre todo, contagiosos! Volverán a sus casas muertos, heridos, y portando enfermedades. Además, hemos descubierto que algunas de las bacterias evolucionan para sobrevivir al gas tóxico, de forma que se vuelven mucho más resistentes a los medicamentos comunes.
—Así que... toda Corea morirá y caerá enferma. Habría que detener el gasto de recursos en guerra para empezar a intentar curar a la población, ¿cierto? —pregunté, asombrada por el plan tan audaz a la vez que cruel. ¿En verdad iba a participar yo en eso?
—Te diría que eres lista, pero creo que lo he explicado lo bastante bien como para que se pueda deducir eso fácilmente.

Estaba muerta de miedo. Allí, encogida en las trincheras, con el sonido silbante de las balas sonando a mi alrededor, los gritos, la sangre. El sol de mediodía calentaba mi cabeza. La primera vez que noté el sol en la piel, sentí un calor muy intenso. Quemaba, pero la sensación era maravillosa. No notaba que emitiera ningún gas, y parecía ser incoloro e inodoro. Eso lo debía volver mucho más peligroso. En cuanto llegamos a las trincheras, me quité la chaqueta y me quedé en pantalón corto (extremadamente corto) y una diminuta camiseta de tirantes. Mi piel era extremadamente blanca comparada con la de Travers, que era la única persona a la que había visto la piel. Me advirtió que probablemente me quemaría.

Fue una tortura psicológica. Estuve dos, tres horas, contemplando la masacre que tenía lugar frente a mis ojos. Sin ninguna piedad, disparaban a matar en ambos bandos. Casi me alcanzó una bomba, pero un soldado se tiró a protegerme. Se estaban matando. Lo veía como algo tan, tan cruel, y sin embargo, yo iba a hacer lo mismo por puro egoísmo. No estaba de lado de ninguno de los dos bandos. Corea no tenía por qué atacar a China, pero nosotros no teníamos por qué matar a inocentes coreanos.
Idiota. Qué importa. La sociedad me ha estado dando la espalda durante toda mi vida. O no, sólo durante dos años. Los que me han utilizado han sido Travers y su gente. Me apartaron de mi familia, me encerraron, me obligaron a vivir sola, triste, y sintiendo que no tenía una vida y mucho menos una existencia.

Sin embargo, no había vuelta atrás. Ya había empezado todo, iba a morir gente por mi culpa. Pero iba a ver a mi familia, a recuperar recuerdos de una infancia feliz, o al menos de una vida normal. Podría hacer todo lo que quisiera, ver las montañas, tocar la arena, sentir el viento, jugar, leer más libros que mi libro, ver películas. Todo, podría hacer todo. Después de todo, yo no soy quien empuña un arma y dispara a matar. ¿Qué son cientos de muertes que provocaré comparados con miles de millones de habitantes? No me importa toda esa gente.
.......................
—Muy buen trabajo, Katherine —me felicitó Travers—. Ahora, como te prometí, te devolveré tus recuerdos y tu libertad. Podrás elegir lo que quieres hacer con tu vida, y no tienes por qué volver a trabajar para nosotros. Tenemos suficientes armas humanas y sois lo suficientemente efectivos como para prescindir de vosotros. Eso sí, ni una palabra.

Asentí. Estaba sentada en un sillón, en una sala de paredes blancas. Tenía una diadema metálica alrededor de la cabeza; se suponía que una leve descarga eléctrica en puntos adecuados del cerebro me haría recobrar la memoria.
—¿Lista, niña?
—Sí
Travers apretó un botón, y sentí cómo unas agujas se me clavaban dolorosamente en el cráneo. De pronto, sentí que la cabeza me estallaba, vi todo de color negro, un dolor insoportable me barrió el cuerpo. Unos minutos después, las agujas salieron de mi cabeza. Sentía el cuerpo débil, la mente saturada.
—¿Cómo estás, Katherine?

Unos segundos después de recobrar la visión, recordé todo. Mi familia. Mi dulce madre, mi risueño padre, el pesado pero cariñoso de mi hermano. Recordé cómo sólo había visto mi casa y algunos sitios del mundo a buen resguardo en un coche de lunas tintadas. Solía ver la televisión y leer mucho. Mi madre me había regalado ese libro que tanto había leído encerrada entre las frías paredes de piedra. Tenía algunas amigas, no iba al colegio, pero tenía un profesor particular. Era completamente feliz a pesar de no poder salir a jugar al jardín.
Recordando, recordando... de pronto, sentí un dolor profundo, no físico, emocional. Empecé a llorar desconsolada. Recordé un día. Mi hermano me había quitado mi móvil, lo estaba persiguiendo por la casa. Salió al jardín. Me detuve en el alféizar de la puerta que daba a la terraza y miré al cielo ligeramente nublado. No había sol, ¿verdad? Podía salir y pillar al tonto de mi hermano. Salí, no sentí nada extraño más que un suave calor en mi blanca piel. Mi hermano me miró con miedo y me dijo que volviera a entrar, o me pondría enferma. Es un niño, ¿qué sabrá él? Me acerqué, le arrebaté el teléfono y le pegué un pellizco en el brazo, en el preciso instante en el que se despejó un pequeño trozo de cielo y el sol dio de lleno en el jardín. No noté nada... pero mi hermano emitió un agudo grito y cayó al suelo. Comenzó a quemarse su piel donde le había tocado. Quería acercarme a ayudarle, pero algo me decía que no debía. Llamé a mamá con lágrimas en los ojos. Mi hermano, agachado en el suelo, llorando, empezó a respirar entrecortadamente, el corazón le latía con tanta fuerza que podía oírlo, y era tan irregular su palpiteo. En pocos segundos, justo cuando mi madre llegó al jardín, mi pequeño hermano cayó sin fuerza al suelo. Muerto. Yo estaba llorando y gritando, de pie, impotente, frente a él. Mi madre me gritaba que entrara a casa, a la vez que su grito desgarrador al ver a su hijo muerto en el suelo me heló las venas. Mi padre salió al jardín a toda prisa, con el pánico grabado en su rostro. Ambos me ordenaron de nuevo que entrara en casa, mi madre acunaba el rostro de mi hermano entre sus manos, mi padre había caído al suelo llorando.
Retrocedí, asustada, hasta la sombra del porche. Fue entonces cuando mi madre comenzó a asfixiarse, igual que mi hermano. Murió en agonía. Después, mi padre. Caí al suelo del porche, llorando, desgarrada de dolor y horror. Los había matado.

—Los maté, Travers, mi familia murió por mi culpa —le dije a Travers con la voz ahogada en lágrimas—. Ahora, todos esos coreanos morirán por mi culpa, igual que ellos.
—Sí, Katherine, lo siento. Poco después te llevamos a aislarte y borramos tu memoria.

No tenía ya nada que hacer en el mundo. Debía haberme quedado entre esas frías paredes de piedra.
—Travers —le llamé. Él me miró expectante—. Por favor, bórrame los recuerdos y vuelve a encerrarme. Te lo suplico.

El hombre sonrió con autosuficiencia, como había hecho cuando nos conocimos.
—Por supuesto, Katherine. Ya lo estaba esperando... Con esta, es la cuarta vez que me lo pides. Esta vez has tardado menos que otras en sentirte culpable.
Le miré con los ojos abiertos como platos y la sangre helada en las venas. Volvió a accionar el botón, las agujas volvieron a atravesar mi cabeza.
—Ya nos volveremos a ver, niña.

Con un último grito, de rabia, odio, dolor y miedo, volví a sumirme en la oscuridad.

Me llamo Katherine Monod. Vivo siempre en la oscuridad. No sé qué es la luz. 

El poder del anhelo (parte 1)

Me llamo Katherine Monod. Vivo siempre en la oscuridad. No sé qué es la luz. Nunca he visto un árbol, una nube, una montaña. Sé lo que es un césped, sé lo que es la arena, pero jamás he podido sentir entre mis dedos el tacto de ninguno de ambos. Estoy siempre aquí, aquí encerrada, sola. Mi única compañía es un duro colchón, una pequeña lámpara y un libro. Siempre el mismo libro. He aprendido cómo es el mundo exterior gracias a él, pero ello sólo ha aumentado mis ansias de conocerlo.
¿Por qué me tienen aquí encerrada? No recuerdo qué ocurrió, ni quién lo hizo. Sólo sé que nadie, nunca, viene a verme. No recuerdo cómo son las personas, ni el sonido de los pasos. No sé si alguna vez he llegado a oírlos. Parece que tengo recuerdos, aunque quizá sólo los he inventado, o sólo son fragmentos modificados de mi libro.

Me pregunto por qué no puedo salir. ¿Qué me lo impide? Lo pienso cada cierto tiempo, estando tumbada en mi cama. ¿Me ha dicho alguien que no pueda salir? Cierto, la puerta está cerrada. El único espacio que hay es la ranura donde me dejan la comida. E incluso eso está cerrado. A veces, hace tiempo, tenia ataques de pánico. Gritaba, lloraba y golpeaba la pared de fría piedra suplicando. Quería la vida que nunca había tenido y que nunca tendría. Pronto me di cuenta de que era vano. El silencio era tan profundo que oía cada uno de mis movimientos, respiraciones y latidos. Aunque debía recordar que jamás había oído otro ruido. Quizá fuera de aquí también es así.

Había aprendido a tener la cabeza fría y los sentimientos controlados. La única vez que contemplé la posibilidad de que morir sería mejor que vivir de este modo, mi mente retuvo de inmediato tan vulgar idea. La muerte era la salida fácil. En mi libro, sólo los personajes viles elegían la muerte en lugar de vida. Los héroes luchaban por su vida y la de los demás sin importar qué ocurriese.

Pero no tenía sólo que sobrevivir en silencio. Debía salir. Debía conocer el mundo. ¿Cómo, Katherine, cómo? Ni siquiera nunca he oído a la persona que me trae la comida, no he podido hablarle, ni conmoverle, ni suplicarle.

Qué debo hacer, qué debo hacer. De repente, dejé de escuchar mi respiración. Había algo más importante que escuchar que me había hecho contener el aliento. Unos suaves golpes en el suelo, fuera de los muros de piedra. Constantes, uno, dos, uno, dos. La respiración de alguien, el roce de tela con tela. Alguien caminando. Me levanté despacio y me coloqué en el rincón más alejado de la puerta. Me maldije; en el momento de la verdad, el miedo me puede más que la curiosidad.

Tal y como había intuido, los pasos se detuvieron frente a la puerta de metal. Ésta se abrió, con un agudo rechinar, y una persona, alta, grande, con ropas muy distintas a las mías y un cuerpo diferente entró en la habitación. ¿Podía ser un hombre?
Estaba asustada, sorprendida, alegre. Sobre todo, confusa. Intenté hablar, pero nunca había articulado palabra en voz alta, y de mi garganta sólo salió un leve carraspeo.
—¿Katherine Monod? —preguntó el hombre, tendiéndome una mano.
Asentí, aún encogida contra la pared. El hombre me dio una larga explicación sobre su nombre y lo que quería... pero hablaba como uno de los diplomáticos que había en mi libro: muchas palabras para decir poco. Sólo pude entender que se llamaba Travers. Mi expresión de confusión debía ser evidente, porque el hombre repitió, de forma concisa lo que pretendía:
—Te voy a sacar de aquí, te necesito para algo.
Me tendió la mano. Al cogerla, noté que el tacto de su piel no se sentía como la mía, así que probablemente llevaba un guante. Me llevó fuera de la habitación. Pensé en mi libro, pero sabía que ahora no lo necesitaba. Milagrosamente, ya estaba fuera. El pasillo estaba casi tan oscuro como el lugar en el que había vivido. Llegamos a una zona más amplia, y Travers me dejó en el centro de la sala. Se encendieron, de repente, unas luces en el techo.

Grité de sorpresa y de dolor en los ojos, jamás había visto tanta luz. Cuando me acostumbré a la luz, pude ver que a mi alrededor sólo había más paredes de piedra, varias puertas en las paredes y Travers. Ahogué un grito cuando le vi. No se parecía a las personas que yo esperaba. No tenía un solo trozo de piel al descubierto; su cara estaba protegida por un trozo de plástico, una máscara.
—¿Quién eres? —pregunté al fin, después de toser para liberar mi voz.
—Vengo a llevarte a otro sitio. Te advierto que esto no significa que seas libre. Por ahora. Y no me mires con esa cara, llevo la máscara para protegerme de ti.
¿Protegerse de mí? ¿A qué venía eso?
—Me estás sacando de mi encierro, supongo que eso quiere decir que me llevarás al exterior, ¿cierto? ¿Podré estar con personas y ver el cielo, sentir el sol?
—No esperes eso de mí, niña. Mucho menos lo último. Pero dale tiempo al tiempo, cuando todo esté listo, podrás ver la luz del sol. Aunque no sé si eso es compatible con estar con personas —tras la última frase, Travers rió con fuerza.

Me instó a que le siguiera, y eso hice. Eso hice durante mucho tiempo, horas, o días. Caminábamos por esos túneles oscuros, dormíamos allí mismo, comíamos lo que él tenía. Hablaba poco, explicaba mucho menos, pero parecía divertirse con todas mis preguntas. Sin embargo, a veces contaba cosas reveladores y extremadamente interesantes. Hasta que un día, llegamos hasta una enorme puerta metálica, en una sala muy iluminada en comparación con los túneles.
—Vamos a salir —dijo Travers—. Hazme el favor y no mires al sol, te quedarías ciega. Evita en lo posible que el sol toque tu piel. Estamos en el norte, no hace demasiado sol, pero no quiero que haya problemas con tu veneno, ¿entendido?
—Perdona, ¿mi qué? —repliqué confusa.
—Haz lo que te digo o volverás dentro, punto.
Le lancé una mirada de odio y me puse la gabardina, el gorro, el pasamontañas y los guantes que me dio. Apoyó su mano sobre un panel que había junto a la puerta, y ésta se abrió con una ligereza poco esperada en una puerta de tales dimensiones. Tenía el corazón en un puño, iba a ver el exterior. Por fin
Salimos y lo primero que sintieron mis pies fue un suelo irregular y ruidoso. Sentí un calor repentino e inmediatamente alcé la vista a lo que esperaba que fuera el cielo. Sólo vi color gris. Nubes tapando el sol, pero nubes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El cielo era inmenso. Olía extraño, no conseguía detectar el olor a piedra que había en su celda, los olores eran frescos, puros e intensos. Lo más cercano que había era un edificio de cemento, simple, con ventanas y tres pisos. Había un camino de tierra desde donde estábamos hasta el edificio. Detrás, la ladera de una montaña cuyo fin estaba cubierto por la nubes, y al frente, árboles y hierba.

Lágrimas de felicidad afloraron a mis ojos. Miré a Travers, ilusionada... Cuando de repente me golpeó con la mano en la cabeza, con una fuerza increíble, dejándome aturdida.
—Lo siento, Kat —y me desmayé.
..............
Desperté, abrí los ojos y sólo había oscuridad. De repente, temí haber vuelto a mi cubículo de paredes frías, pero noté que estaba sentada en una silla desconocida y atada de muñecas.
—Has despertado, niña —oí la voz de Travers—. Te lo explicaré rapidito, de tantas veces que hemos hecho esto ya me aburre. Supongo que te habrás preguntado alguna vez cómo es posible que sepas tantas cosas del "mundo exterior" si no has visto jamás nada. Ese libro que tienes no te puede haber dado suficiente información, vocabulario e ideas como para comprender y conocer al nivel que conoces el mundo fuera de tus límites.
Tragué saliva y asentí. En efecto, lo había pensado.
—Bien, dicho rápido y breve —continuó Travers— formas parte de una investigación militar para conseguir desarrollar armas humanas. Tú eres una de las armas naturales más útiles que hemos estado guardando. Unas son personas mutadas por nosotros, otros, como tú, nacen con una habilidad útil para la defensa del país. A todos os mantenemos durante unos años con la mayor discreción viviendo en la medida de lo posible como niños normales; así luego el proceso para que nos ayudéis como armas es más eficiente.
 "En tu caso, la luz del sol desencadena una reacción hormonal anómala en tu piel, volviéndola tóxica, haciendo que emitas un vapor venenoso, que mata al instante y es muy ligero, de modo que se distribuye fácilmente en el aire. Vivías con una familia, padre, madre y hermano. La gente pensaba que tenías xerodermia, simplemente no debía darte la luz del sol. A los 14 años os traemos aquí, os borramos la memoria, os encerramos y creéis que habéis estado ahí encerradas siempre. A los 16 os reclutamos de nuevo. O sólo cuando os necesitamos.

Me quedé boquiabierta. Estaba en shock, pero no me quedaba más remedio que creerle. No había nada más en mi vida que mi libro en la celda fría o esta brutal realidad.
—¿Qué te hace pensar que te ayudaré si eres el que me encerró? —pregunté, desafiante. Escuché la risita baja de autosuficiencia de Travers.
—Si te interesa el trato... te devolveremos tus recuerdos. Avdemás, tenemos la cura para tu enfermedad, estos dos años de espera no han sido vanos. Aunque debo avisarte que nunca se ha probado en nadie, eres la única que la padece.

Tragué saliva. Pregunté qué implicaba que aceptara.
—Te dejaremos protegida en la ciudad a la que vamos a atacar, pero te dará la luz del sol. Tu veneno matará gente. Pero tú podrás ser libre a cambio de unas pocas vidas de las que no conocías ni tan siquiera su existencia.

Tragué saliva, tomé aire. Era inútil negar lo que deseaba. Quería aceptar. No iba a hacer otra cosa. Podría vivir en el mundo que había soñado. El cargo de conciencia... quizá fuera secundario. Nunca había conocido a nadie, no sentía que me importara matarlos.

—Acepto.

(¿Podrá Katherine cumplir su sueño de volver a vivir? ¿Es todo tal y como parece? Clic para "El poder del anhelo (parte 2)")

10 de febrero de 2014

Canto al beso

Quiero verme envuelta en tus brazos, en la calidez sencilla del gesto acogedor. Quiero oír tu suave voz vibrar en el aire, quiero oír palabras que ansío ver salir de tus labios, palabras que demuestren que tu corazón me pertenece.

Te quiero cerca, muy cerca de mí, tu faz pegada a la mía y tus ojos impidiendo escapar a los míos, atrapados en una red fatídica, como todo lo relativo al amor ciego basado en el romanticismo.

Y cada segundo, tu voz decayendo expectante por saborear el momento previo, el vernos suspendidos en el tiempo sabiendo lo que se avecina, nuestra cordura pendiendo de un fino hilo, nuestro sentido de la realidad, el espacio y el tiempo alterados por un solo gesto. Aquel sublime, sutil, fogoso, desesperado gesto que busca expresar los sentimientos que se hallan grabados a fuego en el corazón.


 
 
"Cuando la edad enfría la sangre
 y los placeres son cosa del pasado,
el recuerdo más querido sigue siendo el último,
y nuestra evocación más dulce,
la del primer beso".
Lord Byron

19 de enero de 2014

Salvemos al mundo

Hacía frío a pesar de que sentía el sol en su nuca. Tenía la garganta hecha trizas y cuando intentó respirar, sintió punzadas fuertes en el pecho y que la garganta se le inundaba de agua. Agua salada. Fue siendo consciente del resto de sensaciones que tenía su cuerpo. La textura de la arena en su cara y bajo sus manos, el batir de las olas en la orilla sobre sus piernas.
Se puso de rodillas para incorporarse, pero tuvo que detenerse a toser y vomitar todo el agua en su estómago. Hacía frío, tenía sed. Jack no tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí. Se arrastró como pudo, exhausto, lejos del agua y se tumbó boca arriba en la arena. Volvió a perder la consciencia.

—¿Iba con nosotros en el vuelo?
—Creo que sí... ¿lo ahogamos o crees que no habrá riesgos?
—No pienso mancharme las manos directamente... Déjalo aquí tirado, morirá de hambre —respondió la primera voz, grave y con tono sarcástico.
—Tú dirás. Pero si luego hay problemas con él, es asunto tuyo —replicó una voz también de hombre, más decadente y taimada.

Jack consiguió abrir los ojos mientras los hombres aún discutían. Sólo alcanzó a ver los pulidos zapatos de cuero negro y los pantalones de traje de uno de ellos. Eran altos y fornidos, a juzgar por la sombra que proyectaban en la arena. Los oyó alejarse de él unos minutos después, dejándolo a su suerte. Cuando estuvo seguro de que no le vigilaban, se puso en pie e intentó analizar la situación. No tenía heridas, pero estaba cansado, hambriento, sediento y débil.
Lo último que recordaba fue el avión en el que viajaba... el ataque terrorista que había sufrido. Una bomba había explotado en cada ala, dejando al avión cayendo en picado sin control. Recordaba la confusión, los gritos y la angustia. Las azafatas con lágrimas en los ojos intentando calmar a la gente. Por algún motivo, no había paracaídas en el avión, ni máscaras de oxígeno. Sólo quedaba esperar la muerte.
Sin embargo, allí estaba él, sentado en la arena de una playa. Milagrosamente se había salvado, pero aquellos extraños hombres tenían razón. Igualmente moriría de hambre. De todos modos, ¿qué querían? ¿Por qué pretendían matarlo sólo por ser pasajero del vuelo accidentado?
"Piensa, Jack, piensa". Vuelo origen Seattle, destino Tokio. La mayoría de los pasajeros eran gente poco importante... Pero en primera clase viajaban altos cargos de empresas agroalimentarias y biotecnológicas. Se dirigían a un congreso en Tokio, en el que se hablaría sobre uno de los temas con más debate en el 2050: la seguridad alimentaria. ¿Era posible que el ataque al avión, y esos hombres, estuvieran relacionados con ello?
Bien, sólo tenía que averiguarlo. Él no era de los hombres que se sienta a esperar. Mucho menos siendo el director de investigación de una de las mayores empresas mundiales productoras de alimentos transgénicos.
.................
Toda su vida había sido el típico empollón del colegio. Estaba firmemente seguro de que en sus 27 años de vida nunca había corrido tan rápido ni tanto tiempo como ahora, pero sabía que la adrenalina hace milagros. Se escondía detrás de unos árboles tras haber huido a toda velocidad de un hombre que le perseguía. Fue demasiado descuidado dejarse ver tan fácilmente. Pero en su búsqueda, ya había localizado un recinto en la parte sur de la playa donde había naufragado. No estaba seguro de si estaba en una isla o no, aunque el instinto le decía que si se quiere ocultar algo, se hace en una isla inhabitada. Probablemente estaba cerca de Japón, ya que llevaban muchas horas de vuelo.
Se sobresaltó al oír ruido de follaje cerca de él, pero tan solo era un primate pasando por las ramas de los árboles. Confiando en haber despistado al hombre que lo perseguía (que curiosamente no llevaba arma), retrocedió, medio perdido, hasta volver a encontrar el lugar que había visto. Era evidente que algo ocultaban... era un edificio de hormigón y ladrillo, de aparentemente sólo un piso, pero que ocupaba muchos metros cuadrados en la zona. Era imposible que fuera detectado por satélites, puesto que las hojas de los árboles altos lo cubrían.
"Espera, ¡satélites!". Golpeándose en la frente por su estupidez, Jack tanteó el bolsillo con cremallera de su chaqueta y, efectivamente, encontró su teléfono móvil. Agradeció que hace 30 años se inventaran las carcasas a prueba de agua, porque el móvil, que había mantenido apagado durante el vuelo, aún funcionaba y tenía toda la batería. Encendió rápidamente el GPS offline. En menos de un minuto, obtuvo su ubicación precisa: Isla Kojima, Japón. Reserva natural, así que, por supuesto estaba inhabitada. O eso querían hacer creer los artífices del edificio oculto que estaba observando.
Sin más dilación, Jack envió un mensaje instantáneo, así como un correo electrónico y un mensaje de texto (sólo por si acaso), al director de su empresa, informándole de todo lo ocurrido, e instando a que informara a las autoridades. No tenía pruebas; sin embargo, la conversación entre los dos hombres que le encontraron en la playa era muy esclarecedora el respecto. Vaciló un segundo, y sólo por precaución, envió los mismos mensajes a su mujer, en caso de que no llegaran a su jefe.
Tomó aire, guardó el móvil y reflexionó de nuevo. No iba a poder infiltrarse en semejante sitio, tenía claro que eso sólo pasa en  las películas. Empero, parecía ser que nadie tenía armas, ni que la vigilancia fuera estricta. El plan de los que provocaron el accidente aéreo no era precisamente infalible. Así que decidió intentarlo, pero en su cabeza ideó un plan que estrictamente le permitiría sobrevivir si le capturaban.
.................
—¿Qué pretendías entrando así, Jack?
El joven alzó la vista, intentando enfocar y sintiendo incredulidad al oír la voz de su interlocutor. Había intentado entrar por una puerta lateral... sonó la alarma y vino un guardia de seguridad que tenía probablemente el triple de masa que él. Con un sólo golpe en el estómago, dejó a Jack inconsciente.
—¿Señor Lanford? —preguntó Jack, confuso. Creía haber oído la voz de su jefe...
—Sí, soy yo, ¿qué se supone que haces aquí? ¿Por qué no estás en Seattle? Has tenido suerte de que no te hayan matado ya —contestó el señor Lanford.
—Alguien hizo que el vuelo al congreso de Tokio se estrellara... yo sólo quería averiguar qué ocurría, conseguir comida —titubeó el investigador. Cuando consiguió enfocar la vista al frente, se dio cuenta de que estaba sentado en el suelo, y de cuclillas frente a él estaba el señor Lanford, vestido de traje, como siempre. Estaba en un despacho clásico, pero sin luz exterior. De repente, en su cabeza algo no cobraba sentido—. Usted, ¿qué hace aquí?
El jefe estaba claramente furioso. Carraspeó y tomó aire, para después preguntar con voz peligrosa:
—¿Qué demonios hacía usted, señor Grant, en el vuelo a Tokio? ¡¿No había acaso yo asignado al director del departamento de comercio a que asistiera?! Si hubiera muerto usted todo se hubiera ido por la borda, le necesito en Seattle trabajando.
—El director de comercio dijo que se encontraba indispuesto para realizar el viaje, y dado que usted no estaba, la junta decidió que el más indicado para venir era yo... —respondió Jack, con el corazón en un puño—. ¿Ha sido usted, señor, el causante de todo esto?
—Digamos esto de forma clara, señor Grant —replicó el señor Lanford en tono tranquilizador—. Le necesito para llevar a cabo mi proyecto. Usted es uno de los mejores investigadores en alimentos transgénicos. Es parte importante del capital de mi empresa, si le pudiera valorar económicamente. Le explicaré lo que ocurre, pero insisto, necesito que colabore conmigo. Tendrá un salario más que compensatorio, mantendrá su trabajo y... —hizo una pausa, deslizando un dedo por su escritorio de madera pulida— su familia estará a salvo. Sólo le pido que comprenda que lo que estamos haciendo aquí es por el bien de la humanidad en sí, no del ser humano. Por supuesto, admito que es un buen incentivo el dinero que ganaremos, aunque no lo es todo.
Jack tragó saliva, sin saber si realmente quería escuchar la propuesta. El director de su empresa le había amenazado claramente. Era más que obvio que no tenía opciones, pero sabía que no le iba a gustar lo que estaba apunto de escuchar.
—Señor Grant... Tiene usted que ocuparse y dirigir al personal que yo le proporcione para la investigación en dos ramas: una de ellas consiste en mejorar los alimentos transgénicos actuales... Han de ocupar menos espacio de terreno cultivable, adaptarse al terreno, alimentar más, contener más energía. Nos enfrentamos a una sobrepoblación, ya hay países en los que la gente se mata por obtener alimento, como bien sabe usted. Sólo necesito que haga el maíz, el trigo, lo que usted quiera, perfecto. Un alimento cultivable perfecto. ¿Hasta ahí de acuerdo?
El joven asintió. Eso era, principalmente en lo que habían estado investigando siempre. Ya habían conseguido muy buenos cultivos, con los que estaban ganando mucho dinero. Siguió mirando expectante al señor Lanford. En algún momento tenía que venir la parte mala.
—Bien, no me mire con esa cara, señor Grant. Esa parte de la investigación se llevará a cabo en Seattle, como se ha estado haciendo. Aquí, en estas instalaciones, se realizará la segunda investigación. Quiero que haga lo mismo que le he dicho antes. Exactamente el mismo producto. No me mire con esa cara, no he terminado —dijo riendo el director, ante la expresión de sorpresa de Jack—. Ya publicó usted un artículo en una de esas famosas revistas de ciencia que había descubierto, durante su doctorado, una proteína producida por plantas que detenía el crecimiento celular. Fue muy bonito y emotivo el enfoque que le dio... Detener el cáncer, impedir que ese malvado cáncer creciera más, para luego eliminarlo por otros medios. Aplausos le doy, casi lloré. No soy tan idealista como usted, señor Grant. Todas las naciones del mundo están de acuerdo en que hay demasiada gente en el planeta. Se nos acaban las garantías de vivir a este ritmo. Necesitamos deshacernos de lo que sobra.
Jack abrió los ojos de par en par ante el desprecio que el señor Lanford imprimió en cada palabra de la última frase.
—¿Qué está sugiriendo, señor? Nadie sobra.
—No se haga el tonto, por favor. Sabe usted como científico que la presión evolutiva no está actuando. Demasiados ancianos que tenían que haberse muerto ya, demasiados jóvenes que no quieren tener críos, y los que tienen críos se mueren de hambre en África. Quiero, señor Grant, que dé de comer a los que se mueren de hambre y que mate a los que deberían morir de tanto comer. Haga algo con su bonita proteína, controle las cantidades y las células a las que tiene que ir, detenga la regeneración celular en ancianos... y que vayan muriendo. Alguien tiene que encargarse de salvar la Tierra.
—¡¿Está usted loco!? —gritó Jack, con el rostro desfigurado por el horror—. No pienso participar en esto, no voy a crear nada que vaya a matar a la gente. ¿Qué pretende, que se lo ponga a las plantas?
—Sí, así es. Los cultivos destinados para países desarrollados contendrán la modificación genética para esa proteína tóxica que mate a los humanos. Los demás, serán cultivos perfectos para alimentar a la gente.
—No va a conseguir nada —desafió Jack—. Hay fuertes controles de calidad, nadie pasará por alto la toxicidad de esas plantas. No pienso participar.
El señor Lanford rió en voz alta.
—Pensé que no era tan corto de miras, Grant. ¿Para qué cree que he hecho estrellarse el avión con los directivos y presidentes que iban a hablar sobre seguridad alimentaria en Tokio? Además... le tengo dicho que las organizaciones mundiales, gubernamentales o no, están de acuerdo con este plan. Ha sido encargado a cuatro empresas, entre ellas, la nuestra. Si no lo hace usted alguien más lo hará, pero le sugiero amablemente que colabore. Por cierto, sepa usted que los mensajes que envió a su querida mujer no han llegado. Aquí se intercepta todo mensaje enviado —añadió Lanford enseñando su móvil a Jack—. Y bien, señor Grant, ¿acepta o no?
—No —respondió en tono firme el investigador—. Me voy de aquí. No pienso participar en esto.
Se dio la vuelta y abrió la puerta del despacho. Una mano le detuvo sujetándole por el hombro, y Jack temió que fueran a agredirle, pero el señor Lanford sólo dijo:
—Lo haremos igualmente, Jack. Está dentro del sistema o participando de él, pero nadie, nunca puede estar fuera del sistema. Así que no se lo cuente a nadie, ¿entendido? —dijo con suavidad Lanford.
Jack no respondió, si no que apartó con brusquedad la mano de su jefe y salió del despacho. Frente a él, estaba el mismo guardia enorme de antes, apuntando hacia su pecho. A Jack se le heló la sangre en las venas.
—Señor, ¿está dentro o fuera? —preguntó con una media sonrisa el guardia.
—Fuera del sistema —respondió Lanford, cerrando tras de sí la puerta del despacho.

Con un disparo, acabaron con el único testigo que había, por momentos, de la fatalidad a la que se iba a someter la humanidad por capricho de personas que jugaban a dioses.