No olvides leer la primera parte ("El poder del anhelo (parte 1)")
Desconozco totalmente qué tan vasto es el mundo, pero el viaje en avión se hizo muy largo. Travers me dijo que íbamos a Corea del Norte, un país pequeño pero muy problemático. Habían decidido empezar una guerra contra el país adyacente, China, un país muy grande pero con una capacidad de defensa y organización prácticamente nula. Me pregunté por qué los militares a los que pertenecía Travers querían intervenir. Me explicó que forman parte de una organización mundial que vela por la paz entre naciones, y que la mejor forma de defender la paz en este caso era reducir a Corea, puesto que era la causante del problema.
En mi libro las cosas no parecían ser así. Siempre parecía ser más importante, y más efectivo, hablar que luchar. Claro que siempre había ocasiones en las que el enemigo no respondía ante el diálogo. Quizá esta fuera una de esas ocasiones.
—El plan es sencillo, jovencita. No podemos pisar Corea, básicamente porque derribarían el avión y nos matarían, de modo que atacarás directamente a las tropas. Un escuadrón, protegido con máscaras, te llevará a las trincheras de defensa chinas. Tú sólo tienes que mantenerte ahí escondida, dejar que te de el sol en la mayor superficie de tu piel que puedas. Evita a toda costa asomarte, no queremos que te peguen un tiro. Soltarás el gas, nos retiraremos, las tropas avanzarán y se envenenarán con el gas que has dejado en el aire.
—Eso es ridículo —repliqué—. ¿A cuántas personas como mucho afectaría eso?
—No creas que somos estúpidos, niña. He dicho que esos dos años que has estado ahí metida no fueron pérdida de tiempo. A medida que se disipa el gas, éste no mata, si no que se mete en el cuerpo, debilitando las defensas. Eso hace que sea muy fácil contraer enfermedades... ¡Es tan fácil que militares heridos se infecten de bacterias y virus peligrosos, mortales y, sobre todo, contagiosos! Volverán a sus casas muertos, heridos, y portando enfermedades. Además, hemos descubierto que algunas de las bacterias evolucionan para sobrevivir al gas tóxico, de forma que se vuelven mucho más resistentes a los medicamentos comunes.
—Así que... toda Corea morirá y caerá enferma. Habría que detener el gasto de recursos en guerra para empezar a intentar curar a la población, ¿cierto? —pregunté, asombrada por el plan tan audaz a la vez que cruel. ¿En verdad iba a participar yo en eso?
—Te diría que eres lista, pero creo que lo he explicado lo bastante bien como para que se pueda deducir eso fácilmente.
Estaba muerta de miedo. Allí, encogida en las trincheras, con el sonido silbante de las balas sonando a mi alrededor, los gritos, la sangre. El sol de mediodía calentaba mi cabeza. La primera vez que noté el sol en la piel, sentí un calor muy intenso. Quemaba, pero la sensación era maravillosa. No notaba que emitiera ningún gas, y parecía ser incoloro e inodoro. Eso lo debía volver mucho más peligroso. En cuanto llegamos a las trincheras, me quité la chaqueta y me quedé en pantalón corto (extremadamente corto) y una diminuta camiseta de tirantes. Mi piel era extremadamente blanca comparada con la de Travers, que era la única persona a la que había visto la piel. Me advirtió que probablemente me quemaría.
Fue una tortura psicológica. Estuve dos, tres horas, contemplando la masacre que tenía lugar frente a mis ojos. Sin ninguna piedad, disparaban a matar en ambos bandos. Casi me alcanzó una bomba, pero un soldado se tiró a protegerme. Se estaban matando. Lo veía como algo tan, tan cruel, y sin embargo, yo iba a hacer lo mismo por puro egoísmo. No estaba de lado de ninguno de los dos bandos. Corea no tenía por qué atacar a China, pero nosotros no teníamos por qué matar a inocentes coreanos.
Idiota. Qué importa. La sociedad me ha estado dando la espalda durante toda mi vida. O no, sólo durante dos años. Los que me han utilizado han sido Travers y su gente. Me apartaron de mi familia, me encerraron, me obligaron a vivir sola, triste, y sintiendo que no tenía una vida y mucho menos una existencia.
Sin embargo, no había vuelta atrás. Ya había empezado todo, iba a morir gente por mi culpa. Pero iba a ver a mi familia, a recuperar recuerdos de una infancia feliz, o al menos de una vida normal. Podría hacer todo lo que quisiera, ver las montañas, tocar la arena, sentir el viento, jugar, leer más libros que mi libro, ver películas. Todo, podría hacer todo. Después de todo, yo no soy quien empuña un arma y dispara a matar. ¿Qué son cientos de muertes que provocaré comparados con miles de millones de habitantes? No me importa toda esa gente.
.......................
—Muy buen trabajo, Katherine —me felicitó Travers—. Ahora, como te prometí, te devolveré tus recuerdos y tu libertad. Podrás elegir lo que quieres hacer con tu vida, y no tienes por qué volver a trabajar para nosotros. Tenemos suficientes armas humanas y sois lo suficientemente efectivos como para prescindir de vosotros. Eso sí, ni una palabra.
Asentí. Estaba sentada en un sillón, en una sala de paredes blancas. Tenía una diadema metálica alrededor de la cabeza; se suponía que una leve descarga eléctrica en puntos adecuados del cerebro me haría recobrar la memoria.
—¿Lista, niña?
—Sí
Travers apretó un botón, y sentí cómo unas agujas se me clavaban dolorosamente en el cráneo. De pronto, sentí que la cabeza me estallaba, vi todo de color negro, un dolor insoportable me barrió el cuerpo. Unos minutos después, las agujas salieron de mi cabeza. Sentía el cuerpo débil, la mente saturada.
—¿Cómo estás, Katherine?
Unos segundos después de recobrar la visión, recordé todo. Mi familia. Mi dulce madre, mi risueño padre, el pesado pero cariñoso de mi hermano. Recordé cómo sólo había visto mi casa y algunos sitios del mundo a buen resguardo en un coche de lunas tintadas. Solía ver la televisión y leer mucho. Mi madre me había regalado ese libro que tanto había leído encerrada entre las frías paredes de piedra. Tenía algunas amigas, no iba al colegio, pero tenía un profesor particular. Era completamente feliz a pesar de no poder salir a jugar al jardín.
Recordando, recordando... de pronto, sentí un dolor profundo, no físico, emocional. Empecé a llorar desconsolada. Recordé un día. Mi hermano me había quitado mi móvil, lo estaba persiguiendo por la casa. Salió al jardín. Me detuve en el alféizar de la puerta que daba a la terraza y miré al cielo ligeramente nublado. No había sol, ¿verdad? Podía salir y pillar al tonto de mi hermano. Salí, no sentí nada extraño más que un suave calor en mi blanca piel. Mi hermano me miró con miedo y me dijo que volviera a entrar, o me pondría enferma. Es un niño, ¿qué sabrá él? Me acerqué, le arrebaté el teléfono y le pegué un pellizco en el brazo, en el preciso instante en el que se despejó un pequeño trozo de cielo y el sol dio de lleno en el jardín. No noté nada... pero mi hermano emitió un agudo grito y cayó al suelo. Comenzó a quemarse su piel donde le había tocado. Quería acercarme a ayudarle, pero algo me decía que no debía. Llamé a mamá con lágrimas en los ojos. Mi hermano, agachado en el suelo, llorando, empezó a respirar entrecortadamente, el corazón le latía con tanta fuerza que podía oírlo, y era tan irregular su palpiteo. En pocos segundos, justo cuando mi madre llegó al jardín, mi pequeño hermano cayó sin fuerza al suelo. Muerto. Yo estaba llorando y gritando, de pie, impotente, frente a él. Mi madre me gritaba que entrara a casa, a la vez que su grito desgarrador al ver a su hijo muerto en el suelo me heló las venas. Mi padre salió al jardín a toda prisa, con el pánico grabado en su rostro. Ambos me ordenaron de nuevo que entrara en casa, mi madre acunaba el rostro de mi hermano entre sus manos, mi padre había caído al suelo llorando.
Retrocedí, asustada, hasta la sombra del porche. Fue entonces cuando mi madre comenzó a asfixiarse, igual que mi hermano. Murió en agonía. Después, mi padre. Caí al suelo del porche, llorando, desgarrada de dolor y horror. Los había matado.
—Los maté, Travers, mi familia murió por mi culpa —le dije a Travers con la voz ahogada en lágrimas—. Ahora, todos esos coreanos morirán por mi culpa, igual que ellos.
—Sí, Katherine, lo siento. Poco después te llevamos a aislarte y borramos tu memoria.
No tenía ya nada que hacer en el mundo. Debía haberme quedado entre esas frías paredes de piedra.
—Travers —le llamé. Él me miró expectante—. Por favor, bórrame los recuerdos y vuelve a encerrarme. Te lo suplico.
El hombre sonrió con autosuficiencia, como había hecho cuando nos conocimos.
—Por supuesto, Katherine. Ya lo estaba esperando... Con esta, es la cuarta vez que me lo pides. Esta vez has tardado menos que otras en sentirte culpable.
Le miré con los ojos abiertos como platos y la sangre helada en las venas. Volvió a accionar el botón, las agujas volvieron a atravesar mi cabeza.
—Ya nos volveremos a ver, niña.
Con un último grito, de rabia, odio, dolor y miedo, volví a sumirme en la oscuridad.
Me llamo Katherine Monod. Vivo siempre en la oscuridad. No sé qué es la luz.
26 de abril de 2014
El poder del anhelo (parte 1)
Me llamo Katherine Monod. Vivo siempre en la oscuridad. No sé qué es la luz. Nunca he visto un árbol, una nube, una montaña. Sé lo que es un césped, sé lo que es la arena, pero jamás he podido sentir entre mis dedos el tacto de ninguno de ambos. Estoy siempre aquí, aquí encerrada, sola. Mi única compañía es un duro colchón, una pequeña lámpara y un libro. Siempre el mismo libro. He aprendido cómo es el mundo exterior gracias a él, pero ello sólo ha aumentado mis ansias de conocerlo.
¿Por qué me tienen aquí encerrada? No recuerdo qué ocurrió, ni quién lo hizo. Sólo sé que nadie, nunca, viene a verme. No recuerdo cómo son las personas, ni el sonido de los pasos. No sé si alguna vez he llegado a oírlos. Parece que tengo recuerdos, aunque quizá sólo los he inventado, o sólo son fragmentos modificados de mi libro.
Me pregunto por qué no puedo salir. ¿Qué me lo impide? Lo pienso cada cierto tiempo, estando tumbada en mi cama. ¿Me ha dicho alguien que no pueda salir? Cierto, la puerta está cerrada. El único espacio que hay es la ranura donde me dejan la comida. E incluso eso está cerrado. A veces, hace tiempo, tenia ataques de pánico. Gritaba, lloraba y golpeaba la pared de fría piedra suplicando. Quería la vida que nunca había tenido y que nunca tendría. Pronto me di cuenta de que era vano. El silencio era tan profundo que oía cada uno de mis movimientos, respiraciones y latidos. Aunque debía recordar que jamás había oído otro ruido. Quizá fuera de aquí también es así.
Había aprendido a tener la cabeza fría y los sentimientos controlados. La única vez que contemplé la posibilidad de que morir sería mejor que vivir de este modo, mi mente retuvo de inmediato tan vulgar idea. La muerte era la salida fácil. En mi libro, sólo los personajes viles elegían la muerte en lugar de vida. Los héroes luchaban por su vida y la de los demás sin importar qué ocurriese.
Pero no tenía sólo que sobrevivir en silencio. Debía salir. Debía conocer el mundo. ¿Cómo, Katherine, cómo? Ni siquiera nunca he oído a la persona que me trae la comida, no he podido hablarle, ni conmoverle, ni suplicarle.
Qué debo hacer, qué debo hacer. De repente, dejé de escuchar mi respiración. Había algo más importante que escuchar que me había hecho contener el aliento. Unos suaves golpes en el suelo, fuera de los muros de piedra. Constantes, uno, dos, uno, dos. La respiración de alguien, el roce de tela con tela. Alguien caminando. Me levanté despacio y me coloqué en el rincón más alejado de la puerta. Me maldije; en el momento de la verdad, el miedo me puede más que la curiosidad.
Tal y como había intuido, los pasos se detuvieron frente a la puerta de metal. Ésta se abrió, con un agudo rechinar, y una persona, alta, grande, con ropas muy distintas a las mías y un cuerpo diferente entró en la habitación. ¿Podía ser un hombre?
Estaba asustada, sorprendida, alegre. Sobre todo, confusa. Intenté hablar, pero nunca había articulado palabra en voz alta, y de mi garganta sólo salió un leve carraspeo.
—¿Katherine Monod? —preguntó el hombre, tendiéndome una mano.
Asentí, aún encogida contra la pared. El hombre me dio una larga explicación sobre su nombre y lo que quería... pero hablaba como uno de los diplomáticos que había en mi libro: muchas palabras para decir poco. Sólo pude entender que se llamaba Travers. Mi expresión de confusión debía ser evidente, porque el hombre repitió, de forma concisa lo que pretendía:
—Te voy a sacar de aquí, te necesito para algo.
Me tendió la mano. Al cogerla, noté que el tacto de su piel no se sentía como la mía, así que probablemente llevaba un guante. Me llevó fuera de la habitación. Pensé en mi libro, pero sabía que ahora no lo necesitaba. Milagrosamente, ya estaba fuera. El pasillo estaba casi tan oscuro como el lugar en el que había vivido. Llegamos a una zona más amplia, y Travers me dejó en el centro de la sala. Se encendieron, de repente, unas luces en el techo.
Grité de sorpresa y de dolor en los ojos, jamás había visto tanta luz. Cuando me acostumbré a la luz, pude ver que a mi alrededor sólo había más paredes de piedra, varias puertas en las paredes y Travers. Ahogué un grito cuando le vi. No se parecía a las personas que yo esperaba. No tenía un solo trozo de piel al descubierto; su cara estaba protegida por un trozo de plástico, una máscara.
—¿Quién eres? —pregunté al fin, después de toser para liberar mi voz.
—Vengo a llevarte a otro sitio. Te advierto que esto no significa que seas libre. Por ahora. Y no me mires con esa cara, llevo la máscara para protegerme de ti.
¿Protegerse de mí? ¿A qué venía eso?
—Me estás sacando de mi encierro, supongo que eso quiere decir que me llevarás al exterior, ¿cierto? ¿Podré estar con personas y ver el cielo, sentir el sol?
—No esperes eso de mí, niña. Mucho menos lo último. Pero dale tiempo al tiempo, cuando todo esté listo, podrás ver la luz del sol. Aunque no sé si eso es compatible con estar con personas —tras la última frase, Travers rió con fuerza.
Me instó a que le siguiera, y eso hice. Eso hice durante mucho tiempo, horas, o días. Caminábamos por esos túneles oscuros, dormíamos allí mismo, comíamos lo que él tenía. Hablaba poco, explicaba mucho menos, pero parecía divertirse con todas mis preguntas. Sin embargo, a veces contaba cosas reveladores y extremadamente interesantes. Hasta que un día, llegamos hasta una enorme puerta metálica, en una sala muy iluminada en comparación con los túneles.
—Vamos a salir —dijo Travers—. Hazme el favor y no mires al sol, te quedarías ciega. Evita en lo posible que el sol toque tu piel. Estamos en el norte, no hace demasiado sol, pero no quiero que haya problemas con tu veneno, ¿entendido?
—Perdona, ¿mi qué? —repliqué confusa.
—Haz lo que te digo o volverás dentro, punto.
Le lancé una mirada de odio y me puse la gabardina, el gorro, el pasamontañas y los guantes que me dio. Apoyó su mano sobre un panel que había junto a la puerta, y ésta se abrió con una ligereza poco esperada en una puerta de tales dimensiones. Tenía el corazón en un puño, iba a ver el exterior. Por fin
Salimos y lo primero que sintieron mis pies fue un suelo irregular y ruidoso. Sentí un calor repentino e inmediatamente alcé la vista a lo que esperaba que fuera el cielo. Sólo vi color gris. Nubes tapando el sol, pero nubes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El cielo era inmenso. Olía extraño, no conseguía detectar el olor a piedra que había en su celda, los olores eran frescos, puros e intensos. Lo más cercano que había era un edificio de cemento, simple, con ventanas y tres pisos. Había un camino de tierra desde donde estábamos hasta el edificio. Detrás, la ladera de una montaña cuyo fin estaba cubierto por la nubes, y al frente, árboles y hierba.
Lágrimas de felicidad afloraron a mis ojos. Miré a Travers, ilusionada... Cuando de repente me golpeó con la mano en la cabeza, con una fuerza increíble, dejándome aturdida.
—Lo siento, Kat —y me desmayé.
..............
Desperté, abrí los ojos y sólo había oscuridad. De repente, temí haber vuelto a mi cubículo de paredes frías, pero noté que estaba sentada en una silla desconocida y atada de muñecas.
—Has despertado, niña —oí la voz de Travers—. Te lo explicaré rapidito, de tantas veces que hemos hecho esto ya me aburre. Supongo que te habrás preguntado alguna vez cómo es posible que sepas tantas cosas del "mundo exterior" si no has visto jamás nada. Ese libro que tienes no te puede haber dado suficiente información, vocabulario e ideas como para comprender y conocer al nivel que conoces el mundo fuera de tus límites.
Tragué saliva y asentí. En efecto, lo había pensado.
—Bien, dicho rápido y breve —continuó Travers— formas parte de una investigación militar para conseguir desarrollar armas humanas. Tú eres una de las armas naturales más útiles que hemos estado guardando. Unas son personas mutadas por nosotros, otros, como tú, nacen con una habilidad útil para la defensa del país. A todos os mantenemos durante unos años con la mayor discreción viviendo en la medida de lo posible como niños normales; así luego el proceso para que nos ayudéis como armas es más eficiente.
"En tu caso, la luz del sol desencadena una reacción hormonal anómala en tu piel, volviéndola tóxica, haciendo que emitas un vapor venenoso, que mata al instante y es muy ligero, de modo que se distribuye fácilmente en el aire. Vivías con una familia, padre, madre y hermano. La gente pensaba que tenías xerodermia, simplemente no debía darte la luz del sol. A los 14 años os traemos aquí, os borramos la memoria, os encerramos y creéis que habéis estado ahí encerradas siempre. A los 16 os reclutamos de nuevo. O sólo cuando os necesitamos.
Me quedé boquiabierta. Estaba en shock, pero no me quedaba más remedio que creerle. No había nada más en mi vida que mi libro en la celda fría o esta brutal realidad.
—¿Qué te hace pensar que te ayudaré si eres el que me encerró? —pregunté, desafiante. Escuché la risita baja de autosuficiencia de Travers.
—Si te interesa el trato... te devolveremos tus recuerdos. Avdemás, tenemos la cura para tu enfermedad, estos dos años de espera no han sido vanos. Aunque debo avisarte que nunca se ha probado en nadie, eres la única que la padece.
Tragué saliva. Pregunté qué implicaba que aceptara.
—Te dejaremos protegida en la ciudad a la que vamos a atacar, pero te dará la luz del sol. Tu veneno matará gente. Pero tú podrás ser libre a cambio de unas pocas vidas de las que no conocías ni tan siquiera su existencia.
Tragué saliva, tomé aire. Era inútil negar lo que deseaba. Quería aceptar. No iba a hacer otra cosa. Podría vivir en el mundo que había soñado. El cargo de conciencia... quizá fuera secundario. Nunca había conocido a nadie, no sentía que me importara matarlos.
—Acepto.
(¿Podrá Katherine cumplir su sueño de volver a vivir? ¿Es todo tal y como parece? Clic para "El poder del anhelo (parte 2)")
¿Por qué me tienen aquí encerrada? No recuerdo qué ocurrió, ni quién lo hizo. Sólo sé que nadie, nunca, viene a verme. No recuerdo cómo son las personas, ni el sonido de los pasos. No sé si alguna vez he llegado a oírlos. Parece que tengo recuerdos, aunque quizá sólo los he inventado, o sólo son fragmentos modificados de mi libro.
Me pregunto por qué no puedo salir. ¿Qué me lo impide? Lo pienso cada cierto tiempo, estando tumbada en mi cama. ¿Me ha dicho alguien que no pueda salir? Cierto, la puerta está cerrada. El único espacio que hay es la ranura donde me dejan la comida. E incluso eso está cerrado. A veces, hace tiempo, tenia ataques de pánico. Gritaba, lloraba y golpeaba la pared de fría piedra suplicando. Quería la vida que nunca había tenido y que nunca tendría. Pronto me di cuenta de que era vano. El silencio era tan profundo que oía cada uno de mis movimientos, respiraciones y latidos. Aunque debía recordar que jamás había oído otro ruido. Quizá fuera de aquí también es así.
Había aprendido a tener la cabeza fría y los sentimientos controlados. La única vez que contemplé la posibilidad de que morir sería mejor que vivir de este modo, mi mente retuvo de inmediato tan vulgar idea. La muerte era la salida fácil. En mi libro, sólo los personajes viles elegían la muerte en lugar de vida. Los héroes luchaban por su vida y la de los demás sin importar qué ocurriese.
Pero no tenía sólo que sobrevivir en silencio. Debía salir. Debía conocer el mundo. ¿Cómo, Katherine, cómo? Ni siquiera nunca he oído a la persona que me trae la comida, no he podido hablarle, ni conmoverle, ni suplicarle.
Qué debo hacer, qué debo hacer. De repente, dejé de escuchar mi respiración. Había algo más importante que escuchar que me había hecho contener el aliento. Unos suaves golpes en el suelo, fuera de los muros de piedra. Constantes, uno, dos, uno, dos. La respiración de alguien, el roce de tela con tela. Alguien caminando. Me levanté despacio y me coloqué en el rincón más alejado de la puerta. Me maldije; en el momento de la verdad, el miedo me puede más que la curiosidad.
Tal y como había intuido, los pasos se detuvieron frente a la puerta de metal. Ésta se abrió, con un agudo rechinar, y una persona, alta, grande, con ropas muy distintas a las mías y un cuerpo diferente entró en la habitación. ¿Podía ser un hombre?
Estaba asustada, sorprendida, alegre. Sobre todo, confusa. Intenté hablar, pero nunca había articulado palabra en voz alta, y de mi garganta sólo salió un leve carraspeo.
—¿Katherine Monod? —preguntó el hombre, tendiéndome una mano.
Asentí, aún encogida contra la pared. El hombre me dio una larga explicación sobre su nombre y lo que quería... pero hablaba como uno de los diplomáticos que había en mi libro: muchas palabras para decir poco. Sólo pude entender que se llamaba Travers. Mi expresión de confusión debía ser evidente, porque el hombre repitió, de forma concisa lo que pretendía:
—Te voy a sacar de aquí, te necesito para algo.
Me tendió la mano. Al cogerla, noté que el tacto de su piel no se sentía como la mía, así que probablemente llevaba un guante. Me llevó fuera de la habitación. Pensé en mi libro, pero sabía que ahora no lo necesitaba. Milagrosamente, ya estaba fuera. El pasillo estaba casi tan oscuro como el lugar en el que había vivido. Llegamos a una zona más amplia, y Travers me dejó en el centro de la sala. Se encendieron, de repente, unas luces en el techo.
Grité de sorpresa y de dolor en los ojos, jamás había visto tanta luz. Cuando me acostumbré a la luz, pude ver que a mi alrededor sólo había más paredes de piedra, varias puertas en las paredes y Travers. Ahogué un grito cuando le vi. No se parecía a las personas que yo esperaba. No tenía un solo trozo de piel al descubierto; su cara estaba protegida por un trozo de plástico, una máscara.
—¿Quién eres? —pregunté al fin, después de toser para liberar mi voz.
—Vengo a llevarte a otro sitio. Te advierto que esto no significa que seas libre. Por ahora. Y no me mires con esa cara, llevo la máscara para protegerme de ti.
¿Protegerse de mí? ¿A qué venía eso?
—Me estás sacando de mi encierro, supongo que eso quiere decir que me llevarás al exterior, ¿cierto? ¿Podré estar con personas y ver el cielo, sentir el sol?
—No esperes eso de mí, niña. Mucho menos lo último. Pero dale tiempo al tiempo, cuando todo esté listo, podrás ver la luz del sol. Aunque no sé si eso es compatible con estar con personas —tras la última frase, Travers rió con fuerza.
Me instó a que le siguiera, y eso hice. Eso hice durante mucho tiempo, horas, o días. Caminábamos por esos túneles oscuros, dormíamos allí mismo, comíamos lo que él tenía. Hablaba poco, explicaba mucho menos, pero parecía divertirse con todas mis preguntas. Sin embargo, a veces contaba cosas reveladores y extremadamente interesantes. Hasta que un día, llegamos hasta una enorme puerta metálica, en una sala muy iluminada en comparación con los túneles.
—Vamos a salir —dijo Travers—. Hazme el favor y no mires al sol, te quedarías ciega. Evita en lo posible que el sol toque tu piel. Estamos en el norte, no hace demasiado sol, pero no quiero que haya problemas con tu veneno, ¿entendido?
—Perdona, ¿mi qué? —repliqué confusa.
—Haz lo que te digo o volverás dentro, punto.
Le lancé una mirada de odio y me puse la gabardina, el gorro, el pasamontañas y los guantes que me dio. Apoyó su mano sobre un panel que había junto a la puerta, y ésta se abrió con una ligereza poco esperada en una puerta de tales dimensiones. Tenía el corazón en un puño, iba a ver el exterior. Por fin
Salimos y lo primero que sintieron mis pies fue un suelo irregular y ruidoso. Sentí un calor repentino e inmediatamente alcé la vista a lo que esperaba que fuera el cielo. Sólo vi color gris. Nubes tapando el sol, pero nubes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El cielo era inmenso. Olía extraño, no conseguía detectar el olor a piedra que había en su celda, los olores eran frescos, puros e intensos. Lo más cercano que había era un edificio de cemento, simple, con ventanas y tres pisos. Había un camino de tierra desde donde estábamos hasta el edificio. Detrás, la ladera de una montaña cuyo fin estaba cubierto por la nubes, y al frente, árboles y hierba.
Lágrimas de felicidad afloraron a mis ojos. Miré a Travers, ilusionada... Cuando de repente me golpeó con la mano en la cabeza, con una fuerza increíble, dejándome aturdida.
—Lo siento, Kat —y me desmayé.
..............
Desperté, abrí los ojos y sólo había oscuridad. De repente, temí haber vuelto a mi cubículo de paredes frías, pero noté que estaba sentada en una silla desconocida y atada de muñecas.
—Has despertado, niña —oí la voz de Travers—. Te lo explicaré rapidito, de tantas veces que hemos hecho esto ya me aburre. Supongo que te habrás preguntado alguna vez cómo es posible que sepas tantas cosas del "mundo exterior" si no has visto jamás nada. Ese libro que tienes no te puede haber dado suficiente información, vocabulario e ideas como para comprender y conocer al nivel que conoces el mundo fuera de tus límites.
Tragué saliva y asentí. En efecto, lo había pensado.
—Bien, dicho rápido y breve —continuó Travers— formas parte de una investigación militar para conseguir desarrollar armas humanas. Tú eres una de las armas naturales más útiles que hemos estado guardando. Unas son personas mutadas por nosotros, otros, como tú, nacen con una habilidad útil para la defensa del país. A todos os mantenemos durante unos años con la mayor discreción viviendo en la medida de lo posible como niños normales; así luego el proceso para que nos ayudéis como armas es más eficiente.
"En tu caso, la luz del sol desencadena una reacción hormonal anómala en tu piel, volviéndola tóxica, haciendo que emitas un vapor venenoso, que mata al instante y es muy ligero, de modo que se distribuye fácilmente en el aire. Vivías con una familia, padre, madre y hermano. La gente pensaba que tenías xerodermia, simplemente no debía darte la luz del sol. A los 14 años os traemos aquí, os borramos la memoria, os encerramos y creéis que habéis estado ahí encerradas siempre. A los 16 os reclutamos de nuevo. O sólo cuando os necesitamos.
Me quedé boquiabierta. Estaba en shock, pero no me quedaba más remedio que creerle. No había nada más en mi vida que mi libro en la celda fría o esta brutal realidad.
—¿Qué te hace pensar que te ayudaré si eres el que me encerró? —pregunté, desafiante. Escuché la risita baja de autosuficiencia de Travers.
—Si te interesa el trato... te devolveremos tus recuerdos. Avdemás, tenemos la cura para tu enfermedad, estos dos años de espera no han sido vanos. Aunque debo avisarte que nunca se ha probado en nadie, eres la única que la padece.
Tragué saliva. Pregunté qué implicaba que aceptara.
—Te dejaremos protegida en la ciudad a la que vamos a atacar, pero te dará la luz del sol. Tu veneno matará gente. Pero tú podrás ser libre a cambio de unas pocas vidas de las que no conocías ni tan siquiera su existencia.
Tragué saliva, tomé aire. Era inútil negar lo que deseaba. Quería aceptar. No iba a hacer otra cosa. Podría vivir en el mundo que había soñado. El cargo de conciencia... quizá fuera secundario. Nunca había conocido a nadie, no sentía que me importara matarlos.
—Acepto.
(¿Podrá Katherine cumplir su sueño de volver a vivir? ¿Es todo tal y como parece? Clic para "El poder del anhelo (parte 2)")
Suscribirse a:
Entradas (Atom)