19 de enero de 2014

Salvemos al mundo

Hacía frío a pesar de que sentía el sol en su nuca. Tenía la garganta hecha trizas y cuando intentó respirar, sintió punzadas fuertes en el pecho y que la garganta se le inundaba de agua. Agua salada. Fue siendo consciente del resto de sensaciones que tenía su cuerpo. La textura de la arena en su cara y bajo sus manos, el batir de las olas en la orilla sobre sus piernas.
Se puso de rodillas para incorporarse, pero tuvo que detenerse a toser y vomitar todo el agua en su estómago. Hacía frío, tenía sed. Jack no tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí. Se arrastró como pudo, exhausto, lejos del agua y se tumbó boca arriba en la arena. Volvió a perder la consciencia.

—¿Iba con nosotros en el vuelo?
—Creo que sí... ¿lo ahogamos o crees que no habrá riesgos?
—No pienso mancharme las manos directamente... Déjalo aquí tirado, morirá de hambre —respondió la primera voz, grave y con tono sarcástico.
—Tú dirás. Pero si luego hay problemas con él, es asunto tuyo —replicó una voz también de hombre, más decadente y taimada.

Jack consiguió abrir los ojos mientras los hombres aún discutían. Sólo alcanzó a ver los pulidos zapatos de cuero negro y los pantalones de traje de uno de ellos. Eran altos y fornidos, a juzgar por la sombra que proyectaban en la arena. Los oyó alejarse de él unos minutos después, dejándolo a su suerte. Cuando estuvo seguro de que no le vigilaban, se puso en pie e intentó analizar la situación. No tenía heridas, pero estaba cansado, hambriento, sediento y débil.
Lo último que recordaba fue el avión en el que viajaba... el ataque terrorista que había sufrido. Una bomba había explotado en cada ala, dejando al avión cayendo en picado sin control. Recordaba la confusión, los gritos y la angustia. Las azafatas con lágrimas en los ojos intentando calmar a la gente. Por algún motivo, no había paracaídas en el avión, ni máscaras de oxígeno. Sólo quedaba esperar la muerte.
Sin embargo, allí estaba él, sentado en la arena de una playa. Milagrosamente se había salvado, pero aquellos extraños hombres tenían razón. Igualmente moriría de hambre. De todos modos, ¿qué querían? ¿Por qué pretendían matarlo sólo por ser pasajero del vuelo accidentado?
"Piensa, Jack, piensa". Vuelo origen Seattle, destino Tokio. La mayoría de los pasajeros eran gente poco importante... Pero en primera clase viajaban altos cargos de empresas agroalimentarias y biotecnológicas. Se dirigían a un congreso en Tokio, en el que se hablaría sobre uno de los temas con más debate en el 2050: la seguridad alimentaria. ¿Era posible que el ataque al avión, y esos hombres, estuvieran relacionados con ello?
Bien, sólo tenía que averiguarlo. Él no era de los hombres que se sienta a esperar. Mucho menos siendo el director de investigación de una de las mayores empresas mundiales productoras de alimentos transgénicos.
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Toda su vida había sido el típico empollón del colegio. Estaba firmemente seguro de que en sus 27 años de vida nunca había corrido tan rápido ni tanto tiempo como ahora, pero sabía que la adrenalina hace milagros. Se escondía detrás de unos árboles tras haber huido a toda velocidad de un hombre que le perseguía. Fue demasiado descuidado dejarse ver tan fácilmente. Pero en su búsqueda, ya había localizado un recinto en la parte sur de la playa donde había naufragado. No estaba seguro de si estaba en una isla o no, aunque el instinto le decía que si se quiere ocultar algo, se hace en una isla inhabitada. Probablemente estaba cerca de Japón, ya que llevaban muchas horas de vuelo.
Se sobresaltó al oír ruido de follaje cerca de él, pero tan solo era un primate pasando por las ramas de los árboles. Confiando en haber despistado al hombre que lo perseguía (que curiosamente no llevaba arma), retrocedió, medio perdido, hasta volver a encontrar el lugar que había visto. Era evidente que algo ocultaban... era un edificio de hormigón y ladrillo, de aparentemente sólo un piso, pero que ocupaba muchos metros cuadrados en la zona. Era imposible que fuera detectado por satélites, puesto que las hojas de los árboles altos lo cubrían.
"Espera, ¡satélites!". Golpeándose en la frente por su estupidez, Jack tanteó el bolsillo con cremallera de su chaqueta y, efectivamente, encontró su teléfono móvil. Agradeció que hace 30 años se inventaran las carcasas a prueba de agua, porque el móvil, que había mantenido apagado durante el vuelo, aún funcionaba y tenía toda la batería. Encendió rápidamente el GPS offline. En menos de un minuto, obtuvo su ubicación precisa: Isla Kojima, Japón. Reserva natural, así que, por supuesto estaba inhabitada. O eso querían hacer creer los artífices del edificio oculto que estaba observando.
Sin más dilación, Jack envió un mensaje instantáneo, así como un correo electrónico y un mensaje de texto (sólo por si acaso), al director de su empresa, informándole de todo lo ocurrido, e instando a que informara a las autoridades. No tenía pruebas; sin embargo, la conversación entre los dos hombres que le encontraron en la playa era muy esclarecedora el respecto. Vaciló un segundo, y sólo por precaución, envió los mismos mensajes a su mujer, en caso de que no llegaran a su jefe.
Tomó aire, guardó el móvil y reflexionó de nuevo. No iba a poder infiltrarse en semejante sitio, tenía claro que eso sólo pasa en  las películas. Empero, parecía ser que nadie tenía armas, ni que la vigilancia fuera estricta. El plan de los que provocaron el accidente aéreo no era precisamente infalible. Así que decidió intentarlo, pero en su cabeza ideó un plan que estrictamente le permitiría sobrevivir si le capturaban.
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—¿Qué pretendías entrando así, Jack?
El joven alzó la vista, intentando enfocar y sintiendo incredulidad al oír la voz de su interlocutor. Había intentado entrar por una puerta lateral... sonó la alarma y vino un guardia de seguridad que tenía probablemente el triple de masa que él. Con un sólo golpe en el estómago, dejó a Jack inconsciente.
—¿Señor Lanford? —preguntó Jack, confuso. Creía haber oído la voz de su jefe...
—Sí, soy yo, ¿qué se supone que haces aquí? ¿Por qué no estás en Seattle? Has tenido suerte de que no te hayan matado ya —contestó el señor Lanford.
—Alguien hizo que el vuelo al congreso de Tokio se estrellara... yo sólo quería averiguar qué ocurría, conseguir comida —titubeó el investigador. Cuando consiguió enfocar la vista al frente, se dio cuenta de que estaba sentado en el suelo, y de cuclillas frente a él estaba el señor Lanford, vestido de traje, como siempre. Estaba en un despacho clásico, pero sin luz exterior. De repente, en su cabeza algo no cobraba sentido—. Usted, ¿qué hace aquí?
El jefe estaba claramente furioso. Carraspeó y tomó aire, para después preguntar con voz peligrosa:
—¿Qué demonios hacía usted, señor Grant, en el vuelo a Tokio? ¡¿No había acaso yo asignado al director del departamento de comercio a que asistiera?! Si hubiera muerto usted todo se hubiera ido por la borda, le necesito en Seattle trabajando.
—El director de comercio dijo que se encontraba indispuesto para realizar el viaje, y dado que usted no estaba, la junta decidió que el más indicado para venir era yo... —respondió Jack, con el corazón en un puño—. ¿Ha sido usted, señor, el causante de todo esto?
—Digamos esto de forma clara, señor Grant —replicó el señor Lanford en tono tranquilizador—. Le necesito para llevar a cabo mi proyecto. Usted es uno de los mejores investigadores en alimentos transgénicos. Es parte importante del capital de mi empresa, si le pudiera valorar económicamente. Le explicaré lo que ocurre, pero insisto, necesito que colabore conmigo. Tendrá un salario más que compensatorio, mantendrá su trabajo y... —hizo una pausa, deslizando un dedo por su escritorio de madera pulida— su familia estará a salvo. Sólo le pido que comprenda que lo que estamos haciendo aquí es por el bien de la humanidad en sí, no del ser humano. Por supuesto, admito que es un buen incentivo el dinero que ganaremos, aunque no lo es todo.
Jack tragó saliva, sin saber si realmente quería escuchar la propuesta. El director de su empresa le había amenazado claramente. Era más que obvio que no tenía opciones, pero sabía que no le iba a gustar lo que estaba apunto de escuchar.
—Señor Grant... Tiene usted que ocuparse y dirigir al personal que yo le proporcione para la investigación en dos ramas: una de ellas consiste en mejorar los alimentos transgénicos actuales... Han de ocupar menos espacio de terreno cultivable, adaptarse al terreno, alimentar más, contener más energía. Nos enfrentamos a una sobrepoblación, ya hay países en los que la gente se mata por obtener alimento, como bien sabe usted. Sólo necesito que haga el maíz, el trigo, lo que usted quiera, perfecto. Un alimento cultivable perfecto. ¿Hasta ahí de acuerdo?
El joven asintió. Eso era, principalmente en lo que habían estado investigando siempre. Ya habían conseguido muy buenos cultivos, con los que estaban ganando mucho dinero. Siguió mirando expectante al señor Lanford. En algún momento tenía que venir la parte mala.
—Bien, no me mire con esa cara, señor Grant. Esa parte de la investigación se llevará a cabo en Seattle, como se ha estado haciendo. Aquí, en estas instalaciones, se realizará la segunda investigación. Quiero que haga lo mismo que le he dicho antes. Exactamente el mismo producto. No me mire con esa cara, no he terminado —dijo riendo el director, ante la expresión de sorpresa de Jack—. Ya publicó usted un artículo en una de esas famosas revistas de ciencia que había descubierto, durante su doctorado, una proteína producida por plantas que detenía el crecimiento celular. Fue muy bonito y emotivo el enfoque que le dio... Detener el cáncer, impedir que ese malvado cáncer creciera más, para luego eliminarlo por otros medios. Aplausos le doy, casi lloré. No soy tan idealista como usted, señor Grant. Todas las naciones del mundo están de acuerdo en que hay demasiada gente en el planeta. Se nos acaban las garantías de vivir a este ritmo. Necesitamos deshacernos de lo que sobra.
Jack abrió los ojos de par en par ante el desprecio que el señor Lanford imprimió en cada palabra de la última frase.
—¿Qué está sugiriendo, señor? Nadie sobra.
—No se haga el tonto, por favor. Sabe usted como científico que la presión evolutiva no está actuando. Demasiados ancianos que tenían que haberse muerto ya, demasiados jóvenes que no quieren tener críos, y los que tienen críos se mueren de hambre en África. Quiero, señor Grant, que dé de comer a los que se mueren de hambre y que mate a los que deberían morir de tanto comer. Haga algo con su bonita proteína, controle las cantidades y las células a las que tiene que ir, detenga la regeneración celular en ancianos... y que vayan muriendo. Alguien tiene que encargarse de salvar la Tierra.
—¡¿Está usted loco!? —gritó Jack, con el rostro desfigurado por el horror—. No pienso participar en esto, no voy a crear nada que vaya a matar a la gente. ¿Qué pretende, que se lo ponga a las plantas?
—Sí, así es. Los cultivos destinados para países desarrollados contendrán la modificación genética para esa proteína tóxica que mate a los humanos. Los demás, serán cultivos perfectos para alimentar a la gente.
—No va a conseguir nada —desafió Jack—. Hay fuertes controles de calidad, nadie pasará por alto la toxicidad de esas plantas. No pienso participar.
El señor Lanford rió en voz alta.
—Pensé que no era tan corto de miras, Grant. ¿Para qué cree que he hecho estrellarse el avión con los directivos y presidentes que iban a hablar sobre seguridad alimentaria en Tokio? Además... le tengo dicho que las organizaciones mundiales, gubernamentales o no, están de acuerdo con este plan. Ha sido encargado a cuatro empresas, entre ellas, la nuestra. Si no lo hace usted alguien más lo hará, pero le sugiero amablemente que colabore. Por cierto, sepa usted que los mensajes que envió a su querida mujer no han llegado. Aquí se intercepta todo mensaje enviado —añadió Lanford enseñando su móvil a Jack—. Y bien, señor Grant, ¿acepta o no?
—No —respondió en tono firme el investigador—. Me voy de aquí. No pienso participar en esto.
Se dio la vuelta y abrió la puerta del despacho. Una mano le detuvo sujetándole por el hombro, y Jack temió que fueran a agredirle, pero el señor Lanford sólo dijo:
—Lo haremos igualmente, Jack. Está dentro del sistema o participando de él, pero nadie, nunca puede estar fuera del sistema. Así que no se lo cuente a nadie, ¿entendido? —dijo con suavidad Lanford.
Jack no respondió, si no que apartó con brusquedad la mano de su jefe y salió del despacho. Frente a él, estaba el mismo guardia enorme de antes, apuntando hacia su pecho. A Jack se le heló la sangre en las venas.
—Señor, ¿está dentro o fuera? —preguntó con una media sonrisa el guardia.
—Fuera del sistema —respondió Lanford, cerrando tras de sí la puerta del despacho.

Con un disparo, acabaron con el único testigo que había, por momentos, de la fatalidad a la que se iba a someter la humanidad por capricho de personas que jugaban a dioses.