1 de diciembre de 2013

Fanfic Shingeki no Kyojin: la caída de Shiganshina

Leyla volvía alegre de la panadería. Era un día soleado, agradable, ligeramente cálido. No había casi nadie en la calle, ya que la temperatura dentro de las casas de madera y piedra era muy agradable. La joven caminaba por el borde de la sombra que proyectaba la gigantesca muralla María, aquella que los mantenía a salvo de los titanes que había en el exterior.
Pasó intencionadamente junto a la puerta de la muralla, donde estaban los apuestos miembros de las Tropas Estacionarias. Dedicó una breve sonrisa a Jacques, el más joven de todos. Se había unido a la guardia de Shiganshina  (un distrito anexo al muro Maria) hacía tan solo un año. Era de su edad, apenas 17 años y muy guapo. Jacques no era ajeno a los atisbos y paseos de Leyla cada mañana a las 8. Durante ese año, habían intercambiado desde rápidas hasta intensas miradas. La muchacha estaba decidida a que ese día, por la tarde, volvería allí y hablaría con él.

Al llegar a casa ayudó a su madre con las labores del hogar. Su padre ya había salido a trabajar. Pasó el día nerviosa por su decisión de finalmente hablar con ese joven soldado. 
Leyla, ¿vas a salir esta tarde? preguntó su madre, notando el nerviosismo de la chica. 
Sí, mamá asintió sonrojada. Sólo a dar un paseo.
Una sonrisa leve de su madre indicó a Leyla que ya sabía algo más.

A las 6 salió azorada de su casa y se dirigió con paso firme hacia la puerta de la muralla. Allí estaban, con su uniforme militar, el equipo de maniobras tridimensionales y el porte que distinguía a un soldado entrenado. Estaban tranquilos y distraídos. Las Tropas Estacionarias sabían con certeza que sólo debían estar por obligación; hacía cien años que no había ataques de titanes. Leyla ni siquiera sabía cómo era realmente un titán. Tampoco quería saberlo: las historias que se contaban habían infundido en ella un pánico irracional.

Cuando se acercó al puesto de guardia, los otros tres soldados rieron en voz alta, dirigiendo su mirada hacia ella y dando codazos poco sutiles a Jacques. Uno de los soldados de cabello rojizo, empujó al chico hacia adelante. Honrad, el más veterano, de 45 años, instó a los demás a alejarse un poco. 

En cuanto Leyla se encontró casi a solas frente a él, su determinación se hundió, y no pudo emitir más sonido que un patético balbuceo. Él sonrió y dijo:
Leyla, ¿verdad? Uno de mis compañeros de la guardia de noche te conoce.
S-sí, soy... Leyla asintió ella, aún nerviosa. ¿Jacques, eres?
Sí respondió, como suspirando. ¿Quieres dar un paseo conmigo cuando acabe mi turno? A las 7.
Ella abrió los ojos, muy sorprendida. Asintió, sin poder articular palabra aún. Jacques sonrió y volvió a su puesto, mientras los otros soldados bromeaban con él. 

Leyla decidió dar una vuelta para despejarse. Apenas dio dos pasos, cuando el cielo comenzó a nublarse, a tapar el cálido sol de atardecer. Se dio la vuelta para contemplar la nube repentina y quedó paralizada. Por encima de la muralla de 50 metros, sobresalía una cabeza sin piel, envuelta en tendones y músculos, con los dientes al descubierto en una sonrisa permanente que preveía desastre. Nunca había visto uno, pero Leyla sabía que era un titán. Pero los titanes no medían más que la muralla. La muralla se había hecho para que eso no pasara... ¿Qué significaba aquello? 
A medida que iba recobrando la noción de su cuerpo notó cómo el miedo recorría cada fibra de su ser y la impulsaba a correr y correr. Pero estaba paralizada. A su alrededor oyó sucesivos gritos a medida que la gente se daba cuenta de lo que ocurría. Todos corrían lo más lejos que podían de la puerta, de la muralla. Justo donde estaba su Jacques. 
En lugar de correr, Leyla se dirigió hacia allí. Sabía que los soldados estaban entrenados para matar titanes. Atacarían al gigante que asomaba por la muralla y todo quedaría en un susto. Alcanzó a Jacques, le tocó el hombro, esperando ver en su rostro la calma de siempre y la determinación que ella esperaba en un soldado. 
El joven dio la vuelta despacio... Sus rasgos atractivos estaban distorsionados por el pánico. Estaba blanco como la cal y temblaba. Miró a Leyla y dijo en voz baja y rota:
Leyla... corre... huye
La muchacha sintió como si se le viniera el mundo encima. 
¿Qué? Jacques, luchad contra el titán... romperá la muralla si no lo atacáis... fuera hay más titanes.
El muchacho no pudo responder. Fue Honrad el que dijo con voz temblorosa:
Niña, vete de aquí. No he luchado nunca contra un titán, ni siquiera de 3 metros. Busca a tu familia, avísales e id al muro Maria. Allí os ayudarán otros soldados...
Leyla negó con la cabeza, decepcionada y desolada. Preocupada.
No pasará nada, Jacques, ¡no va a romper la muralla, es muy sólida!
Maldición, Leyla, ¡vete! gritó Jacques, empujándola de su lado.

Aún sorprendida y alzando la vista hacia el titán colosal, Leyla decidió obedecer a su instinto y a los soldados y echar a correr con todas sus fuerzas. Sin embargo, segundos después, detrás de ella oyó un fuerte estruendo. Una lluvia de pequeñas piedras golpeó su cabeza y cuello. Se detuvo para comprobar que su pensamiento nefasto era cierto. El titán colosal había roto la puerta de la muralla. La joven gritó de terror, haciéndose eco del desastre que ese hecho suponía para la humanidad. No se detuvo más y siguió corriendo, corriendo, corriendo... Tropezó y dio de bruces contra el suelo. Una sombra se cernió sobre ella y sintió un dolor agudo en su brazo izquierdo. Un trozo de muralla había aplastado su extremidad. Forcejeó por su vida, estirando del brazo mientras chillaba de dolor y lágrimas de desesperación rodaban por sus mejillas. Comenzó a oír gritos más agudos a su alrededor y sintió el suelo vibrar.
¡Los titanes han entrado! gritó un hombre.
Entonces Leyla los vio. Lejos, pero demasiado cerca. Parecían humanos, algo deformes, con rostros tenebrosos y sonrisas macabras... La gente pasaba a su lado y nadie se detenía a ayudarla. Sentía fuertes punzadas en el hombro, porque ya no sentía la mano. Fue entonces cuando en esa misma calle apareció un titán. Y ella era la única humana cerca. Sabía que no iba a poder salir de allí, pero no se rindió. Siguió luchando en vano contra la roca que la inmovilizaba, pidiendo auxilio. El titán se acercaba a paso tranquilo a ella, como si supiera que ya era definitiva su caza. 
Entonces, Leyla vio pasar, fugaz como un rayo, un soldado volando por su lado, enganchándose a las paredes usando el equipo de maniobras. Las cuchillas destellaron cuando el soldado cortó en el cuello del titán, que se derrumbó estrepitosamente en el suelo. El soldado se acercó a Leyla y le preguntó con voz ahogada:
¿Estás bien? 
Los ojos de Leyla se llenaron de lágrimas. Era Jacques. Claramente, la joven no estaba bien, pero asintió con la cabeza para tranquilizar al joven, que estaba casi tan asustado como ella.
Gracias sollozó la joven. Sácame de aquí, quiero ponerme a salvo, buscar a mi madre...
Si tu madre vive cerca de la muralla, Leyla, no creo que haya sobrevivido. Debes ir ya hacia la muralla Maria. Esto te va a doler, pero no te muevas.
Leyla ya no concebía más dolor. Su madre... ¿muerta? No se dio cuenta de lo que hacía Jacques hasta que sintió el filo de la espada del chico hendir su carne en el brazo. Sintió que su grito de dolor había hecho eco en todo el distrito. Rápidamente, Jacques vendó como pudo el muñón de Leyla para evitar que se desangrara y la empujó para que corriera en dirección al muro Maria, donde volverían a estar a salvo. El resto de soldados habían hecho un buen trabajo evacuando a los pocos supervivientes. Leyla, en su desesperación, corrió a toda velocidad, adelantándose a Jacques. Cuando ya estaba casi en la puerta del muro Maria, la muchacha dio la vuelta para dedicar una sonrisa triunfante a Jacques.

Fue entonces cuando vio a ese chico de cabello castaño del que se había enamorado debatirse por huir de entre los dedos de un titán. Intentaba cortar con la espada, pero no alcanzaba, le faltaba el aire. Leyla gritó consternada el nombre del chico. Jacques miró hacia ella, intentando serenar su rostro. Pero ella vio en sus ojos el miedo y la certeza de que era el final. El titán de sonrisa endiablada abrió su boca deformada, alzó a Jacques en el aire y lo dejó caer en su boca.
¡Jaaaaaacques!chilló Leyla. No le importaba si la oía algún titán. Vio como por la garganta del titán descendía el cuerpo del joven soldado. 
Alguien la cogió del brazo y la instó a correr hacia la puerta. Otro soldado de las Tropas Estacionarias corrió con ella hasta el muro Maria. Leyla tenía el rostro envuelto en lágrimas y se encontraba en shock. Estaba furiosa, desolada. Apenas sentía su alrededor. Cuando se encontró a salvo detrás de la muralla, se zafó del soldado y corrió hacia los barcos que pondrían a salvo a la mayor cantidad de ciudadanos posibles. Se cruzó con un chico que vivía junto a su casa. Estaba herido, le faltaba una pierna y estaba cubierto de sangre. Parecía asustado e ido, pero Leyla se acercó a él y le preguntó por su madre. El chico pareció enfocar la mirada y le confirmó que estaba muerta. 

Leyla se derrumbó en el suelo del barco y sollozó. Su historia, como la de muchos habitantes de Shiganshina, muestra el terror por el que pasaron en al ataque de los titanes. Al vivir en un aparente tranquilo y seguro mundo, nadie, ni siquiera los soldados, estaban preparados para el desastre. Y nadie sabía que el destino de la humanidad ahora pendía de un hilo.

21 de noviembre de 2013

Keep moving forward // Sigue siempre adelante

En lugar de un relato, hoy habrá una pequeña reflexión. Walt Disney dijo una vez "aquí no nos detenemos a ver el pasado por mucho tiempo. SIGUE SIEMPRE ADELANTE, abriendo nuevas puertas y haciendo cosas nuevas. Sé curioso, porque la curiosidad nos hace seguir nuevos caminos".

Nuestra historia es triste, cierto. Pero si miras a tu alrededor, todas y cada una de las personas tendrán una tristeza, para ellos tan demoledora como para nosotros la nuestra. Todos tendemos a pensar que nos encontramos solos en el desasosiego. Pero... ¿tan mala es tu atribulada y deprimente vida?

La mujer sentada a tu lado en el metro tiene diabetes. El chico de enfrente no consigue aprobar en la universidad. El hombre de más allá va en silla de ruedas. Mucho más para todos. Un familiar ha muerto. Le han despedido. Su hijo no le habla. Tiene la gripe. No puede dormir desde hace semanas. Se le ha roto el móvil nuevo. Su novio no le responde por whatsapp. Les van a desahuciar. Le pegan en clase. Su padre le odia. Su mejor amiga no quiere quedar con ella. La chica que le gusta no se fija siquiera en él. Cada persona de nuestro alrededor tiene su desgraciada vida. Todos tenemos algo que odiamos del mundo, a la vez que hay algo que odiamos de nosotros mismos. Cómo somos, lo que hemos sido.

¿Qué sentido tiene, entonces, regodearse en la autocompasión y pensar lo desgraciados que somos?
Cada día, cada hora y minuto, algo puede cambiar. Algo puedes hacer para odiar menos tu alrededor. Debemos acabar con los obstáculos hacia la felicidad, hacia nuestras metas y deseos. Llorar por lo que nos hunda, pero seguidamente aprender que sólo es un corto hecho más de una muy larga vida.

¿Qué sería de nosotros, pobres desgraciados, sin "seguir siempre adelante"?


30 de agosto de 2013

Secuestro

Una policía de cabello castaño claro, piel morena y ojos grandes y atentos estaba sentada frente a su ordenador, leyendo datos sobre el caso de desaparición, probable secuestro, de una chica de 17 años, Alice.
—Vete a casa ya, Jane —dijo Marcus, el compañero de la policía—. Ya seguirás por la tarde, has estado aquí toda la mañana.
Jane asintió distraídamente mientras apagaba el ordenador. Eran los últimos en salir de la comisaría. Jane y Marcus siguieron juntos por la calle, hasta que cada uno tomó una dirección distinta.

Alice estaba atada de manos y pies a una silla de madera. No veía nada a su alrededor, pero llevaba allí tantos días que tenía grabado en sus retinas cada objeto del oscuro sótano. El dolor palpitante de la cabeza, de las numerosas heridas que cubrían su cuerpo y de los huesos rotos, le impedían pensar con claridad. Dada su situación, ella pensaba que eso era lo mejor.
Se encogió instintivamente cuando oyó la puerta del sótano abrirse. Casi pudo distinguir la silueta de su secuestrador mientras bajaba las escaleras.
—Por favor… por favor… —suplicó Alice, en un renovado intento de conmover a su raptor. Éste rió, se acercó a la chica y para sorpresa de ella, la desató. Al verse en libertad, Alice se precipitó hacia las escaleras, impulsada por la adrenalina. El raptor le dio unos segundos, tras los cuales la cogió por la cintura para atraparla de nuevo. Alice se revolvió, pateó, arañó e hizo lo posible por soltarse. Sin embargo, el secuestrador la tiró contra la silla y la volvió a atar.
—Bien, Alice, bien —dijo sonriendo—. Eres más divertida que el chico de la última vez. Ese ni siquiera se defendía. Incluso me has hecho daño —añadió, limpiándose la sangre de un arañazo en la cara.
La joven emitió un último gemido y gritó pidiendo auxilio. Una vez más, el psicópata rió, indicándole que nadie podía oírla.
—Bueno, jovencita. Creo que ya me he aburrido de ti. Gritas mucho para lo que no es. Necesito a otro, tú ya no respondes como antes.
Cogió un cuchillo de la mesa. Alice abrió los ojos con miedo, y volvió a intentar soltarse. Gritó con todas sus fuerzas, pero tenía la desoladora sensación de que nadie la oía.
—Sabes que odio que grites. Y ya me he cansado.
Alice apenas vio el cuchillo y sólo sintió un breve dolor punzante cuando el arma cortó su cuello.
El asesino tiró el cuchillo al suelo y puso la silla con la chica muerta en el centro de la habitación. Salió del sótano, cerrando la puerta.

Jane se miró al espejo tras lavarse la cara. Esperaba que, por algún milagro, las ojeras desaparecieran con el agua, y así su marido no se preocupara tanto por ella. Pero era imposible. Se miró unos arañazos que tenía en la cara y los brazos, seguramente provocados en las detenciones. Con ese aspecto su marido sí se iba a preocupar.
—¿Cariño? —preguntó su marido, Mike, desde el otro lado de la puerta—. ¿Estás ahí? No te he oído llegar.
—Sí, acabo de subir. Quizá estabas en la habitación cuando he llegado —respondió Jane.
—Es que a veces llega alguien y pienso que es tu hermano… ¿Por qué tiene la llave? —preguntó con disgusto Mike.
—Ya lo sabes, a veces necesita coger algo cuando viene a la ciudad.
Mike se encogió de hombros. Riñó a Jane, diciéndole que ella no tenía por qué estar en las detenciones, ya que podía hacerse daño, e hizo un interrogatorio en toda regla a su mujer sobre el nuevo caso en el que estaba trabajando, sólo por saber si debía preocuparse o no.
—Pobre Alice —suspiró Mike, tras el relato, refiriéndose a la desaparecida—. Espero que no le estén haciendo daño.
—No esperes demasiado —replicó Jane— porque… —se interrumpió tras oír el tono de su móvil. Vio que era su compañero y cogió el teléfono—. ¿Qué pasa, Marcus?
—Tenemos huellas del caso de Alice —respondió Marcus desde el otro lado de la línea.
—Voy corriendo —respondió Jane mientras colgaba.
—¿Ni siquiera vas a comer? —preguntó el marido, algo molesto. Jane ni siquiera oyó la pregunta.

—Las encontramos en el coche de la secuestrada, hay huellas suyas y de otro chico —explicó Marcus—. También hay signos de que hubo relaciones sexuales, puede que violación incluso. Le hemos traído para que lo interrogues. La última vez que la vieron fue saliendo del aparcamiento de su casa, con el chico de las huellas, así que iba en el coche con ella.
Jane frunció el ceño. Probablemente el chaval sólo fuera el novio de Alice. Entró en la sala de interrogatorios, donde había un chico de unos veinte años, muy atractivo, aunque en ese momento tenía una expresión de confusión y miedo que le desfiguraban el rostro.
—De verdad, no sé qué hago aquí —saltó el joven, nada más entrar Jane—. Yo sólo soy el novio de Alice, quiero recuperarla —lloró el chico—. ¿Está bien? ¿La han encontrado?
—Hay huellas tuyas en su coche —dijo Jane, ignorando las preguntas. Aún no podía saber si el chico era o no culpable, y no podía aflojar.
—Claro que las hay, soy su novio desde hace tres años.
—¿Dónde estabas el momento en el que desapareció?
—Ella me llevó a casa, por la noche, y no la volví a ver. El día siguiente, sus padres me dijeron que no había vuelto a su casa, y luego encontraron el coche, y… ¡Por favor! Decidme que la habéis encontrado —gimió el joven.
—Marcus, creo que sólo es su novio —afirmó Jane en voz baja por un walkie—. Es normal que sus huellas estén en el coche.
—Está bien, lo dejaremos como sospechoso, pero no vamos a descartarlo —dijo Marcus.
—No, claro que no —respondió Jane—. Voy a probar otra vez, por si acaso.
Sacó una carpeta de archivos y la puso delante del chico.
—El hombre que secuestró a Alice —dijo Jane de manera vehemente, mirando al joven— es un psicópata, asesino en serie. Secuestra tanto a jóvenes como adultos, chicos o chicas. Sabemos que es el mismo porque siempre deja un mechón de pelo de la víctima y siempre las secuestra cuando van en coche, rompiendo el cristal trasero derecho. Es un neurótico, que siempre actúa de la misma manera y necesita dejar huella. ¿Te suenan de algo estas personas?
Jane abrió la carpeta del caso, y pasó las páginas. Las fotos de los cuerpos mutilados eran morbosas y desagradables. El novio de la chica las miraba con repulsión, hasta que llegaron a la imagen de una joven adolescente de cabello rubio. El chico desvió la mirada con un gesto de dolor.
—¿Esto le va a pasar a Alice? —preguntó con un hilo de voz—. Encontradla, por favor.
Jane le apoyó la mano en el hombro y le dijo un par de palabras tranquilizadoras, que poco ayudaban. Le dijo que ya podía irse y ella también volvió a casa, ya que no habían conseguido nada y no podía hacer más.

Mike estaba preocupado. Jane llevaba dos horas fuera y  había dicho que volvería enseguida. Paseó por el pasillo una y otra vez, nervioso. En un momento, captó un olor extraño que venía del sótano. Nunca entraban en él, porque no había nada allí que necesitaran. Era una habitación que Jane usaba hacía unos años para practicar tiro, por lo que estaba insonorizada. El olor era desagradable, como de carne podrida.
Mike abrió la puerta y encendió la luz. Bajó las escaleras, y se detuvo en el descansillo, con el corazón paralizado, al ver el cuerpo de una chica rubia atado a una silla, con el cuello degollado y heridas por todas partes.
—Dios mío, ¿qué es esto? —susurró, llevándose las manos a la cabeza. Bajó los escalones restantes. No fue capaz de acercarse a la joven. No supo cuánto tiempo estuvo allí de pie, pero de pronto oyó la voz de su mujer.
—Mike, cariño, ¿dónde estás?
—Jane, en el sótano —respondió con voz entrecortada.
—¿Qué haces ahí?
Oyó las pisadas de los zapatos de tacón de su mujer dirigirse al sótano y bajar algunos escalones, hasta que de pronto se detuvieron.
—¿Qué…? Pero… Mike, ¿qué ha pasado? ¿Qué has hecho?
—¡Jane! No, yo no he hecho nada, te lo juro, bajé al sótano porque olí algo extraño… Y la encontré ahí.
Jane tenía los ojos anegados en lágrimas, y respiraba entrecortadamente mientras bajaba los escalones.
—Esa es Alice, Mike. ¿Cómo has podido? ¿Por qué haces esto? ¿Acaso eres tú ese psicópata que anda suelto? —gritó Jane.
—No, por Dios. Jane, yo no… Es que no entiendo cómo puedes pensar —Mike suspiró exasperado y se llevó las manos a la cabeza. Miró a su mujer, y ella le devolvió una mirada dolida y a la vez suspicaz.
—No te muevas, Mike. Voy a ver si has sido tú, no llamaré a la policía. Nadie más puede haber entrado en esta casa.
—Tu hermano, Jane. Él tiene la llave —saltó el marido, dándose cuenta de repente.
—Por favor —pidió Jane, con un gesto de dolor—. Deja de decir esas cosas. No puedo creerlo —murmuró para sí.
—Jane… —suplicó Mike—. Yo no le he puesto la mano encima a esa chica.
Ella le ignoró y le dejó en el sótano mientras subía a buscar el material para recoger huellas. Cuando volvió, Mike seguía mirando estupefacto el cadáver. Jane pasó junto a él sin mirarle, y sacó las herramientas. Se puso los guantes para no contaminar el cuerpo, y recogió las huellas, mirando con horror las mutilaciones que había sufrido Alice.
—Voy al laboratorio. No te muevas, sabré encontrarte —amenazó la policía a su marido. Mike se quedó anonadado mientras veía a Jane marcharse.
Había sólo un policía en recepción, pero no había nadie en la oficina. Jane introdujo las huellas en el sistema de identificación y esperó a que hubiera una coincidencia. La base de datos era enorme, pasaban los minutos y Jane cayó dormida.

“¿Qué es esto? ¿Quién puede haber sido?”, pensó Mike. Se sobresaltó al oír que se abría la puerta del sótano. La luz se apagó, y Mike sólo pudo ver una silueta oscura.
—¿Jane? ¿John?
—Ay, Mike… Me temo que voy a tener que librarme de ti. Nadie tiene que ver a mis víctimas después de secuestradas excepto la policía, y no pueden verlas aquí.
La luz se encendió y Mike se encontró con un cuchillo apuntándole al pecho. Sólo tuvo tiempo de echar un vistazo a la cara del atacante antes de empezar a forcejear. Apartó el cuchillo y ambos pelearon por él. Mike consiguió arrebatárselo al atacante, lo blandió e hizo un corte en su brazo. El asesino se abalanzó por sorpresa sobre Mike, le retorció la mano, le quitó el cuchillo y se lo clavó con todas sus fuerzas en el pecho. Mike a penas tuvo tiempo de decir:
—Tú… Es imposible que seas tú.
El psicópata tiró el cuchillo al suelo y salió del sótano, acompañado por el ruido tintineante del metal de la hoja en el suelo de cemento.

En la comisaría, Jane despertó sobresaltada al oír el pitido del sistema de identificación. Había un resultado positivo. Rezó porque no fuera su marido, pero lo que encontró en la pantalla la cogió por sorpresa.
—Yo llevaba guantes cuando tomé las huellas —susurró.
En la pantalla aparecía su foto, junto con el nombre: “Jane Carmichael”.
—¿Cómo pueden estar mis huellas en el cadáver? —se preguntó, desconcertada. Levantó la mano para mover el ratón y sintió un dolor intenso, y el calor de la sangre corriendo por el brazo. Se miró y vio que tenía en profundo corte en el antebrazo—. ¿Cuándo…?
Jane no recordaba ese corte. Con una corazonada, cogió la carpeta del caso del psicópata y vio las fotos. Conocía a todas las víctimas. Por supuesto, había llevado el caso. Pero… ahora veía los cuerpos y sabía cómo se habían hecho todas y cada una de las heridas. De pronto, algo pasó en su cabeza: se dio cuenta y tuvo la absoluta certeza.
—Yo soy la psicópata —murmuró.
No se había dado cuenta ella misma. Usaba el sótano de su casa para mutilar a las víctimas. Las heridas que aparecían sin que ella supiera cómo, eran las que le hacían las víctimas. Sus víctimas. Mike no lo sabía, ni siquiera ella lo sabía.
—¿Quién soy en realidad?
Se apoderó de Jane una sensación de culpabilidad, pero a la vez de satisfacción tan grande, que no sabía cómo sentirse. Recordó que había matado a Mike, y no sintió remordimiento alguno. Supo en ese momento quién era realmente. Canceló con un simple clic del ratón la búsqueda de las huellas, las sacó del escáner y las eliminó.
No cabía en sí de gozo al asimilar plenamente todos sus asesinatos. Seguía manteniendo, sin embargo, una pequeña parte racional, que suspiraba:
—Ahora entiendo a los psicópatas. Están locos de verdad, todos quieren ser un Jack el destripador moderno.

Jane rió con el chiste de su propio subconsciente, mientras iba a casa con toda calma para borrar las huellas de este crimen, que probablemente no sería el último.


29 de junio de 2013

Ironía fatídica

Salieron de la cafetería. Las dos alzaron la vista a la vez hacia el cielo oscurecido y se encontraron con gotas de agua cayendo en sus ojos.

Pf, llueve.
Gracias por la información, Laura rió una.
¿Volvemos a entrar, corremos, caminamos o qué?
Corramos, de aquí al cine no queda mucho.

Comenzaron a correr por las oscuras callejuelas, procurando igualmente pasar por avenidas más iluminadas. Corrían suavamente, tapándose la cabeza con los bolsos e intentando no pisar charcos, pero la lluvia empezó a arreciar y las jóvenes aceleraron su marcha.

Laura empezó a sentir una angustia interna que poco tenía que ver con el cansancio. Notaba una presencia detrás, pero no era la de su amiga Alicia. Sentía una sombra acechando. Preveía algo malo. El cine estaba tan solo a 5 minutos más, pero de repente se le antojó encontrar un refugio, y no precisamente de la lluvia.

De pronto, la sombra se hizo patente junto a ella. Una sombra de una silueta oscura y ajada. Intentó alertar a Alicia, pero ningún sonido pudo salir de su boca y su amiga no parecía haberse percatado de la presencia del extraño ser junto a Laura. Aceleró la marcha dando tumbos cada poco, mirando hacia su derecha, donde la sombra seguía junto a ella, unida por un lazo irrompible.

Eh, ¡no corras tan rápido! gritó su amiga.

Laura, sin embargo, se quedó contemplando la figura fijamente, embelesada y atraída por los movimientos ondeantes de la silueta. La joven volvió la vista al camino, justo para darse cuenta de que su pie había tropezado con una baldosa ligeramente levantada en la acera. Y frente a ella, donde su cabeza caería, había un poste bajo, con su redonda bola metálica en la parte superior.

El suelo resbaladizo no ayudó a sus pies a frenar la caída. Entonces, cuando estaba apunto de golpearse, la sombra alargó el brazo hacia ella y le tendió su mano. La joven la aceptó, y sintió un tacto sólido pero helado, a la vez que distante, como si fuera a desvanecerse ese soporte en cualquier momento. Creyó haberse salvado de morir. Pero cuando miró hacia delante, vio su propio cuerpo caer, mientras ella se sentía separada de él.

Le había dado la mano a la propia Muerte sólo para salvarse.


2 de mayo de 2013

Encerrarte es un error

Se asomó desde el balcón en lo alto de la torre. Le hubiera gustado poder saltar y volar, volar, hasta lo más alto del cielo. Escapar.

Aquella torre la mantenía encerrada en sí misma. No podía salir de sus pensamientos. No importaba cuántas veces cuántas puertas buscara. Cada pared, cada rincón, cada mirada hacia el lugar, la transportaba a la desesperación y al desasosiego. Lo que ella misma era y hacía, y todo lo que la rodeaba la conducía al horror.

Intentaba siempre que podía mirar hacia la ventana, el cielo azul celeste. Soñar y pensar que en algún momento saldría de allí y todo lo bello sería suyo. En esos momentos, sentía que el lugar que la encerraba ni tan siquiera existía. Sin embargo, a veces estaba nublado y ni siquiera podía contemplar por un instante a través de la ventana las bondades de la vida.

Cuando perdía fuerzas para imaginar que sus pensamientos eran felices, se alejaba de la ventana y se escondía en el más oscuro rincón de la torre. Lloraba y lloraba hasta caer exhausta, porque dormida no podía sentir. Las lágrimas purificaban por un tiempo su atormentada alma. Pero cuando no albergaba más que rabia y dolor en el cuerpo, cuando las lágrimas se agotaban y los ojos ardían, no encontraba ninguna forma de escapar de todo.

Entonces, deseaba saltar por la ventana y volar. Daba vueltas y más vueltas, caminando o corriendo, mientras la torre se hacía más grande y a la vez más pequeña. Sus problemas y pensamientos tristes crecían y ella se sentía más encerrada cada vez.

De vez en cuando, aparecía una puerta en las grises paredes empedradas. Alguien le había abierto la puerta. Una puerta abierta que conducía al exterior. Ella sonreía con alegría, la recorría ilusión y felicidad instantánea. Podía escapar. Salía por la puerta y recorría un pasillo de amplias y luminosas ventanas. Veía luz al final. Saldría. El camino era un camino perfecto de rosas. Y cuando ya estaba llegando, algo se sacudía dentro de ella. Al cruzar el alféizar de una nueva puerta, volvía a encontrarse en otra torre. Ya conocida o nueva. Daba la vuelta angustiada para volver al hermoso pasillo, pero sólo volvía a haber lisa, negra, fría y triste roca. Entonces golpeaba la pared hasta que le sangraban los nudillos y volvía a caer al suelo y llorar.

A veces el pasillo era muy largo. Pasaba mucho tiempo fuera de la torre. O quizá era al revés. Quizá el tiempo dentro de la torre fuera el tiempo extraño y el corto. Quizá, lo habitual era estar en aquel libre pasillo de felicidad, que si sabía recorrer, la conduciría hasta afuera. Hacia el bonito prado de cielo azul que podía contemplar desde cada una de las ventanas que estaban abiertas. Era posible que ella misma se estuviera encerrando en esa torre e hiciera que el tiempo se detuviera para poder ahogarse en un dolor que no existía, en pensamientos falsos y vanos y en tristezas inútiles.

Se estaba equivocando en la forma de llevar su mente. Tenía que aprender a dejar de mirar por la ventana y soñar con que saldría. Tenía que recordar y aprender cómo se abrían las puertas. Debía pensar y hacer las cosas que la hacían huir y no caer en ese reducido y frío espacio. Tenía que recorrer el precioso pasillo de la mano de aquél ser que le abría las puertas. Tenía que olvidar la oscura y triste torre, contemplar el final luminoso y bello, y escapar del encierro en forma de torre que le provocaba su mente. Para, por fin, ser feliz sin dudar.




26 de febrero de 2013

Lo que es morir


Morir no sólo significa que nuestro corazón se pare, o que nuestro cerebro deje de funcionar. No. Morir es más.

Porque yo muero cuando veo la noche caer.
Muero si veo dolor.
Muero al ver a alguien sufrir.
Muero cuando hago sufrir alguien.
Muero si hiero, si daño, cuando ataco, cuando genero odio.
Muero al sentirme culpable de desgracia ajena.
Muero cuando una persona hace daño a otra.
Muero si me siento inútil para el mundo.
Muero al decepcionar.
Muero cuando me decepciono.
Muero si alguien me odia.
Muero al sentir tristeza.
Muero cuando alguien que me quiere deja de hacerlo.
Muero si un amor muere.

Tras cada una de las situaciones que me hacen sentir esa noche caer, se velan los ojos, se oprime el corazón. Respirar duele porque no vale la pena, pierdes el sentido por lo que luchar. No hay meta, no hay fin. Traicionar, herir, que te hieran o que te traicionen. Producir o recibir dolor. Ver sufrir. Sufrir. No sientes que el fino hilo de la vida que te lleva a través de ella tire de ti y te haga seguir.
Las razones por las que vivo son mis sentimientos, los que mantienen en pie. La amistad, la confianza, el amor, la felicidad. Y juntos a ellos, las cosas y personas que los otorgan.

Morir es perder lo que para nosotros es vida.