Pasó intencionadamente junto a la puerta de la muralla, donde estaban los apuestos miembros de las Tropas Estacionarias. Dedicó una breve sonrisa a Jacques, el más joven de todos. Se había unido a la guardia de Shiganshina (un distrito anexo al muro Maria) hacía tan solo un año. Era de su edad, apenas 17 años y muy guapo. Jacques no era ajeno a los atisbos y paseos de Leyla cada mañana a las 8. Durante ese año, habían intercambiado desde rápidas hasta intensas miradas. La muchacha estaba decidida a que ese día, por la tarde, volvería allí y hablaría con él.
Al llegar a casa ayudó a su madre con las labores del hogar. Su padre ya había salido a trabajar. Pasó el día nerviosa por su decisión de finalmente hablar con ese joven soldado.
—Leyla, ¿vas a salir esta tarde? —preguntó su madre, notando el nerviosismo de la chica.
—Sí, mamá —asintió sonrojada—. Sólo a dar un paseo.
Una sonrisa leve de su madre indicó a Leyla que ya sabía algo más.
A las 6 salió azorada de su casa y se dirigió con paso firme hacia la puerta de la muralla. Allí estaban, con su uniforme militar, el equipo de maniobras tridimensionales y el porte que distinguía a un soldado entrenado. Estaban tranquilos y distraídos. Las Tropas Estacionarias sabían con certeza que sólo debían estar por obligación; hacía cien años que no había ataques de titanes. Leyla ni siquiera sabía cómo era realmente un titán. Tampoco quería saberlo: las historias que se contaban habían infundido en ella un pánico irracional.
Cuando se acercó al puesto de guardia, los otros tres soldados rieron en voz alta, dirigiendo su mirada hacia ella y dando codazos poco sutiles a Jacques. Uno de los soldados de cabello rojizo, empujó al chico hacia adelante. Honrad, el más veterano, de 45 años, instó a los demás a alejarse un poco.
En cuanto Leyla se encontró casi a solas frente a él, su determinación se hundió, y no pudo emitir más sonido que un patético balbuceo. Él sonrió y dijo:
—Leyla, ¿verdad? Uno de mis compañeros de la guardia de noche te conoce.
—S-sí, soy... Leyla —asintió ella, aún nerviosa—. ¿Jacques, eres?
—Sí —respondió, como suspirando—. ¿Quieres dar un paseo conmigo cuando acabe mi turno? A las 7.
Ella abrió los ojos, muy sorprendida. Asintió, sin poder articular palabra aún. Jacques sonrió y volvió a su puesto, mientras los otros soldados bromeaban con él.
Leyla decidió dar una vuelta para despejarse. Apenas dio dos pasos, cuando el cielo comenzó a nublarse, a tapar el cálido sol de atardecer. Se dio la vuelta para contemplar la nube repentina y quedó paralizada. Por encima de la muralla de 50 metros, sobresalía una cabeza sin piel, envuelta en tendones y músculos, con los dientes al descubierto en una sonrisa permanente que preveía desastre. Nunca había visto uno, pero Leyla sabía que era un titán. Pero los titanes no medían más que la muralla. La muralla se había hecho para que eso no pasara... ¿Qué significaba aquello?
A medida que iba recobrando la noción de su cuerpo notó cómo el miedo recorría cada fibra de su ser y la impulsaba a correr y correr. Pero estaba paralizada. A su alrededor oyó sucesivos gritos a medida que la gente se daba cuenta de lo que ocurría. Todos corrían lo más lejos que podían de la puerta, de la muralla. Justo donde estaba su Jacques.
En lugar de correr, Leyla se dirigió hacia allí. Sabía que los soldados estaban entrenados para matar titanes. Atacarían al gigante que asomaba por la muralla y todo quedaría en un susto. Alcanzó a Jacques, le tocó el hombro, esperando ver en su rostro la calma de siempre y la determinación que ella esperaba en un soldado.
El joven dio la vuelta despacio... Sus rasgos atractivos estaban distorsionados por el pánico. Estaba blanco como la cal y temblaba. Miró a Leyla y dijo en voz baja y rota:
—Leyla... corre... huye
La muchacha sintió como si se le viniera el mundo encima.
—¿Qué? Jacques, luchad contra el titán... romperá la muralla si no lo atacáis... fuera hay más titanes.
El muchacho no pudo responder. Fue Honrad el que dijo con voz temblorosa:
—Niña, vete de aquí. No he luchado nunca contra un titán, ni siquiera de 3 metros. Busca a tu familia, avísales e id al muro Maria. Allí os ayudarán otros soldados...
Leyla negó con la cabeza, decepcionada y desolada. Preocupada.
—No pasará nada, Jacques, ¡no va a romper la muralla, es muy sólida!
—Maldición, Leyla, ¡vete! —gritó Jacques, empujándola de su lado.
Aún sorprendida y alzando la vista hacia el titán colosal, Leyla decidió obedecer a su instinto y a los soldados y echar a correr con todas sus fuerzas. Sin embargo, segundos después, detrás de ella oyó un fuerte estruendo. Una lluvia de pequeñas piedras golpeó su cabeza y cuello. Se detuvo para comprobar que su pensamiento nefasto era cierto. El titán colosal había roto la puerta de la muralla. La joven gritó de terror, haciéndose eco del desastre que ese hecho suponía para la humanidad. No se detuvo más y siguió corriendo, corriendo, corriendo... Tropezó y dio de bruces contra el suelo. Una sombra se cernió sobre ella y sintió un dolor agudo en su brazo izquierdo. Un trozo de muralla había aplastado su extremidad. Forcejeó por su vida, estirando del brazo mientras chillaba de dolor y lágrimas de desesperación rodaban por sus mejillas. Comenzó a oír gritos más agudos a su alrededor y sintió el suelo vibrar.
—¡Los titanes han entrado! —gritó un hombre.
Entonces Leyla los vio. Lejos, pero demasiado cerca. Parecían humanos, algo deformes, con rostros tenebrosos y sonrisas macabras... La gente pasaba a su lado y nadie se detenía a ayudarla. Sentía fuertes punzadas en el hombro, porque ya no sentía la mano. Fue entonces cuando en esa misma calle apareció un titán. Y ella era la única humana cerca. Sabía que no iba a poder salir de allí, pero no se rindió. Siguió luchando en vano contra la roca que la inmovilizaba, pidiendo auxilio. El titán se acercaba a paso tranquilo a ella, como si supiera que ya era definitiva su caza.
Entonces, Leyla vio pasar, fugaz como un rayo, un soldado volando por su lado, enganchándose a las paredes usando el equipo de maniobras. Las cuchillas destellaron cuando el soldado cortó en el cuello del titán, que se derrumbó estrepitosamente en el suelo. El soldado se acercó a Leyla y le preguntó con voz ahogada:
—¿Estás bien?
Los ojos de Leyla se llenaron de lágrimas. Era Jacques. Claramente, la joven no estaba bien, pero asintió con la cabeza para tranquilizar al joven, que estaba casi tan asustado como ella.
—Gracias —sollozó la joven—. Sácame de aquí, quiero ponerme a salvo, buscar a mi madre...
—Si tu madre vive cerca de la muralla, Leyla, no creo que haya sobrevivido. Debes ir ya hacia la muralla Maria. Esto te va a doler, pero no te muevas.
Leyla ya no concebía más dolor. Su madre... ¿muerta? No se dio cuenta de lo que hacía Jacques hasta que sintió el filo de la espada del chico hendir su carne en el brazo. Sintió que su grito de dolor había hecho eco en todo el distrito. Rápidamente, Jacques vendó como pudo el muñón de Leyla para evitar que se desangrara y la empujó para que corriera en dirección al muro Maria, donde volverían a estar a salvo. El resto de soldados habían hecho un buen trabajo evacuando a los pocos supervivientes. Leyla, en su desesperación, corrió a toda velocidad, adelantándose a Jacques. Cuando ya estaba casi en la puerta del muro Maria, la muchacha dio la vuelta para dedicar una sonrisa triunfante a Jacques.
Fue entonces cuando vio a ese chico de cabello castaño del que se había enamorado debatirse por huir de entre los dedos de un titán. Intentaba cortar con la espada, pero no alcanzaba, le faltaba el aire. Leyla gritó consternada el nombre del chico. Jacques miró hacia ella, intentando serenar su rostro. Pero ella vio en sus ojos el miedo y la certeza de que era el final. El titán de sonrisa endiablada abrió su boca deformada, alzó a Jacques en el aire y lo dejó caer en su boca.
—¡Jaaaaaacques!—chilló Leyla. No le importaba si la oía algún titán. Vio como por la garganta del titán descendía el cuerpo del joven soldado.
Alguien la cogió del brazo y la instó a correr hacia la puerta. Otro soldado de las Tropas Estacionarias corrió con ella hasta el muro Maria. Leyla tenía el rostro envuelto en lágrimas y se encontraba en shock. Estaba furiosa, desolada. Apenas sentía su alrededor. Cuando se encontró a salvo detrás de la muralla, se zafó del soldado y corrió hacia los barcos que pondrían a salvo a la mayor cantidad de ciudadanos posibles. Se cruzó con un chico que vivía junto a su casa. Estaba herido, le faltaba una pierna y estaba cubierto de sangre. Parecía asustado e ido, pero Leyla se acercó a él y le preguntó por su madre. El chico pareció enfocar la mirada y le confirmó que estaba muerta.
Leyla se derrumbó en el suelo del barco y sollozó. Su historia, como la de muchos habitantes de Shiganshina, muestra el terror por el que pasaron en al ataque de los titanes. Al vivir en un aparente tranquilo y seguro mundo, nadie, ni siquiera los soldados, estaban preparados para el desastre. Y nadie sabía que el destino de la humanidad ahora pendía de un hilo.
