-Tienes dos putos minutos para decirme dónde está - dijo con voz fría el hombre.
Empuñaba una pistola. El cañón apuntaba hacia su frente y ella podía ver sus ojos vacíos de compasión. La mujer no respondió.
-Que me lo digas - rugió el hombre.
Apoyó el cañón en la frente de la joven y quitó el seguro. Los ojos se le cerraron al oír el "click" y creyó que su corazón se paralizaba. Tragó saliva. Sin poder evitarlo, una sacudida recorrió su cuerpo y las lágrimas comenzaron a aflorar a sus ojos. Un sonido angustioso brotaba de su garganta.
-Un minuto. Ahora.
Volvió a cerrar los ojos.
-No, por favor, no. No sé dónde está. No lo sé, no lo sé, ¡se lo juro! -imploró ella.
El bufido del hombre le dejó claro que no le creía.
-Treinta segundos. Si no me lo dices tú, iré a por otro que lo sepa -hizo una pausa, como reflexionando-. Y tú ya sabes a quién me refiero.
-¡NO! -exclamó en un grito desgarrado-. Déjalo, él no lo sabe, por favor no le mates, no me mates, por favor, por favor... -gimió.
-Lo siento, nena. Se te acabó el tiempo -replicó el hombre con una sonrisa torva.
Su vida no pasó por delante de sus ojos. No pensó en nada más que en su marido, el frío del metal en la frente, y la negrura que veía del interior de sus párpados cerrados.
¡Pum! No sintió nada. Se sintió caer y se oyó golpear contra el suelo. Quería encogerse de dolor pero no podía moverse. Lo último que vio fue los pulcros zapatos de cuero de su verdugo. Lo último en lo que pensó fue que no tenía que haber cogido el teléfono aquel día, estando de picnic con su esposo. Todo habría sido diferente. Nada más... No volvió a sentir, ver, ni pensar nada.
Todo había comenzado cuando, aquella tarde acalorada y propia de somnolientos...