18 de junio de 2012

Filos y llamas de rabia


Oscuros y profundos valles de hiriente fuego y ardientes cuchillas, que se funden en la carne y el alma en forma de arrebatos de furia apasionada.
Hendidos en viejos recuerdos y nuevas heridas, abren el torrente de sangre fervorosa y agresiva, devuelven el odio encerrado antaño y arrancan tañidos rugientes a palabras y deseos crueles.Sentimientos y sensaciones vigorosas, potentes y poderosas, que vomitan al exterior lo más animal y primitivo del ser humano.Guarda tu rabia y encierra tu furia, pues sólo auguran mal al causante del agravio y a la persona ofendida.Es fuego y son cuchillas los enfados. No ataques a un semejante con dichas armas. Mantelas para cuando sea crucial: sólo así preservarán su potencia al no haber sido desgastadas en nimios asuntos.

Dos minutos


-Tienes dos putos minutos para decirme dónde está - dijo con voz fría el hombre.
Empuñaba una pistola. El cañón apuntaba hacia su frente y ella podía ver sus ojos vacíos de compasión. La mujer no respondió.
-Que me lo digas - rugió el hombre.
Apoyó el cañón en la frente de la joven y quitó el seguro. Los ojos se le cerraron al oír el "click" y creyó que su corazón se paralizaba. Tragó saliva. Sin poder evitarlo, una sacudida recorrió su cuerpo y las lágrimas comenzaron a aflorar a sus ojos. Un sonido angustioso brotaba de su garganta.
-Un minuto. Ahora.
Volvió a cerrar los ojos.
-No, por favor, no. No sé dónde está. No lo sé, no lo sé, ¡se lo juro! -imploró ella.
El bufido del hombre le dejó claro que no le creía.
-Treinta segundos. Si no me lo dices tú, iré a por otro que lo sepa -hizo una pausa, como reflexionando-. Y tú ya sabes a quién me refiero.
-¡NO! -exclamó en un grito desgarrado-. Déjalo, él no lo sabe, por favor no le mates, no me mates, por favor, por favor... -gimió.
-Lo siento, nena. Se te acabó el tiempo -replicó el hombre con una sonrisa torva.
Su vida no pasó por delante de sus ojos. No pensó en nada más que en su marido, el frío del metal en la frente, y la negrura que veía del interior de sus párpados cerrados.
¡Pum! No sintió nada. Se sintió caer y se oyó golpear contra el suelo. Quería encogerse de dolor pero no podía moverse. Lo último que vio fue los pulcros zapatos de cuero de su verdugo. Lo último en lo que pensó fue que no tenía que haber cogido el teléfono aquel día, estando de picnic con su esposo. Todo habría sido diferente. Nada más... No volvió a sentir, ver, ni pensar nada.

Todo había comenzado cuando, aquella tarde acalorada y propia de somnolientos...

Concierto de recuerdos


Se sentó en la silla, mientras aún flotaba en el aire el eco de los aplausos del público. Respiró hondo y posó sus largos dedos sobre las blancas teclas marfil del piano. Tras unos segundos de silencio absoluto, las notas comenzaron a vibrar en la sala de conciertos, notas lentas, suaves y armoniosas, una melodía pacífica y tranquila. Marta acariciaba las teclas del instrumento, mientras el sonido fluía de su cabeza al piano, plasmándose en una composición reflejo de sus pensamientos, de su vida...

La melodía había comenzado así porque, sentada en aquella sala, en su primer concierto en una sala europea, en Berlín, su sueño se había hecho por fin realidad. A pesar de todo el sufrimiento por el que había pasado, por todas las penas, la angustia y la desesperación, que la llevaban siempre a rendirse a cada instante. Pero allí, rodeada de un público selecto, cuya presencia ella sentía y cuya emoción notaba, estaba por fin feliz.