Se sentó en la silla, mientras aún flotaba en el aire el eco de los aplausos del público. Respiró hondo y posó sus largos dedos sobre las blancas teclas marfil del piano. Tras unos segundos de silencio absoluto, las notas comenzaron a vibrar en la sala de conciertos, notas lentas, suaves y armoniosas, una melodía pacífica y tranquila. Marta acariciaba las teclas del instrumento, mientras el sonido fluía de su cabeza al piano, plasmándose en una composición reflejo de sus pensamientos, de su vida...
La melodía había comenzado así porque, sentada en aquella sala, en su primer concierto en una sala europea, en Berlín, su sueño se había hecho por fin realidad. A pesar de todo el sufrimiento por el que había pasado, por todas las penas, la angustia y la desesperación, que la llevaban siempre a rendirse a cada instante. Pero allí, rodeada de un público selecto, cuya presencia ella sentía y cuya emoción notaba, estaba por fin feliz.
Hizo una pausa y cambió la música, para ser un sonido fresco e infantil. Marta revivió el momento en el que decidió dar su vida a ese instrumento. Recordaba a su madre deteniéndose a su pesar frente al escaparate de una tienda de música, donde, junto a una enorme batería y diversos instrumentos de viento, se encontraba un fabuloso piano de cola de color caoba. La joven miraba ilusionada el objeto desconocido, que sólo había visto en la televisión y los dibujos animados. Su madre, que adivinó la emoción de la niña, le ofreció inscribirla en clases de piano. Desde luego, Marta aceptó, y al día siguiente y durante dos meses acudió a las clases del conservatorio. Tras esos dos meses, fue expulsada por no disponer de un piano en su casa con el que practicar. La música en la sala de Berlín se volvió melancólica y lenta. Su padre le había dicho que no se dignaba a comprar un instrumento carísimo para alimentar un sueño voluble; Marta debía labrarse su futuro en el estudio, y no perder el tiempo en banalidades de artistas fracasados. Así, a los 8 años, su primer sueño, su primera meta, se desvaneció...
El sonido que reverberaba ahora en las butacas, las paredes y los oídos del público iba aumentando de velocidad, dando un tono más alegre a la pieza, aunque comedido y recatado. Se percibía inseguridad en el sentimiento que se transmitía, pero los dedos de la pianista eran precisos y raudos.
El destino quiso que la pequeña Marta tuviera su oportunidad, que no viera frustrado su intento de aprender por culpa de una mala percepción de su padre. Por haber sido una estudiante dedicada, apasionada y con ganas de aprender, que demostraba verdadera devoción al piano, tres de sus profesores del conservatorio le compraron un pequeño teclado eléctrico. Marta lo agradeció con todo su corazón y jamás olvidó aquel gesto. En esa sala de Berlín rememoró sus caras, sus nombres y dedicó su música a su bondad. En un principio, el pianito decepcionó a Marta, al no poder compararse con el sonido y la sensación de un piano de cuerda. Pero a ella le bastaba. Aprendió por su cuenta, algunos años tuvo clases particulares que impartían jóvenes estudiantes del conservatorio necesitados de dinero. La joven Marta, ya con 17 años, era un verdadero prodigio: tocaba con gran maestría, componía sus propias piezas y arrancaba sonidos del pianito eléctrico que eran impensables en tan profano instrumento. El pasaje de la pieza en Berlín era alegre. Muy alegre. Vivo, colorido y emotivo, los dedos de Marta volaban por el piano en las notas agudas y el público se regocijaba con ella. A pesar de que nadie sabía que la Marta de 17 años era una gran pianista, ella era feliz igualmente. En principio, ella sólo buscaba disfrutar de la sensación que daba producir sonido del piano.
Un día, pasando junto a la tienda de música, donde por primera vez vio un piano, se detuvo frente al escaparate y vio el precioso piano de cola de color caoba. No sabía si era el mismo que ella había visto hacía años, pero no le importó. Acercó su rostro al cristal como había hecho de pequeña, y de pronto una sensación de tristeza la invadió. Sus manos en el piano se detuvieron un instante y tocaron unas notas graves y lentas. Quería tocar un piano como aquel, no su pianito eléctrico. Quería que alguien supiera qué podía hacer con ese instrumento, deseaba compartir su música con el mundo y hacer que sintieran lo que ella sentía. Y sabía que eso no iba a ocurrir. Su mirada decaída se alzó y se topó con un cartel de color apagado en el escaparate de la tienda. No lo podía creer: audiciones, audiciones y becas para entrar en el conservatorio nacional. El conservatorio no estaba en su ciudad, pero valía la pena irse si le concedían la beca. Las pruebas eran esa misma tarde. No tenía tiempo ni pretendía consultar a su padre, sabía que se negaría. Así que tomó aire, miró la dirección y cogió el metro. Llegó al conservatorio decidida y se sentó a esperar su turno.
La melodía en la sala era expectante. A ritmo moderado, iba sonando una música simple. Viendo una partitura, debía pensarse que era ese el pasaje más aburrido y poco interesante. Pero en manos de Marta, conseguía crear una atmósfera de espera.
Cuando llegó su turno en el escenario del conservatorio, los jueces le pidieron que se presentara. Ella sólo dijo su nombre. Los jueces se miraron sonriendo y preguntaron sobre su formación, su vocación, la pieza que había preparado y unas pocas cosas más que la chica no entendió debido a sus nervios.
-Fui al conservatorio dos meses hace unos 8 años. Tengo un teclado en casa y he aprendido por mi misma. He visto el anuncio hace dos horas, no he preparado nada precisamente para esto.
Marta se limitó a responder las preguntas, sin intentar parecer desamparada ni inocente. Los jueces esbozaron una sonrisa torcida, un tanto sarcástica. Uno de ellos se inclinó hacia atrás en la silla, en señal de desdén hacia la chica. La música en el auditorio de Berlín se tornó desafiante, rápida, como un diálogo entre un lento tonto de notas graves y una feroz y ágil respuesta de notas agudas.
La chica ignoró esas miradas, se sentó ante el piano y sonrió al ver que era un auténtico piano de cuerda. No había tocado uno desde que fue el conservatorio. Acarició las teclas, antes de posar ambas manos para empezar a tocar una canción compuesta por ella. No sabía si era buena, pero ella lo sentía así. Era una melodía triste y compleja. Se extasiaba en su propia música y se abstrajo de su alrededor, disfrutando de la emoción de las notas. En un momento en el que algo la hizo volver a la realidad, miró de reojo a sus escépticos observadores. No pudo evitar sonreír al ver la boca abierta del que se había reclinado sobre la silla, y la mirada sorprendida de los otros. Terminó de tocar, se levantó del asiento e hizo una inclinación, aún con la sonrisa en los labios. Le dijeron que podía estar segura de que le concederían la beca. Tras mucho suplicar a sus padres, consideraron que a sus 18 años era lo bastante mayor para irse a vivir a otra ciudad a cuatro horas en tren. Seguían sin admitir que se dedicara exclusivamente al conservatorio, así que se inscribió en la universidad de la ciudad. Fue a las clases de piano y solfeo, aprendió mucho más y dejó sorprendidos a todos sus maestros con su habilidad para tocar y componer.
La música en Berlín era alegre. Pero el público notaba una cadencia extraña, como si no todo estuviera bien o como si se avecinara algo grave. Marta comenzaba a sentir la angustia que la invadió hacía un año cuando tuvo lugar el aciago accidente. Olvidó por completo a su público y se inclinó sobre el piano para desahogar sus pensamientos más profundos. Rememoraba en su pieza el día en el que iba a tocar por primera vez en público. Era una simple demostración en la graduación del conservatorio, pero iban a acudir los familiares de cientos de alumnos. Estaba emocionada. En Berlín, la música era rápida y de emoción contenida. De pronto, hubo un fuerte y potente acorde. Dejó caer las manos unos segundos sobre su regazo, rozando la tela de seda de su vestido rojo recién estrenado. A la pausa dramática siguió la música perfecta que adornaba el peor momento de su vida, el momento en el que creyó haberlo perdido todo.
Llegaba tarde al concierto en el conservatorio. Iba a un ritmo acelerado y repasando su compleja partitura. No lo vio. La música que la abstraía del mundo fue, por esa vez, algo que no debería absorberla. No lo vio, ni lo oyó. Y por eso no vio nada nunca más. El conductor del pequeño coche utilitario gris no esperaba a la joven de cabello rizado que miraba unas hojas, que apareció de detrás de un contenedor en un lugar por donde no debía cruzar. Frenó, pero no pudo evitar golpear a la chica. El golpe no fue fuerte, y aún así, las consecuencias fueron nefastas. Las partituras volaron por el aire, cientos de hojas de una composición elaborada. Al piano sonaba una melodía angustiada, rápida y lenta, que helaba el corazón y a la vez lo hacía acelerar de puro nerviosismo. La cabeza de Marta golpeó el borde de la acera. Despertó en el hospital, oyendo a su tutora del conservatorio. Lloraba. La joven abrió los ojos, pero no veía nada. Nada. Todo era oscuridad... Un momento de pánico invadió su corazón, igual que invadió los corazones del público en Berlín, cuando oyó a su tutora lamentarse.
-Iba a ser una gran artista... ¿Cómo va a componer, cómo va a leer partituras, cómo va a tocar? No puede. Un ciego no puede componer partituras.
Ciega. Estaba ciega. No veía nada. No veía luz, colores, ni tan siquiera sombras. Nada. Le dieron el alta, confirmando que estaba completamente ciega, para siempre. Tendría que ir con un bastón, un perro guía. Ni hablar de componer. Podía intentar tocar, sí. Pero Marta se encerró en sí misma con miedo a no poder tocar, y ninguna nota volvió a salir del piano en largos meses. En Berlín se palpaba la tensión. Una lágrima corría por la mejilla de la artista, mientras sonaba una melodía desoladora, melancólica y desgarradora. Pura desesperación. Muchos en el público dijeron no haber sentido nunca tanto dolor... Marta transmitía su vida y sus sentimientos con la hermosa música que provenía del simple mecanismo de una cuerda y un martillo.
¿Cómo había llegado hasta allí, hasta el auditorio de Berlín? Tenía que recordarlo, debía dedicarle en su pieza un pequeño trozo de esa esperanza, de esa superación, de eso que la hizo volver a posar sus dedos sobre las teclas.
La melodía dejaba de ser tan triste. Marta pasó, con su bastón en mano, junto a la tienda de música. Oyó una niña tirar de su madre hacia la tienda, y gritar con entusiasmo “¡mira qué piano más bonito!”. Marta, con sus 19 años, se detuvo de súbito, y decidió hacer algo que tenía que haber hecho hacía años. Entró a la tienda, llamó al dependiente y le suplicó, con todo su corazón, que le dejara tocar el piano de color caoba del escaparate. Ella no sabía de dónde había surgido el coraje de volver a tocar, pero no pensaba dejar pasar ese arrebato. El dueño de la tienda, con una sonrisa, condujo a la muchacha hasta el piano y pidió a la joven que le deleitara.
-¿No teme que no pueda tocar siendo ciega? -preguntó ella.
-Harás lo que te propongas. Puedes tocar, y puedes componer. El talento y tu trabajo se reflejan en tus dedos, si sabes tocar, no en tu vista para leer manchas negras en una hoja pautada.
En el escenario de Berlín, la música se suavizó y dio un color de esperanza. Tocó una canción como la que tocó en el piano de caoba. La primera vez que tocaba después del accidente. No veía las notas, pero ¿y qué? Sentía la música, la sentía con más intensidad que nunca. Sabía dónde estaban las teclas, no necesitaba ver, sólo sentir en todo su ser la música.
Volvió a tocar, volvió al conservatorio, y siguió el camino que la llevó hasta Berlín, como pianista de gran renombre aún antes de dar su primer gran concierto. No dijo en su obra cómo llegó hasta allí, esperando que cada uno imaginase y compusiese, poniendo música, su propio camino. La joven Marta no defraudó. Acabó la pieza en un tono de vida y de esperanza para todos. Cuando la última nota vibrante se extinguió en el aire, se alzó del banco, se giró hacia el público y dirigió sus ojos vidriosos hacia el frente, con una sonrisa que imitaba el sonido final de su obra. Los aplausos del público que sentía justo lo que ella había deseado compartir llenaron sus oídos y las vibraciones recorrieron su piel.
Había conseguido cumplir el sueño de la pequeña de 8 años que había visto el piano de color caoba, a pesar de haber perdido algo muy importante por el camino. No, no me refiero a la vista. Marta perdió la esperanza, la confianza y la ilusión, que nunca debió perder. Cuando volvieron a ella, terminó feliz y satisfecha consigo misma, disfrutando de su vida, de su música y del piano, su compañero para toda la vida.
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