Un alma se deslizó por el umbral de la puerta y corrió a la esquina opuesta de la habitación, cortando el rayo de sol que entraba por la ventana. Esperó a que su compañera hiciera lo mismo. Sabían que por allí tenían que estar su dueños, o al menos hasta allí conducían todas las pistas.
Dusa y Nafsi eran almas. No recordaban cuándo empezaron a existir, ni tan siquiera sabían cuánto tiempo llevaban existiendo. Ni cómo llegaron a encontrarse. Sólo conocían su objetivo: encontrar a sus dueños. Para poder estar completas, las almas debían encontrar al ser humano que las había perdido. No podrían sobrevivir sin su humano. Y su humano no podría sobrevivir sin ellas.
- ¿Crees que me aceptará? - preguntó Dusa.
Dusa acababa de empezar con su viaje. Su humano se le había perdido hacía poco. No sabía si había decidido deshacerse de ella o si la había perdido sin querer.
- Eres una buena alma. Estoy segura de que tu dueño está impaciente por tenerte - contestó Nafsi.
- Tú cada día estás más apagada...
Nafsi asintió con pena. Llevaba años buscando a su dueño. Ella sabía que su humano la perdió sin querer, pero nunca había sentido que la llamara de nuevo. El humano no había tenido el deseo de recuperar su alma, de modo que Nafsi se dedicó a buscarlo, vagando sin pistas ni guía. En el camino había visto a muchas almas triunfar, a otras fracasar, a otras fracasar por ni siquiera intentarlo... Igual que sus humanos. Dependía de ambas partes volver a encontrarse. Y si el humano rechazaba para siempre cualquier deseo de recuperar su alma, ella acabaría por desaparecer.
- No te preocupes -se limitó a responder Nafsi-. ¿Por dónde vamos?
Desde hacía unos días, Dusa estaba sintiendo la llamada de su humano, de modo que Nafsi decidió ayudarle a encontrarlo. Si ella no podía encontrar a su humano, al menos podía acompañar a otras almas hacia su final feliz.
Dusa señaló hacia delante. Había un humano pequeño varón, con unos 9 años, sentado en un sofá. Miraba al frente con los ojos vacíos, las piernas encogidas y sus pequeños brazos rodeándolas. Se quedaron observando y estuvo así durante dos horas. Parecía indefenso, triste... Sin alma.
- ¿Será él? - preguntó Nafsi -. Es un humano joven, acorde a un alma como tú.
- Eso creo, nunca le vi desde fuera... ¿Debería acercarme? Siento que me necesita.
- El humano está pidiendo a gritos silenciosos un alma, Dusa. Puedo verlo. Te aceptará - dijo cariñosamente a su compañera.
Dusa estaba emocionada, de modo que asintió. Antes de alejarse hacia el niño, miró con seriedad a Nafsi y dijo:
- Gracias por enseñarme el camino para encontrar a mi humano. Sé que algún día tendré ocasión de devolverte el favor, y eso haré.
- No digas tonterías, Dusa. Ya sabes que al fusionarnos con nuestro humano perdemos nuestra identidad. Ni siquiera te vas a acordar de mí. Pero acepto tus agradecimientos.
Dusa hizo una mueca burlona en respuesta y asintió después. Se acercó al joven humano y se puso frente a él, a la espera de recibir una señal de aceptación.
Nafsi sonrió y decidió mirar por el resto de la casa. No tardó demasiado en encontrar a otro humano, esta vez un varón adulto. Estaba sentado en una silla sencilla, sujetando en la mano una fotografía. Sus ojos carecían de brillo, sus labios no parecían haber esbozado una sonrisa en mucho tiempo y sus ojeras delataban la falta de sueño. Era, sin lugar a dudas, un humano sin alma. Nafsi se quedó observándolo un tiempo, pero el hombre apenas se movía. Solo observaba la fotografía. Pasado un rato, alzó la vista y, inesperadamente, clavó los ojos en Nafsi.
El alma se sobresaltó, porque ningún humano, nunca, la había mirado directamente. Sintió una suave conexión con el hombre, pero nada más... Los ojos del humano estaban tan vacíos que parecían pozos de melancolía, no transmitían nada. Nafsi sabía, de algún modo, que ese era su humano. Pero no la aceptaba. El humano no deseaba su alma de vuelta.
Se acercó al hombre, decidida a mirar la fotografía y saber qué ocurría. En la imagen se veía el hombre, el pequeño varón de Dusa y una mujer. Los tres parecían muy felices en esa fotografía. Nafsi sabía que tenía que convencer al hombre de que la aceptara de nuevo, aunque fuera imposible comunicarse con él.
Se sobresaltó al oír unos pasos de la habitación contigua. Era el niño del sofá, con un brillo diferente en los ojos. Al parecer, había aceptado a Dusa. Nafsi se alegró, porque ello significaba que el niño tenía la voluntad y el deseo de volver a ser feliz, fuera lo que fuera que le hizo perder su alma.
- Papá - dijo el niño con voz tenue. El hombre no reaccionó. El niño se puso junto a su padre y le quitó la fotografía de la mano, e insistió -. Papá.
El hombre intentó coger la fotografía, pero el niño la apartó un poco más.
- Necesito que me escuches. No puedes seguir así - dijo el niño.
El padre se pasó ambas manos por la cabeza con un suspiro de exasperación.
- Robert, devuélveme eso. No sé de qué me hablas, deberías ir a tu habitación y acabar tus deberes.
- Ya los he hecho. Ya los hago yo solo, todos los días. Igual que voy al colegio yo solo, me compro los libros yo solo, compro algunas comidas yo solo.
- Qué mosca te ha picado...
- No me ha picado ninguna mosca, papá -replicó Robert con tono brusco. El padre le miró sorprendido-. No fue culpa tuya que mamá muriera. No podías saber lo que iba a pasar y mucho menos ibas a poder ayudarla. Ya ha pasado mucho tiempo y no puedes estar siempre triste...
El hombre se levantó de la silla y empezó a caminar por la estancia, con el rostro contraído en un gesto de incertidumbre. Nafsi le seguía con la mirada, sin saber qué podría pasar.
- Mira, Robert. Apenas han pasado dos años, y sigo añorando mucho a tu madre. ¿No puedes solo dejarme tranquilo, que piense en ella, que la recuerde, que desee estar con ella, que...?
- ¡No! - le interrumpió el niño -. No, porque estar con ella significa que no estás conmigo. Te estás olvidando de mí y yo sigo aquí - las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas del niño-. Sé que estás triste y necesitabas tiempo, pero estoy aquí. También echo de menos a mamá, pero necesito a mi padre. Necesito que sonrías y vivas y seas como antes.
El pequeño miró hacia Nafsi, con una chispa en los ojos, y se echó a llorar. Nafsi vio en esos ojos un atisbo de Dusa... ¿Había sido capaz Dusa de mantener la promesa de ayudarle? ¿Estaba intentando ayudar a Nafsi a que recuperara a su humano?
- Robert, yo... - el padre se quedó unos segundos de pie, confuso. Miró la fotografía en la mano del niño, en la que estaban los tres sonriendo. Las lágrimas empezaron a aflorarle en los ojos, y en unos segundos, estaba de rodillas en el suelo abrazando a Robert. El pequeño le rodeó con los brazos y ambos lloraron juntos.
- No te he visto llorar desde que murió mamá - dijo el niño entre sollozos, a la vez que se limpiaba la nariz con la camiseta.
- Lo siento, Robert. No sabía que sentías eso. Lo siento tanto.
- Yo... estabas tan triste, tanto tiempo, te olvidaste de mí. Me puse muy triste, porque perdí a mamá y ahora te perdía a ti. Pero ahora me he dado cuenta de que no solo te necesito yo a ti, tú también me necesitas a mí.
De pronto, Nafsi sintió cómo el hombre la llamaba. Su humano. Se acercó a él y le miró a los ojos. Las lágrimas reflejaban la luz, pero Nafsi también sintió cómo habían perdido la negrura. El humano le llamaba con mucha fuerza, la invitaba a entrar. El hombre sabía ahora que necesitaba a su alma.
Y entonces Nafsi lo comprendió. El alma del niño había conseguido mover en su padre el deseo perdido de recuperar su alma. Un alma ayudando a otra, un humano ayudando a otro, y eso era lo que les había hecho a ambos conseguir recuperar el alma perdida.
"Lo que habíamos anhelado abrazar no era la carne, sino un suave espíritu, una chispa, el impalpable ángel que habita la carne.", Antoine de Saint-Exupéry.
"Después de cada tormenta sonríe el sol; por cada problema hay una solución, y el deber indefensible del alma es ser un buen animador.", William R. Alger.