2 de mayo de 2013

Encerrarte es un error

Se asomó desde el balcón en lo alto de la torre. Le hubiera gustado poder saltar y volar, volar, hasta lo más alto del cielo. Escapar.

Aquella torre la mantenía encerrada en sí misma. No podía salir de sus pensamientos. No importaba cuántas veces cuántas puertas buscara. Cada pared, cada rincón, cada mirada hacia el lugar, la transportaba a la desesperación y al desasosiego. Lo que ella misma era y hacía, y todo lo que la rodeaba la conducía al horror.

Intentaba siempre que podía mirar hacia la ventana, el cielo azul celeste. Soñar y pensar que en algún momento saldría de allí y todo lo bello sería suyo. En esos momentos, sentía que el lugar que la encerraba ni tan siquiera existía. Sin embargo, a veces estaba nublado y ni siquiera podía contemplar por un instante a través de la ventana las bondades de la vida.

Cuando perdía fuerzas para imaginar que sus pensamientos eran felices, se alejaba de la ventana y se escondía en el más oscuro rincón de la torre. Lloraba y lloraba hasta caer exhausta, porque dormida no podía sentir. Las lágrimas purificaban por un tiempo su atormentada alma. Pero cuando no albergaba más que rabia y dolor en el cuerpo, cuando las lágrimas se agotaban y los ojos ardían, no encontraba ninguna forma de escapar de todo.

Entonces, deseaba saltar por la ventana y volar. Daba vueltas y más vueltas, caminando o corriendo, mientras la torre se hacía más grande y a la vez más pequeña. Sus problemas y pensamientos tristes crecían y ella se sentía más encerrada cada vez.

De vez en cuando, aparecía una puerta en las grises paredes empedradas. Alguien le había abierto la puerta. Una puerta abierta que conducía al exterior. Ella sonreía con alegría, la recorría ilusión y felicidad instantánea. Podía escapar. Salía por la puerta y recorría un pasillo de amplias y luminosas ventanas. Veía luz al final. Saldría. El camino era un camino perfecto de rosas. Y cuando ya estaba llegando, algo se sacudía dentro de ella. Al cruzar el alféizar de una nueva puerta, volvía a encontrarse en otra torre. Ya conocida o nueva. Daba la vuelta angustiada para volver al hermoso pasillo, pero sólo volvía a haber lisa, negra, fría y triste roca. Entonces golpeaba la pared hasta que le sangraban los nudillos y volvía a caer al suelo y llorar.

A veces el pasillo era muy largo. Pasaba mucho tiempo fuera de la torre. O quizá era al revés. Quizá el tiempo dentro de la torre fuera el tiempo extraño y el corto. Quizá, lo habitual era estar en aquel libre pasillo de felicidad, que si sabía recorrer, la conduciría hasta afuera. Hacia el bonito prado de cielo azul que podía contemplar desde cada una de las ventanas que estaban abiertas. Era posible que ella misma se estuviera encerrando en esa torre e hiciera que el tiempo se detuviera para poder ahogarse en un dolor que no existía, en pensamientos falsos y vanos y en tristezas inútiles.

Se estaba equivocando en la forma de llevar su mente. Tenía que aprender a dejar de mirar por la ventana y soñar con que saldría. Tenía que recordar y aprender cómo se abrían las puertas. Debía pensar y hacer las cosas que la hacían huir y no caer en ese reducido y frío espacio. Tenía que recorrer el precioso pasillo de la mano de aquél ser que le abría las puertas. Tenía que olvidar la oscura y triste torre, contemplar el final luminoso y bello, y escapar del encierro en forma de torre que le provocaba su mente. Para, por fin, ser feliz sin dudar.




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