26 de abril de 2014

El poder del anhelo (parte 1)

Me llamo Katherine Monod. Vivo siempre en la oscuridad. No sé qué es la luz. Nunca he visto un árbol, una nube, una montaña. Sé lo que es un césped, sé lo que es la arena, pero jamás he podido sentir entre mis dedos el tacto de ninguno de ambos. Estoy siempre aquí, aquí encerrada, sola. Mi única compañía es un duro colchón, una pequeña lámpara y un libro. Siempre el mismo libro. He aprendido cómo es el mundo exterior gracias a él, pero ello sólo ha aumentado mis ansias de conocerlo.
¿Por qué me tienen aquí encerrada? No recuerdo qué ocurrió, ni quién lo hizo. Sólo sé que nadie, nunca, viene a verme. No recuerdo cómo son las personas, ni el sonido de los pasos. No sé si alguna vez he llegado a oírlos. Parece que tengo recuerdos, aunque quizá sólo los he inventado, o sólo son fragmentos modificados de mi libro.

Me pregunto por qué no puedo salir. ¿Qué me lo impide? Lo pienso cada cierto tiempo, estando tumbada en mi cama. ¿Me ha dicho alguien que no pueda salir? Cierto, la puerta está cerrada. El único espacio que hay es la ranura donde me dejan la comida. E incluso eso está cerrado. A veces, hace tiempo, tenia ataques de pánico. Gritaba, lloraba y golpeaba la pared de fría piedra suplicando. Quería la vida que nunca había tenido y que nunca tendría. Pronto me di cuenta de que era vano. El silencio era tan profundo que oía cada uno de mis movimientos, respiraciones y latidos. Aunque debía recordar que jamás había oído otro ruido. Quizá fuera de aquí también es así.

Había aprendido a tener la cabeza fría y los sentimientos controlados. La única vez que contemplé la posibilidad de que morir sería mejor que vivir de este modo, mi mente retuvo de inmediato tan vulgar idea. La muerte era la salida fácil. En mi libro, sólo los personajes viles elegían la muerte en lugar de vida. Los héroes luchaban por su vida y la de los demás sin importar qué ocurriese.

Pero no tenía sólo que sobrevivir en silencio. Debía salir. Debía conocer el mundo. ¿Cómo, Katherine, cómo? Ni siquiera nunca he oído a la persona que me trae la comida, no he podido hablarle, ni conmoverle, ni suplicarle.

Qué debo hacer, qué debo hacer. De repente, dejé de escuchar mi respiración. Había algo más importante que escuchar que me había hecho contener el aliento. Unos suaves golpes en el suelo, fuera de los muros de piedra. Constantes, uno, dos, uno, dos. La respiración de alguien, el roce de tela con tela. Alguien caminando. Me levanté despacio y me coloqué en el rincón más alejado de la puerta. Me maldije; en el momento de la verdad, el miedo me puede más que la curiosidad.

Tal y como había intuido, los pasos se detuvieron frente a la puerta de metal. Ésta se abrió, con un agudo rechinar, y una persona, alta, grande, con ropas muy distintas a las mías y un cuerpo diferente entró en la habitación. ¿Podía ser un hombre?
Estaba asustada, sorprendida, alegre. Sobre todo, confusa. Intenté hablar, pero nunca había articulado palabra en voz alta, y de mi garganta sólo salió un leve carraspeo.
—¿Katherine Monod? —preguntó el hombre, tendiéndome una mano.
Asentí, aún encogida contra la pared. El hombre me dio una larga explicación sobre su nombre y lo que quería... pero hablaba como uno de los diplomáticos que había en mi libro: muchas palabras para decir poco. Sólo pude entender que se llamaba Travers. Mi expresión de confusión debía ser evidente, porque el hombre repitió, de forma concisa lo que pretendía:
—Te voy a sacar de aquí, te necesito para algo.
Me tendió la mano. Al cogerla, noté que el tacto de su piel no se sentía como la mía, así que probablemente llevaba un guante. Me llevó fuera de la habitación. Pensé en mi libro, pero sabía que ahora no lo necesitaba. Milagrosamente, ya estaba fuera. El pasillo estaba casi tan oscuro como el lugar en el que había vivido. Llegamos a una zona más amplia, y Travers me dejó en el centro de la sala. Se encendieron, de repente, unas luces en el techo.

Grité de sorpresa y de dolor en los ojos, jamás había visto tanta luz. Cuando me acostumbré a la luz, pude ver que a mi alrededor sólo había más paredes de piedra, varias puertas en las paredes y Travers. Ahogué un grito cuando le vi. No se parecía a las personas que yo esperaba. No tenía un solo trozo de piel al descubierto; su cara estaba protegida por un trozo de plástico, una máscara.
—¿Quién eres? —pregunté al fin, después de toser para liberar mi voz.
—Vengo a llevarte a otro sitio. Te advierto que esto no significa que seas libre. Por ahora. Y no me mires con esa cara, llevo la máscara para protegerme de ti.
¿Protegerse de mí? ¿A qué venía eso?
—Me estás sacando de mi encierro, supongo que eso quiere decir que me llevarás al exterior, ¿cierto? ¿Podré estar con personas y ver el cielo, sentir el sol?
—No esperes eso de mí, niña. Mucho menos lo último. Pero dale tiempo al tiempo, cuando todo esté listo, podrás ver la luz del sol. Aunque no sé si eso es compatible con estar con personas —tras la última frase, Travers rió con fuerza.

Me instó a que le siguiera, y eso hice. Eso hice durante mucho tiempo, horas, o días. Caminábamos por esos túneles oscuros, dormíamos allí mismo, comíamos lo que él tenía. Hablaba poco, explicaba mucho menos, pero parecía divertirse con todas mis preguntas. Sin embargo, a veces contaba cosas reveladores y extremadamente interesantes. Hasta que un día, llegamos hasta una enorme puerta metálica, en una sala muy iluminada en comparación con los túneles.
—Vamos a salir —dijo Travers—. Hazme el favor y no mires al sol, te quedarías ciega. Evita en lo posible que el sol toque tu piel. Estamos en el norte, no hace demasiado sol, pero no quiero que haya problemas con tu veneno, ¿entendido?
—Perdona, ¿mi qué? —repliqué confusa.
—Haz lo que te digo o volverás dentro, punto.
Le lancé una mirada de odio y me puse la gabardina, el gorro, el pasamontañas y los guantes que me dio. Apoyó su mano sobre un panel que había junto a la puerta, y ésta se abrió con una ligereza poco esperada en una puerta de tales dimensiones. Tenía el corazón en un puño, iba a ver el exterior. Por fin
Salimos y lo primero que sintieron mis pies fue un suelo irregular y ruidoso. Sentí un calor repentino e inmediatamente alcé la vista a lo que esperaba que fuera el cielo. Sólo vi color gris. Nubes tapando el sol, pero nubes que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El cielo era inmenso. Olía extraño, no conseguía detectar el olor a piedra que había en su celda, los olores eran frescos, puros e intensos. Lo más cercano que había era un edificio de cemento, simple, con ventanas y tres pisos. Había un camino de tierra desde donde estábamos hasta el edificio. Detrás, la ladera de una montaña cuyo fin estaba cubierto por la nubes, y al frente, árboles y hierba.

Lágrimas de felicidad afloraron a mis ojos. Miré a Travers, ilusionada... Cuando de repente me golpeó con la mano en la cabeza, con una fuerza increíble, dejándome aturdida.
—Lo siento, Kat —y me desmayé.
..............
Desperté, abrí los ojos y sólo había oscuridad. De repente, temí haber vuelto a mi cubículo de paredes frías, pero noté que estaba sentada en una silla desconocida y atada de muñecas.
—Has despertado, niña —oí la voz de Travers—. Te lo explicaré rapidito, de tantas veces que hemos hecho esto ya me aburre. Supongo que te habrás preguntado alguna vez cómo es posible que sepas tantas cosas del "mundo exterior" si no has visto jamás nada. Ese libro que tienes no te puede haber dado suficiente información, vocabulario e ideas como para comprender y conocer al nivel que conoces el mundo fuera de tus límites.
Tragué saliva y asentí. En efecto, lo había pensado.
—Bien, dicho rápido y breve —continuó Travers— formas parte de una investigación militar para conseguir desarrollar armas humanas. Tú eres una de las armas naturales más útiles que hemos estado guardando. Unas son personas mutadas por nosotros, otros, como tú, nacen con una habilidad útil para la defensa del país. A todos os mantenemos durante unos años con la mayor discreción viviendo en la medida de lo posible como niños normales; así luego el proceso para que nos ayudéis como armas es más eficiente.
 "En tu caso, la luz del sol desencadena una reacción hormonal anómala en tu piel, volviéndola tóxica, haciendo que emitas un vapor venenoso, que mata al instante y es muy ligero, de modo que se distribuye fácilmente en el aire. Vivías con una familia, padre, madre y hermano. La gente pensaba que tenías xerodermia, simplemente no debía darte la luz del sol. A los 14 años os traemos aquí, os borramos la memoria, os encerramos y creéis que habéis estado ahí encerradas siempre. A los 16 os reclutamos de nuevo. O sólo cuando os necesitamos.

Me quedé boquiabierta. Estaba en shock, pero no me quedaba más remedio que creerle. No había nada más en mi vida que mi libro en la celda fría o esta brutal realidad.
—¿Qué te hace pensar que te ayudaré si eres el que me encerró? —pregunté, desafiante. Escuché la risita baja de autosuficiencia de Travers.
—Si te interesa el trato... te devolveremos tus recuerdos. Avdemás, tenemos la cura para tu enfermedad, estos dos años de espera no han sido vanos. Aunque debo avisarte que nunca se ha probado en nadie, eres la única que la padece.

Tragué saliva. Pregunté qué implicaba que aceptara.
—Te dejaremos protegida en la ciudad a la que vamos a atacar, pero te dará la luz del sol. Tu veneno matará gente. Pero tú podrás ser libre a cambio de unas pocas vidas de las que no conocías ni tan siquiera su existencia.

Tragué saliva, tomé aire. Era inútil negar lo que deseaba. Quería aceptar. No iba a hacer otra cosa. Podría vivir en el mundo que había soñado. El cargo de conciencia... quizá fuera secundario. Nunca había conocido a nadie, no sentía que me importara matarlos.

—Acepto.

(¿Podrá Katherine cumplir su sueño de volver a vivir? ¿Es todo tal y como parece? Clic para "El poder del anhelo (parte 2)")

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