26 de abril de 2014

El poder del anhelo (parte 2)

No olvides leer la primera parte ("El poder del anhelo (parte 1)")

Desconozco totalmente qué tan vasto es el mundo, pero el viaje en avión se hizo muy largo. Travers me dijo que íbamos a Corea del Norte, un país pequeño pero muy problemático. Habían decidido empezar una guerra contra el país adyacente, China, un país muy grande pero con una capacidad de defensa y organización prácticamente nula. Me pregunté por qué los militares a los que pertenecía Travers querían intervenir. Me explicó que forman parte de una organización mundial que vela por la paz entre naciones, y que la mejor forma de defender la paz en este caso era reducir a Corea, puesto que era la causante del problema.

En mi libro las cosas no parecían ser así. Siempre parecía ser más importante, y más efectivo, hablar que luchar. Claro que siempre había ocasiones en las que el enemigo no respondía ante el diálogo. Quizá esta fuera una de esas ocasiones.

—El plan es sencillo, jovencita. No podemos pisar Corea, básicamente porque derribarían el avión y nos matarían, de modo que atacarás directamente a las tropas. Un escuadrón, protegido con máscaras, te llevará a las trincheras de defensa chinas. Tú sólo tienes que mantenerte ahí escondida, dejar que te de el sol en la mayor superficie de tu piel que puedas. Evita a toda costa asomarte, no queremos que te peguen un tiro. Soltarás el gas, nos retiraremos, las tropas avanzarán y se envenenarán con el gas que has dejado en el aire.
—Eso es ridículo —repliqué—. ¿A cuántas personas como mucho afectaría eso?
—No creas que somos estúpidos, niña. He dicho que esos dos años que has estado ahí metida no fueron pérdida de tiempo. A medida que se disipa el gas, éste no mata, si no que se mete en el cuerpo, debilitando las defensas. Eso hace que sea muy fácil contraer enfermedades... ¡Es tan fácil que militares heridos se infecten de bacterias y virus peligrosos, mortales y, sobre todo, contagiosos! Volverán a sus casas muertos, heridos, y portando enfermedades. Además, hemos descubierto que algunas de las bacterias evolucionan para sobrevivir al gas tóxico, de forma que se vuelven mucho más resistentes a los medicamentos comunes.
—Así que... toda Corea morirá y caerá enferma. Habría que detener el gasto de recursos en guerra para empezar a intentar curar a la población, ¿cierto? —pregunté, asombrada por el plan tan audaz a la vez que cruel. ¿En verdad iba a participar yo en eso?
—Te diría que eres lista, pero creo que lo he explicado lo bastante bien como para que se pueda deducir eso fácilmente.

Estaba muerta de miedo. Allí, encogida en las trincheras, con el sonido silbante de las balas sonando a mi alrededor, los gritos, la sangre. El sol de mediodía calentaba mi cabeza. La primera vez que noté el sol en la piel, sentí un calor muy intenso. Quemaba, pero la sensación era maravillosa. No notaba que emitiera ningún gas, y parecía ser incoloro e inodoro. Eso lo debía volver mucho más peligroso. En cuanto llegamos a las trincheras, me quité la chaqueta y me quedé en pantalón corto (extremadamente corto) y una diminuta camiseta de tirantes. Mi piel era extremadamente blanca comparada con la de Travers, que era la única persona a la que había visto la piel. Me advirtió que probablemente me quemaría.

Fue una tortura psicológica. Estuve dos, tres horas, contemplando la masacre que tenía lugar frente a mis ojos. Sin ninguna piedad, disparaban a matar en ambos bandos. Casi me alcanzó una bomba, pero un soldado se tiró a protegerme. Se estaban matando. Lo veía como algo tan, tan cruel, y sin embargo, yo iba a hacer lo mismo por puro egoísmo. No estaba de lado de ninguno de los dos bandos. Corea no tenía por qué atacar a China, pero nosotros no teníamos por qué matar a inocentes coreanos.
Idiota. Qué importa. La sociedad me ha estado dando la espalda durante toda mi vida. O no, sólo durante dos años. Los que me han utilizado han sido Travers y su gente. Me apartaron de mi familia, me encerraron, me obligaron a vivir sola, triste, y sintiendo que no tenía una vida y mucho menos una existencia.

Sin embargo, no había vuelta atrás. Ya había empezado todo, iba a morir gente por mi culpa. Pero iba a ver a mi familia, a recuperar recuerdos de una infancia feliz, o al menos de una vida normal. Podría hacer todo lo que quisiera, ver las montañas, tocar la arena, sentir el viento, jugar, leer más libros que mi libro, ver películas. Todo, podría hacer todo. Después de todo, yo no soy quien empuña un arma y dispara a matar. ¿Qué son cientos de muertes que provocaré comparados con miles de millones de habitantes? No me importa toda esa gente.
.......................
—Muy buen trabajo, Katherine —me felicitó Travers—. Ahora, como te prometí, te devolveré tus recuerdos y tu libertad. Podrás elegir lo que quieres hacer con tu vida, y no tienes por qué volver a trabajar para nosotros. Tenemos suficientes armas humanas y sois lo suficientemente efectivos como para prescindir de vosotros. Eso sí, ni una palabra.

Asentí. Estaba sentada en un sillón, en una sala de paredes blancas. Tenía una diadema metálica alrededor de la cabeza; se suponía que una leve descarga eléctrica en puntos adecuados del cerebro me haría recobrar la memoria.
—¿Lista, niña?
—Sí
Travers apretó un botón, y sentí cómo unas agujas se me clavaban dolorosamente en el cráneo. De pronto, sentí que la cabeza me estallaba, vi todo de color negro, un dolor insoportable me barrió el cuerpo. Unos minutos después, las agujas salieron de mi cabeza. Sentía el cuerpo débil, la mente saturada.
—¿Cómo estás, Katherine?

Unos segundos después de recobrar la visión, recordé todo. Mi familia. Mi dulce madre, mi risueño padre, el pesado pero cariñoso de mi hermano. Recordé cómo sólo había visto mi casa y algunos sitios del mundo a buen resguardo en un coche de lunas tintadas. Solía ver la televisión y leer mucho. Mi madre me había regalado ese libro que tanto había leído encerrada entre las frías paredes de piedra. Tenía algunas amigas, no iba al colegio, pero tenía un profesor particular. Era completamente feliz a pesar de no poder salir a jugar al jardín.
Recordando, recordando... de pronto, sentí un dolor profundo, no físico, emocional. Empecé a llorar desconsolada. Recordé un día. Mi hermano me había quitado mi móvil, lo estaba persiguiendo por la casa. Salió al jardín. Me detuve en el alféizar de la puerta que daba a la terraza y miré al cielo ligeramente nublado. No había sol, ¿verdad? Podía salir y pillar al tonto de mi hermano. Salí, no sentí nada extraño más que un suave calor en mi blanca piel. Mi hermano me miró con miedo y me dijo que volviera a entrar, o me pondría enferma. Es un niño, ¿qué sabrá él? Me acerqué, le arrebaté el teléfono y le pegué un pellizco en el brazo, en el preciso instante en el que se despejó un pequeño trozo de cielo y el sol dio de lleno en el jardín. No noté nada... pero mi hermano emitió un agudo grito y cayó al suelo. Comenzó a quemarse su piel donde le había tocado. Quería acercarme a ayudarle, pero algo me decía que no debía. Llamé a mamá con lágrimas en los ojos. Mi hermano, agachado en el suelo, llorando, empezó a respirar entrecortadamente, el corazón le latía con tanta fuerza que podía oírlo, y era tan irregular su palpiteo. En pocos segundos, justo cuando mi madre llegó al jardín, mi pequeño hermano cayó sin fuerza al suelo. Muerto. Yo estaba llorando y gritando, de pie, impotente, frente a él. Mi madre me gritaba que entrara a casa, a la vez que su grito desgarrador al ver a su hijo muerto en el suelo me heló las venas. Mi padre salió al jardín a toda prisa, con el pánico grabado en su rostro. Ambos me ordenaron de nuevo que entrara en casa, mi madre acunaba el rostro de mi hermano entre sus manos, mi padre había caído al suelo llorando.
Retrocedí, asustada, hasta la sombra del porche. Fue entonces cuando mi madre comenzó a asfixiarse, igual que mi hermano. Murió en agonía. Después, mi padre. Caí al suelo del porche, llorando, desgarrada de dolor y horror. Los había matado.

—Los maté, Travers, mi familia murió por mi culpa —le dije a Travers con la voz ahogada en lágrimas—. Ahora, todos esos coreanos morirán por mi culpa, igual que ellos.
—Sí, Katherine, lo siento. Poco después te llevamos a aislarte y borramos tu memoria.

No tenía ya nada que hacer en el mundo. Debía haberme quedado entre esas frías paredes de piedra.
—Travers —le llamé. Él me miró expectante—. Por favor, bórrame los recuerdos y vuelve a encerrarme. Te lo suplico.

El hombre sonrió con autosuficiencia, como había hecho cuando nos conocimos.
—Por supuesto, Katherine. Ya lo estaba esperando... Con esta, es la cuarta vez que me lo pides. Esta vez has tardado menos que otras en sentirte culpable.
Le miré con los ojos abiertos como platos y la sangre helada en las venas. Volvió a accionar el botón, las agujas volvieron a atravesar mi cabeza.
—Ya nos volveremos a ver, niña.

Con un último grito, de rabia, odio, dolor y miedo, volví a sumirme en la oscuridad.

Me llamo Katherine Monod. Vivo siempre en la oscuridad. No sé qué es la luz. 

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