Mirando al cielo, mirando al suelo, nunca mirando al frente.
Huyendo de las verdades, escondiéndose de las mentiras.
Sonriendo mientras llora, llorando mientras ríe.
Pasando por la vida sin detenerse, porque teme encontrarse de frente con sus temores.
Tiene miedo al universo que la rodea.
Miedo del futuro. Pánico a las adversidades.
Angustia por la mezquindad de la humanidad.
Aversión hacia las miradas de compasión. Peor hacia las miradas de asco.
No mirando a nada, a nadie.
Temiendo no encajar, prefiriendo ignorarlo.
Sólo cumpliendo con su deber, sus tareas.
Haciendo uso de su vida para pasar por ella.
Para hacer todo lo que debe hacer una buena chica, nada más.
Quizá alguien, algún día, se ponga frente a ella.
Tropezará, tendrá que detenerse. Cambiar su rutina.
Ese alguien la ayudará a levantarse, a caminar.
Ella no querrá mirarle; después de todo, sigue teniendo miedo de su alrededor.
Él tomará su rostro entre sus manos, le levantará la cabeza.
Sus ojos se encontrarán, y ella observará por primera vez algo.
Lo primero que verá serán esos ojos dulces.
Llenos de ternura, de cariño.
Profundos con la mirada de la sabiduría, del conocimiento.
Henchidos de contemplar el mundo, interpretarlo y aprender de él.
Unos ojos que son para ella la promesa de las maravillas que puede deparar el mundo que se había estado perdiendo.
Un mundo que sólo el dueño de esos ojos podía enseñarle.
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