—Hola —contestó la niña.
Hubo un corto silencio en el que ambos interlocutores se observaron.
—¿Qué haces aquí sola?
—No estoy sola, estoy contigo —respondió la pequeña, confusa ante la pregunta.
—Sí, pero yo no soy nadie que pueda hacerte compañía. ¿Por qué no estás con las demás niñas?
—No me gustan las otras niñas. Sólo saltan a la cuerda o hablan de cosas aburridas. Los niños hacen lo mismo.
—¿Cosas aburridas? —repitió despacio—. ¿Qué cosas son divertidas para ti? ¿De qué prefieres hablar?
La niña pensó unos segundos, mirando hacia el cielo azul, esperando encontrar una posible respuesta a una pregunta que a ella le parecía compleja.
—Me gusta tener aventuras —terminó respondiendo, satisfecha con su conclusión.
—Eres pequeña, no te dejan salir de casa después de las 8 y nunca puedes ir sola, ¿qué clase de aventuras vas a tener?
—Mmh —respondió enfurruñada por la réplica de su interlocutor. Siguió pensando—. No importa. Tengo aventuras igualmente —decidió cambiar de tema para evadir la pregunta—. Me gusta hablar de cosas interesantes.
—¿Interesantes?
—¿Sólo sabes responder con preguntas? —resopló la chiquilla—. Sí, interesantes. Cosas para entender el mundo. Quiero saber el por qué de todo. Hablar de las series de televisión, los dibujos, fútbol, chicos, ropa, o criticar a los demás, como hacen los niños, no sirve para eso.
—Con que tu vida son todo "por qué", ¿eh? —respondió con malicia—. ¿Te has preguntado qué pasa si nunca te cansas de preguntar todo?
—No quiero cansarme de preguntar todo. Me gusta preguntar y saber.
—¿Y qué pasa si alguna vez no puedes saber?
La niña le miró con curiosidad. Sí, ¿qué pasaría? ¿Se cansaría de querer saber y sería como los demás niños? Vaya, le estaba haciendo pensar mucho.
—Creo que no pasa nada —dijo despacio—. Siempre hay más cosas que preguntar. O si nadie me puede responder, puedo intentar averiguarlo yo. A lo mejor esa es la respuesta, mis aventuras son responder a mis "por qué", a todas mis preguntas.
Su interlocutor sonrió con satisfacción y le dio un golpecito en la cabeza.
—Chica lista.
—Para eso has estado siempre tú a mi lado, ¿verdad? —preguntó con voz suave—. Me das las aventuras, me das las preguntas, y me das muchas de las respuestas.
—Pero sólo las necesarias, no todas. Si no, no dejaría nada para que tú lo descubrieras. Yo te enseño cómo son las aventuras, tú tienes que crear las tuyas —afirmó sonriendo.
—Esta vez no has hecho ninguna pregunta —rió la pequeña—. ¿Ves? No necesito nada ni nadie más si te tengo a ti. Tú eres mi amigo. Me das todo lo que necesito para ser una niña feliz.
—Y no dudes que también puedo hacer de ti una mujer feliz en el futuro—añadió el interlocutor—. Sin embargo, recuerda que todos emprenden sus aventuras y buscan sus respuestas junto a alguien. Así que no te olvides de eso, ¿me lo prometes?
La miró expectante unos segundos, esperando la respuesta de esa niña cabezota.
La niña abrazó con una sonrisa su libro de cubiertas rígidas y dulce olor a tinta.
—Te lo prometo —susurró—. Gracias por todo.
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