30 de septiembre de 2014

Una muerte, muchas vidas



—¿Cómo estás, peque? —pregunté en voz baja al niño postrado en la camilla junto a mí. Era una pregunta un tanto absurda, pero al pequeño debía servirle de consuelo que alguien se ocupara de él. Me lo confirmó su débil sonrisa y el breve asentimiento. Él entendía el castellano, pero no sabía hablarlo.
Dejé al niño y miré alrededor, buscando a alguien que necesitara ayuda inmediata. La gigantesca tienda que nos cubría del sol hacía que el interior pareciera más insalubre de lo que ya era, debido al color amarillento de la tela, que daba un tono ocre a todo. Las camillas, que debían ser blancas, eran de color gris, y algunas olían a moho. Pero no había suficiente tiempo para levantar a un paciente y lavar la sábana. Al menos conseguíamos limpiar la mayor parte de la sangre que dejaban los enfermos.
Hacía poco había tenido lugar una epidemia de gripe. ¡Gripe! Cuando estudiaba medicina en España no se me había ocurrido que un simple brote de gripe pudiera ser tan grave. Tan mortal. Perdí la cuenta de los muertos cuando llegué a once y vi a un niño de diez años morir entre mis brazos. Por alguna razón (puede que en ese momento estuviera fuera de mí) me prometí que no dejaría que muriera ningún niño más. La promesa se ha vuelto difícil de mantener.
No le quito ojo de encima. A pesar de que las cosas están muy tranquilas, ahora que ha pasado la gripe, esta niña tiene muy mal aspecto. Sólo nos estamos encargando de poner vacunas, y, si no hay nadie a quien atender, damos algunas clases. Pero ella no parece estar bien, y aún no sabemos lo que tiene.
Me acerco a la niña. Aún no sé su nombre, porque lleva aquí un día, y al llegar lo único que hacía era toser y toser, pero eso aquí es normal.
Era una niña menuda, debía tener unos siete u ocho años. Estaba delgada, como todos allí, con la piel en los huesos. El cabello negro, corto estaba trenzado a su cabeza. La piel era oscura. Era igual en todos los aspectos a todos los de su tribu, pero me llamaban la atención sus ojos. No su color, porque eran oscuros, ni su forma, sino el brillo que despedían a pesar de la situación de la niña. Los enfermos tienen la mirada apagada, y ella no. Quizá tiene esperanza, algo que escaseaba por aquí.
Me di cuenta de que la niña me observaba. Tras unos segundos, se sentó en su camilla y me preguntó, con voz aguda y tono inocente, en un castellano rudo:
—¿Cómo te llamas?
Sonreí antes de contestar. Me alegraba no oír su voz débil.
—Me llamo Marta. ¿Tú cómo te llamas?
—Yo Kanisha. ¿Eres médico de otro país? ¿Igual que Dave?
El inglés de Kanisha parecía ser mejor que su castellano. Dave era mi compañero, un norteamericano que llevaba por esta zona más de diez años y que, probablemente, la había atendido ayer.
—Sí, soy de otro país, pero no como el de Dave —contesté—. Soy de España, y él de Estados Unidos. Los dos están lejos.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó ella, con mirada curiosa.
—Veintiséis años. ¿Y tú?
—No sé. Mamá no me lo dijo nunca, pero mis amigas tienen ocho años.
Yo sólo escuché la primera parte de la frase. Los niños huérfanos de madre abundaban, pero no podía dejar de sentirme abatida al recordar esa situación.
—¿Tu padre no sabe cuántos años tienes?
—Papá murió con gripe. Antes que tú llegaras —respondió ella bajando la mirada, sus ojos empañados en lágrimas.
—Lo siento —dije, apesadumbrada. Era de las pocas niñas huérfanas que me había encontrado. Eso significaba, según la costumbre de esta tribu, que no tenía nada que comer, a menos que a alguien le sobrara y compartiera. Era impresionante la solidaridad que había entre ellos. Pero no solía sobrar comida, y una familia a la que le falta para alimentar a sus hijos, no puede alimentar a una huérfana.
Mis pensamientos fueron bruscamente interrumpidos por una llamada urgente del otro lado de la tienda.
—¡Marta! ¡Un parto!
Salí corriendo a toda velocidad para atender la llamada de Dave, sin despedirme de Kanisha. Me encontré a una mujer con una inmensa barriga, que gritaba de dolor mientras Dave intentaba tumbarla en la camilla, le decía palabras tranquilizadoras en su idioma. La mujer estaba tan delgada… Tras ver el exagerado tamaño de su vientre, me vino a la mente la palabra gemelos. Y de nuevo, desolación. Sólo faltaba que, además de traer un niño más al mundo, en estas condiciones, no fuera uno sino dos. Todo esto lo pensaba mientras tomaba todos los utensilios de los que disponíamos. Tuve la suerte de encontrar en una caja un bote de anestesia.
Poco importa lo demás. La mujer murió de inmediato, y uno de los bebés una hora después. El segundo estaba tan delgado que no alcanzamos a entender cómo pudo sobrevivir, pero al menos estaba vivo. Se lo dimos al padre, que lloraba en silencio.
Dave y yo salimos a descansar un rato, y nos sentamos en el suelo. Él sujetó la cabeza entre las manos, sin mediar palabra. Era extraño, porque mi compañero ya parecía inmune a todo esto, y solía ser indiferente a tanta muerte y dolor. No sabía qué decirle, hasta que él habló.
—Van tres. Hoy ya he dejado morir a tres personas —dijo con voz rota.
—Dave… —empecé a decir, en tono consolador—. No es culpa tuya.
—¿Y de quién, entonces? —preguntó con amargura.
Responder “de todos” hubiera sonado agresivo, pero así era. Esta mañana había muerto un chico adolescente a cargo de Dave, y sólo porque no había un absurdo medicamento, que en Europa se puede comprar por menos de diez euros. ¿Por qué pasaba esto? Probablemente era una pregunta con respuesta sencilla, pero en ese momento no se me ocurría nada. Lo único que me venía a la mente era que la mayoría de los países desarrollados no pagaban el 0,7 por ciento del PIB para ayudar a lugares como estos. Pero no me sentía bien echando la culpa a mi país de origen. Seguramente ninguno se siente bien echándose la culpa a sí mismo, pero si nadie quiere creer que es culpable, nadie hará nada.
Me levanté rápidamente cuando oí a alguien llamándome con angustia desde la tienda. Dave ignoró la llamada.
—Haz el favor de dejar de autocompadecerte y ven a ayudarme —le dije en tono frío. Me molestaba que fuera capaz de quedarse sentado cuando había alguien que necesitaba nuestra ayuda. Pero su respuesta sí me dejó helada.
—¿Para qué molestarse? Si va a morir igual. Es Kanisha, y tiene algún problema de corazón. Eso aquí no se puede curar. Va a morir igual —repitió.
Le fulminé con la mirada. Sentí que me desmoronaba cuando pensé que Kanisha podía morir. Sabía que no debía encariñarme con nadie, que era imposible que hubiera tomado cariño por Kanisha en sólo un día. Entré en la tienda, y pude comprobar que Dave estaba en lo cierto. Kanisha estaba retorciéndose en su camilla, respirando entrecortadamente y poniéndose una manita en el pecho. Aparté a un par de niños que estaban mirando.
—¡Marta! —exclamó con voz ahogada al verme. Tenía lágrimas de dolor en los ojos—. Me duele. Me duele.
—Tranquila, Kanisha, no pasa nada —le dije. Me sorprendió mi voz tranquila, a pesar de que estaba desesperada. Pero, por más que miraba alrededor, no había nada que pudiera hacer por ella, mientras gritaba con su voz aguda que le dolía mucho. Enchufé las máquinas e intenté insertarle las agujas, para medir sus constantes. Las máquinas permanecían apagadas para gastar sólo la electricidad justa, y tardaban demasiado en encenderse. Además, Kanisha no paraba de retorcerse.
De pronto, sin razón aparente, la niña dejó de gritar y de aferrarse al pecho. Jadeaba, pero ya no parecía sentir dolor.
—Kanisha… ¿Cómo estás? —pregunté en voz baja.
—Ya no duele —dijo ella. Sin embargo, se notaban los efectos del reciente ataque—. Era aquí, adentro —señaló el lado izquierdo de su pecho.
De nuevo, Dave estaba en lo cierto. Algo le pasaba en el corazón a la pequeña. Pero no llegué a ninguna conclusión analizándola visualmente. Necesitaba hacer un electro­cardiograma. Esperé a que se encendiera la máquina y conseguí ponerle los cables a Kanisha, explicándole que era por su bien, para saber por qué le dolía el corazón. Tuve la suerte de que no sabía lo que era el corazón, así que pude distraerla explicándoselo.
Estaba segura de haberme puesto pálida el examinar los resultados. No estaba totalmente segura, pero los resultados mostraban que padecía arritmias. Graves. Sólo po­día ser curada en una operación, y aquí no había medios. Por desgracia, tendría que rogar a Martínez, nuestro “proveedor”, que se gastara algo de presupuesto para llevarla a Europa, o a Estados Unidos, para que pudieran salvarla.
Si Dave y yo estábamos trabajando ahí era, desde luego, porque queríamos. No lo hacíamos por dinero, ni mucho menos. El problema era que, en lugar de ir con una ONG independiente, habíamos ido por medio de una empresa nacional, cuyo dinero proporcionaba el Estado. Nos parecía que las nacionales necesitaban más ayuda, porque todos se ofrecían a trabajar para las independientes. Pero el dinero que proporcionaba el Estado nunca era suficiente. De todos modos, había que pararse a pensar que no sólo estábamos nosotros dos, había más médicos por el continente, y ellos también necesi­taban dinero.
Dave y yo escogimos este sitio, porque nadie estaba dispuesto a trabajar aquí. Solía haber una alta tasa de enfermedades contagiosas mortales. No había maestros, ni escuelas. De vez en cuando pasaban algunos misioneros y con algo más de frecuencia la empresa traía comida y medicamentos. Martínez era el encargado de administrar los presupuestos, y no era demasiado generoso con nosotros. Solía decir, aunque nos hiriera a nosotros y a los nativos, que por ahí había sitios que lo necesitan más y (ahora viene lo peor) sitios que vendían más. Incluso en una organización de ayuda se preocupan de su imagen. “¿Cómo nos van a dar dinero si ven que trabajamos en poblados pequeños, donde la gente se muere igual, donde parece que no sirve? Hay que ir a lo grande”. Me quedé tan anonadada que no fui capaz de responderle, pero debía haberlo hecho. ¿Quién se cree que es para decir eso? El caso, es que venía de vez en cuando para ver cómo iban las cosas, y tuve la suerte de que ese día tenía que pasar por aquí.
No pude a darle a Kanisha nada para calmarla. Sólo pude ofrecerle un vaso de agua limpia y un trocito de pan. Me dio pena por los otros niños, que me miraron con ansia, pero no podía darle a todos. Salí para comentarle a Dave el problema con Kanisha, pero seguía a lo suyo. Allá él si quería sufrir.

Pasaron dos o tres días, en los que hubo bastante calma, así que nos dedicamos a dar clases y convivir con los del poblado, que ya nos conocían bastante bien. Dave seguía desanimado, y no paraba de decir que nada valía la pena, que para qué estaba aquí, que por qué no nos ayudaban más… Tuve que hablar con él para recordarle todo lo que me había dicho en mi primer día aquí, cosas como “estamos aquí para hacer del mundo un lugar mejor”. Tenía razón, y se dio cuenta cuando se lo dije. Empezó a animarse un poco, pero seguía algo abatido.
Un día estaba en la tienda, observando a Kanisha, por si tenía más problemas. H­a­bía tenido otro ataque hacía unas horas, pero ahora dormía tranquila. Se despertó al oír un rugido fuera. Aunque ella no lo supiera, yo reconocí el motor de una camioneta. Tuve una mezcla de sensaciones entre complacencia y odio al ver llegar la camioneta de Martínez, con sus dos enormes guardaespaldas con rifles. ¿Esperaba que alguien débil y desnutrido le atacara o creía que había leones por aquí?
Llegó levantando tierra y haciendo ruido. Detuvo el coche derrapando y bajó de él mirando a su alrededor con una ligera mirada de desdén.
—¡Marta! ¿Cómo estás? —me saludó amablemente, mientras se quitaba las gafas de sol. Le tendí la mano, y me la estrechó una vez—. Te veo pálida, ¿no comes bastante bien, o no coges suficiente sol? —rió, junto con sus guardaespaldas.
—No, simplemente que ahí dentro hay un par de niños muriéndose, pero nada grave —dije con seriedad. Sus risas pararon de inmediato.
—¿Dónde está Dave? Tenéis que llevarme a la tienda y al poblado —indicó Martínez—. Espero que vuestra lista de peticiones no sea muy larga esta vez.
—No demasiado —respondí, decidida a pedirle antes de que se fuera que llevara a Kanisha a Europa.
Cada vez que Martínez venía, revisaba la tienda y el poblado para comprobar cómo avanzábamos, si necesitábamos más presupuesto, o si íbamos lo bastante bien como para cortar el suministro de ayudas. Eso nunca sucedía, por desgracia o por for­tuna. Aún no he decidido si sería bueno o malo.
Acompañé a Martínez y a sus gorilas hasta la tienda, donde Dave estaba volcando cajas, probablemente buscando algo que ya se había terminado. Mi compañero levantó la vista al ver entrar a los forasteros. Una sonrisa gélida se extendió por su rostro. Tiró la caja llena de estuches vacíos al suelo, sin preocuparse de cómo caía, y tendió la mano a Martínez.
—Buenos días, señor. Encantado de tenerle aquí.
El sarcasmo era tan claro que me extrañó que Martínez no se ofendiese. Se limitó a esbozar una sonrisa torcida y a apretar la mano de Dave.
—Supongo que sí estará encantado, teniendo en cuenta que vengo para reponer sus carencias —su mirada se dirigió intencionadamente a los frascos vacíos que había en el suelo.
Dave gruñó y yo decidí intervenir para que no aumentara la tensión. Le hablé del último brote de gripe, y le dije, aunque procurando que no sonara demasiado a cierto, que últimamente todo estaba tranquilo, y que no había enfermos en masa. Le presenté a algunos de los pacientes. Por primera vez se implicó más y decidió hablar con alguien. Era muy curioso ver a Martínez siendo tan amable con los niños. Les hablaba en su idioma, jugaba con los que podían, e incluso les dio agua. No estaba segura de si estaba fingiendo, o si realmente era él. ¿Era posible que Martínez fuera sensible, que se pre­ocupara por ellos de verdad?
Como quien no quiere la cosa, le presenté a Kanisha y le dije que era la más en­ferma por ahora. Tampoco insistí, ya que quería hablar de ello seriamente. Martínez señaló que parecía estar sana, dentro de lo que cabía. Kanisha sólo dijo:
—Me duele aquí —mientras se señalaba el pecho.
—Debe tener gripe aún —dedujo Martínez. Dave negó imperceptiblemente con la cabeza, y sonrió ligeramente. Siempre le había hecho gracia que la gente intentara hacerse el médico.
En el poblado estaban todos reunidos, enterrando a la mujer que había muerto dando a luz esa mañana. Me pareció percibir un atisbo de pena, mínimo, en la mirada indi­ferente de Martínez. Esperamos a que acabara la ceremonia para que nuestro jefe hiciera algunas preguntas a los nativos. Preguntó a algunos niños cosas sobre la escuela, que respondieron en su mayoría correctamente. Ya que lo vi tan animado, decidí decirle al jefe de la tribu que éste era el hombre que nos daba el dinero para medicinas y co­mida (claro que, previamente, le había explicado qué era el dinero). Su reacción fue sorprendente. Se propagó la voz de que estaba nuestro proveedor, consiguieron montar una fiesta en cuestión de minutos y Martínez se vio agasajado. Sus gorilas guardaespal­das trajeron una caja de carne, que le ofrecieron al jefe, y éste le ofreció mujeres, cánta­ros y alhajas. Martínez aceptó los cántaros, pero rechazó amablemente a las mujeres y las joyas tribales.
No sé cómo, acabé enseñándole a Martínez el baile tradicional, y bailando con él. Precisamente yo, que recuerdo que cuando llegué e intentaron enseñarme el baile, casi me quemo cayéndome en la hoguera. Después de acabar exhausta y de dejar a Martínez bailando con una joven, me dejé caer junto a Dave, que estaba sentado en una esquina, con la mirada perdida.
—¿Qué pasa? ¿No bailas? No hay nadie enfermo, ya hay alguien vigilando. Hoy todo está tranquilo —le dije, temiendo una nueva recaída.
—No, sólo pensaba. Me parece que Martínez no imaginaba que los nativos fueran tan parecidos a nosotros. Sus guardaespaldas me han dicho que él creía que eran hom­bres de neandertal, o algo semejante. Tengo que confesar que no sabía qué hacía metido en esto, pero ahora veo que, al menos, sí se apiada de estas personas.
Dave se había hecho eco de mis pensamientos. Ahora que él también pensaba que podía ser compasivo, yo tenía la esperanza, por no decir la seguridad, de que Martínez me concedería mi petición, y ya veía a Kanisha en Europa, curada y sana.
Cuando ya había oscurecido, Dave, Martínez, sus gorilas y yo fuimos a la tienda de médicos y, mientras tomábamos café que había traído nuestro jefe, seguimos conver­sando. En un momento en el que hablábamos sobre las enfermedades mortales que no podíamos tratar, decidí entrar directamente.
—Me gustaría pedirle algo, señor —vi que dirigía su atención hacia mí. Tomé aire y dije—: Necesito que lleve a una niña a Europa.
—¡Marta! —me reprochó Dave. Ya había hablado con él, y Dave opinaba lo de siempre: “ya para qué, te van a decir que no, y sólo conseguirás tensar la situación”.
—Es un poco arriesgado, creo yo —respondió Martínez, dejando la taza de café en la austera mesa—. Pero ya sabes mi respuesta, no sé para qué preguntas.
—Tenía entendido —empecé a decir con dureza— que había posibilidad de llevar a personas a países del primer mundo para que fueran tratadas en hospitales si tenían una enfermedad grave.
—Interesante interpretación —replicó Martínez—. Pero opino que no debe estar tan mal como para necesitar operarse, y si está tan mal, no creo que sirva de nada.
Antes de que pudiera replicar, un chico entró en la tienda apresuradamente, excla­mando incoherencias. Se dirigía a mí, y, aunque sólo conseguí distinguir la palabra “Kanisha”, me levanté y corrí hacia la tienda a toda velocidad. Kanisha volvía a tener un ataque. La única diferencia respecto a los anteriores, fue que duró más y que mi an­gustia aumentó. Miraba impotente a las máquinas, esperando que solucionaran el pro­blema. En cuanto la pequeña se calmó, le di un vaso de agua, y me volví hacia Martínez, que tenía una mirada tan indiferente que despertó en mí la furia.
—¡Acaso no ve cómo está! —le grité—. ¿Qué le cuesta llevarla a Europa?
—Dinero, Marta. No puedo ir llevándome a todos los niños que a ti te apetezca. Son miles, quizá millones —respondió Martínez, modulando el tono a pesar de que yo le hubiera gritado—. No puedo decirte a ti que sí, al médico del poblado de al lado que sí con cinco críos más. No hay dinero.
—¡Que no hay dinero! Por favor, Martínez —olvidé el trato respetuoso. Iba con­duciéndole fuera de la tienda, por si había algún niño que supiera español—. No me diga que no hay dinero para pagar un billete de avión y una absurda operación, cuando le sale el dinero por las orejas. Entonces, como no puede salvar a todos, ¿no salva a nin­guno? ¡Eh!
—¡Por el amor de Dios, Marta, te has encaprichado de esa niña! —gritó ya Martínez, señalándome con un dedo acusador.
—No me he encaprichado de esa niña, imbécil —repliqué despectivamente—. ¿No ves que no es la única? Hay más como ella, todos están como ella, y si no somos capa­ces de ayudar a una, ¿qué se supone que hace usted con su miserable vida? —terminé a voz en grito y con lágrimas en los ojos—. No es la única…
—¿Qué quieres decir exactamente con qué hago con mi vida? —preguntó indigna­do Martínez.
—¿Es lo único que ha escuchado? —intervino Dave, que había estado de brazos cruzados, observando la disputa—. Creo que está muy claro.
—Tú también, no, chaval. Nunca me has dado problemas —se quejó nuestro jefe.
—¿Llama dar problemas a defender una petición? —dijo Dave, levantando una ceja—. A lo que Marta se refiere, es a que se supone que usted está dedicando su vida a trabajar para esta ONG, a distribuir el dinero a los pobres y necesitados, para que tengan educación y salud. Para eso es para lo que ha hecho servir su vida. Pero no lo está haciendo bien. ¿Qué pretende entonces? Hace poco, yo pensaba que todo estaba perdido para estas personas, y que no hacía falta sacrificarse tanto si iban a morir igual, y si iban a seguir muriendo tantos aunque yo me mate a trabajar. Pero ahora me he dado cuenta, gracias a Marta, de que yo elegí hacer esto porque, por poco que haga, una vida, dos o quince son muchas vidas. Si todos decidimos no hacer nada “porque nadie lo hace”, nunca vamos a lograr nada. Así pues, Martínez, ¿va a hacer que valga la pena lo que hace, o es sólo una tapadera para que su moral se sienta mejor? ¿Lo hace por ellos o por usted?
—Me parece que os volvéis locos aquí —escupió Martínez, mirando a Dave con asco. A mí, me dirigió una mirada de rabia—. Yo hago mi trabajo, por el que gano poco, y es ayudar a los pobres tercermundistas, ¿queda claro? No voy a gastar el dinero en ayudar a una sola niña que se va a morir cuando la muevas. Buenas noches —terminó bruscamente, dando la vuelta y haciendo una seña a sus guardaespaldas.
—Pero… —empecé yo.
—Mandaré los medicamentos y los víveres de siempre, y la vacuna contra el sarampión —completó, de espaldas a nosotros—. Es todo.
Se dirigió a su camioneta, iluminada por la luz de la luna. Yo me quedé en la puerta de la tienda, llorando de pura rabia. Dave me rodeó los hombros con el brazo, en actitud tranquilizadora.
—No te preocupes.
Palabras vacías, puras palabras vacías. Porque yo sabía que Kanisha iba a morir si no la operaban, y esto no iba a suceder. Aparté bruscamente el brazo de Dave de alrededor de mis hombros y eché a correr hacia ninguna parte. Alcancé a oír a mi compañero, lanzando una llamada, mas le ignoré totalmente.
Estaba… no había palabras para definir el dolor, la rabia y la tristeza que sentía. Lancé un grito de rabia al aire, y después de eso me sentí desahogada. Casi de inmediato, me di cuenta de que había tratado mal a Dave, ya que él sólo me había defendido. Aún así, no había nada resuelto. ¿Qué se suponía que tenía que hacer con Kanisha?
—¿Marta?
Me di la vuelta sin comprender, porque esperaba que fuera Dave, y la voz era la de un nativo. Para mi sorpresa, distinguí en la oscuridad los ojos brillantes del jefe de la tribu.
—¿Qué pasar? —preguntó—. Grito en cielo decir que no todo bien.
—Oh, gran Jefe —así le gustaba que nos dirigiéramos a él—. Una niña va a morir.
Vi la mirada de tristeza en su rostro, aunque su respuesta fue despreocupada.
—Muchas veces morir muchas niñas. Tú no poder salvar todos. Tú ser persona, no dios. Dioses decidir que niña morir. A veces, dioses ayudan Marta y Dave a salvar. Pero no todos poder vivir. Marta y Dave son buenos porque ahora dioses ven que hay bondad, y deciden no tener que morir muchos. Pero muchos no ser todos. Nosotros agradecer mucho ayuda, aunque algunos morir.
—Me alegro, oh, gran Jefe, pero sigo temiendo por esa niña.
—Espero dioses ayudar.
Se marchó alzando el bastón al cielo para enfatizar sus palabras. Volví a la tienda arrastrando los pies, sólo para que el alma me cayera más al fondo al ver a Dave atendiendo a una Kanisha agonizante, que se retorcía en su lecho en un digno silencio, del que se escapaba algún gemido ocasional. Esta vez ya no corrí hacia ella. ¿Por qué no lo hice? Porque sabía que ya no valía la pena nada. Todos habían insistido en que iba a morir. Nada podía hacer y nada iba a cambiar. Martínez no iba a dar la vuelta a su lujosa camioneta para decirme que se llevaría a Kanisha. Me limité a ir a su lado y tomarla de la mano para darle consuelo, mientras Dave seguía revolviendo en las cajas ya revueltas, buscando un tranquilizante. De pronto, el ataque se detuvo, tan bruscamente como había empezado.
—Tranquila, Kanisha, te vas a poner bien —le dijo Dave. A su vez, yo le miré con reproche.
—No es verdad, yo voy a morir —replicó la niña, con su voz aguda e inocente.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunté yo, casi sorprendida.
—Porque tú estás triste. Pero no lo estés —dijo, antes de que yo pudiera replicar—. Tienes que ayudar a más niños, y no puedes si estás triste por mí.
—Kanisha —protesté yo—. ¿Acaso no te importa morir? ¿No te importa que no quieran ayudarte a vivir?
—No me importa si ayudan a más niños —yo le miré con reproche, pero Kanisha siguió—. Sé que has intentado ayudarme y quiero decirte gracias por todo. Gracias por ayudarme a mí y a los demás.
Una lágrima resbaló por su mejilla y yo apreté su pequeña mano con más fuerza, intentando contenerla.
—¿Hay muchos como vosotros, Marta? ¿Gente que deja sus maravillosas vidas en esos países ricos para venir a ayudarnos?
—Sí que los hay, Kanisha —respondí, con voz ahogada—. No tantos como quisiéramos, pero sí hay.
—Me alegro. Dile al hombre con el que discutías que no me he enfadado con él, porque también nos ayuda, a su manera. Él sabe que le necesitamos.
—Sus constantes bajan —avisó Dave, mirando el electrocardiograma.
—No te mueras, Kanisha, aguanta —lloré yo. Los pocos niños de alrededor nos miraban con pena y los que hablaban español susurraban en su idioma a sus compañeros. Sin embargo, yo los ignoraba—. No te mueras, por favor.
—Tengo que irme, porque los dioses me llaman. No estés triste, Marta. Gracias. Gracias, Dave —añadió, girando con pesadez la cabeza hacia mi compañero. Él le sonrió con tristeza.
De súbito, la niña volvió a tener un ataque. Dave apagó el electrocardiograma para no oír el reflejo sonoro de su corazón agonizante. Segundos después, Kanisha cayó flácida en su camilla, con los ojos cerrados y una expresión dulce. Dave se acercó a mí y me levantó, ya que había acabado arrodillada en el suelo. Mi mano se deslizó entre los dedos de Kanisha. Dave me llevó casi a rastras fuera. Me cogió por los  hombros y me levantó la cabeza para que le mirara.
—Escúchame, Marta. Haz caso a Kanisha, no estés triste. Los demás niños te necesitan. Ella tiene razón en todo. El dinero que no le dan a ella, al menos se lo darán a otras personas y hay gente como nosotros ayudando todo lo que pueden, a veces triunfan y a veces fracasan, pero no por eso lo han dejado. Por lo menos lo intentan, no como otros. Respecto a Martínez…
Le interrumpí con un gesto de rabia, pero Dave siguió:
—Es posible que al menos él se de cuenta de que lo ha hecho mal, y que necesitamos más ayuda. Sabes que no puede ayudarnos a todos, aunque debería haberlo hecho. Sin embargo, poco a poco, si gente como Martínez, incluso aquellos que no están ni un poco implicados, se dan cuenta de que todos estos niños los necesitan de verdad, se irá avanzando. Pero no pretendas que todo cambie de la noche a la mañana si la gente no tiene intención de cambiar.
—Martínez no va a cambiar —repliqué yo—. Nadie va a cambiar. Ese es el problema.
Antes de que Dave pudiera decirme nada, los dos nos sorprendimos al oír en la quietud de la noche el rugido de un motor, y ver en la oscuridad las luces de los faros de la camioneta de Martínez. El vehículo derrapó, y nuestro jefe bajó presuroso.
—Lo siento, Marta, lo siento mucho. Dave, teníais razón. Llevemos a la niña a Europa. No soy capaz de dejarla de lado. Me metí en esto para ayudar a gente como ella, y he olvidado lo básico, y es que todos cuentan.
—Ya es tarde, Martínez —dije en voz baja. No era capaz de enfadarme con él, porque estaba sorprendida por lo que acababa de decir. Incluso agradecida.
—Ha… ¿ha muerto? —preguntó él.
—Me ha pedido que le diga que no estaba enfadada con usted, que lo comprendía. Pero espera que su muerte sirva a alguien. Que abra los ojos al mundo —dije yo.
—Que descanse en paz, porque al menos a mí me ha servido —dijo Martínez en voz baja—. Y me encargaré de que sirva a más personas —añadió con fervor—. Mañana, Marta, vienes conmigo a una conferencia de la organización para recaudar fondos. Espero que quieras compartir esta experiencia con todos. España, y muchos países, necesitan a alguien que nos haga ver, y me incluyo a mí, lo que pasa aquí. Confío en que Kanisha y tú podáis abrirnos los ojos.
—Confío en que así sea —respondí—. Señor, me alegro de que se haya dado cuenta, de todo. Espero que los demás lo entiendan. Ahora, si me disculpa, voy a llevar a la niña con los de su tribu. Para que la entierren según sus rituales. Ella deseaba reunirse con sus dioses, y es algo que no voy a quitarle.
—Claro —contestó Martínez.

Le di la mano y me dirigí con Dave hacia la tienda. Esperaba que Martínez tuviera razón, y lo de mañana funcionara. Porque de veras sería muy triste que murieran tantas Kanishas y que nadie moviera un dedo por impedirlo.

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